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Actualidad

23 Enero 2026

Un compactador contra las armas

Un compactador contra las armasEn 2002 un rodillo tándem laminó lo incautado a la banda terrorista ETA.

En el centro de la escena no hay héroes de uniforme, sino un compactador, una bestia de acero que ha trocado su labor de moldear caminos por la sagrada tarea de desmantelar sombras.

Sus rodillos, pesados y firmes, aplastan con la fuerza inmutable de la gravedad, no sobre tierra virgen sino sobre el metal retorcido del odio. No es la máquina protagonista –de marca desconocida bajo el camuflaje– una escultura de mármol ni un relieve heroico, sino un producto industrial que está haciendo que el arte de la destrucción se vuelva, por fin, constructivo. La imagen muestra un monumento efímero y nómada haciendo justicia bajo el sol inmisericorde que asiste a cada ocaso de la barbarie.

Ahí reposan, inertes, las herramientas del terror: pistolas culpables, fusiles silenciados, cargadores vacíos de su veneno y munición condenada a la arruga y el óxido. Es el arsenal de Txernobil, el nombre en clave que la banda ETA, ciega de arrogancia y odio, dio a su depósito de muerte. Bajo la presión implacable del bien, estas armas dejaron de ser promesas de dolor para convertirse simplemente en chatarra, piezas rotas de un mecanismo de venganza fallido.

El crujido del compactador
La imagen se publicó en el libro Efemérides de la Guardia Civil, editado en 2024, y el texto que la acompaña nos recuerda el día –el 1 de julio de 2002– en que la paciencia y la perseverancia de la Guardia Civil y la policía francesa, en una actuación conjunta tan precisa como vital, desmantelaron el plan terrorista. El metal que vemos siendo aplastado iba dirigido a tejer la noche sobre el territorio español, pero el servicio de información se interpuso actuando como un dique de contención frente a la marea negra.

Esta instantánea, más que un registro policial, es una oda silenciosa a los atentados que se evitaron. Es la materialización de la victoria del Estado de Derecho sobre la locura ideológica de los perturbados vascos. Cada crujido bajo el compactador es un eco de la detención de miembros malhechores que pudieron empuñar esas guadañas de diseño, un réquiem por una violencia que al comprimirse se niega a renacer.

El rodillo gira apisonando el pasado reciente. Deja tras de sí no un camino sino una lección tallada en hierro: la perseverancia es, en verdad, la seña de identidad con la que el Cuerpo ha escrito su lucha, garantizando que el único destino del metal emponzoñado sea su olvido.