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60 años del gigante de orugas de la NASA
El transportador de cohetes del Centro Espacial Kennedy, clave en la conquista del espacio.
El hombre vuelve a la Luna con el proyecto Artemisa, el programa de la NASA que con tres vuelos retoma la exploración de nuestro satélite, interrumpida desde la misión Apolo 17, en 1972. La misión Artemisa I se llevó a cabo en 2022 y Artemisa II llevará el próximo mes de marzo a cuatro astronautas a orbitar durante diez días el astro selenita. Será con Artemisa III, programado para 2027, cuando el hombre vuelva a pisar el regolito lunar, medio siglo después de que lo hiciera la misión Apolo 11 y sus astronautas Armstrong, Aldrin y Collins, nombres que habitan en la memoria de la humanidad por su relevancia histórica. Lo cual nos recuerda que al hablar del espacio nuestra mente vuela inevitablemente hacia iconos como astronautas, cohetes, satélites, el transbordador espacial, la Estación Espacial Internacional, SpaceX o las imágenes bellísimas y sobrecogedoras de la Tierra vista desde el espacio. Muchos elementos técnicos han intervenido para que esto ocurra y acabe con éxito. Sin embargo, hay un «héroe anónimo », hecho de acero y engranajes, que desde hace seis décadas, desde el mismo comienzo de la carrera espacial, ha desempeñado un papel fundamental en cada despegue histórico y nadie se ha fijado en él. Hablamos de una máquina colosal: el transportador de orugas CT («Crawler Transporters », orugas transportadoras), la plataforma gigante capaz de llevar a cuestas, en el Centro Espacial Kennedy, los vehículos espaciales desde la zona de montaje hasta la de lanzamiento. Esta plataforma de carga y arrastre, fabricada por Marion, surgió como una imperiosa necesidad para un desafío aún mayor. El CT ha cumplido 60 años en 2025, coincidiendo con la vuelta del hombre a la Luna. Su historia es curiosa y merece ser conocida.
Julio Jesús Tébar Cebrián
La historia de este gigante –que en realidad son dos, el CT-1 y el CT- 2 (Crawler Transporter)– se remonta a principios de los años 60, cuando la carrera espacial entre Rusia y Estados Unidos estaba en plena ebullición, en lo más álgido de la Guerra Fría. Para enviar al ser humano a la Luna, la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio) necesitaba trasladar cargas muy pesadas, como el colosal cohete Saturno V, de 110 metros de altura, 10 m de diámetro y 3000 toneladas de peso– desde el edificio de ensamblaje de la pieza, el imponente VAB (Vehicle Assembly Building), hasta las plataformas de lanzamiento situadas a 6,8 kilómetros de distancia, en el Centro Espacial Kennedy, en Florida (Miami, EE.UU.), una distancia que puede parecer corta, pero implica un desafío monumental al tener que mover semejantes estructuras sin comprometer su integridad, evitando vibraciones, inclinaciones o sacudidas que pudieran ser catastróficas para los frágiles sistemas de navegación y propulsión.
La solución no podía ser un simple dúmper, por muy grande que fuera, ni una vía ferroviaria clásica: se necesitaba un sistema de transporte que combinara fuerza, estabilidad y una precisión absoluta, junto a sus proporcionadas dimensiones para sostener la valiosa y pesada carga a la que estaba destinado. La compañía Marion Power Shovel, de Ohio, que era uno de los pocos e importantes fabricantes –junto con Bucyrus-Erie– con experiencia en la construcción de excavadoras gigantes de cables en los años 60, fue la encargada de sacar adelante el proyecto de diseñar y construir dos transportadores sobre orugas que, tras extensas pruebas, fueron entregados a la Nasa en 1965. A Marion se debe la máquina móvil de tierras más pesada del mundo, con 13000 toneladas de peso: la excavadora de cables Marion 6360, apodada “El Capitán”.
EL TRANSPORTADOR SURGE DE LA NECESIDAD DE TRASLADAR CARGAS MUY PESADAS DESDE EL EDIFICIO DE ENSAMBLAJE HASTA LAS PLATAFORMAS DE LANZAMIENTO, SITUADAS A 6,8 KILÓMETROS DE DISTANCIA.
Datos técnicos que asombran
Así nacieron estos transportadores, verdaderas obras maestras de la ingeniería pesada, que se estrenaron en 1967 para lanzar el Saturno V, de la misión Apolo 4. Pero, mientras el CT-2 ha sido el protagonista y seguirá operativo al menos 20 años más, según el plan de la Nasa, el CT-1 se retiró hace tiempo y se conserva en el Centro Espacial Kennedy como pieza histórica, para su uso en eventos y como apoyo en sesiones de entrenamiento. Estos monstruos mecánicos impresionan desde cualquier ángulo y sus cifras asustan: tiene cada uno un peso propio de 2721 toneladas (el equivalente al peso combinado de unos 400 elefantes adultos). Sus dimensiones son: 40 metros de largo por 35 m de ancho y una altura ajustable entre 6 y 8 metros, gracias a un sistema hidráulico de precisión. La velocidad máxima apenas alcanza 1,6 km/h, cuando están cargados, y un vertiginoso 3,2 km/h en vacío. Su consumo alcanza los 625 litros de diésel por kilómetro y cada transportador puede cargar hasta 8200 toneladas, contando para su propulsión con 16 motores eléctricos alimentados por dos generadores diésel de 2750 caballos de potencia cada uno.
Cada máquinas se apoya sobre ocho trenes de rodaje de cadenas de oruga (dos por esquina) y cada oruga contiene 57 eslabones metálicos entrelazados que forman un bucle sin fin. Cada eslabón pesa 953 kilos y hay 456 en total, diseñados para proporcionar una tracción óptima, garantizando un movimiento suave y gran maniobrabilidad. Estas cadenas están fabricadas en acero de alta resistencia, combinando fuerza y control para soportar las rigurosas exigencias de las operaciones de traslado, ya que deben mantener una plataforma inmensa –y valiosísima– en perfecto equilibrio durante todo el trayecto.
Mucho más que un transporte
Efectivamente, más allá de la fuerza bruta, lo verdaderamente asombroso del CT-2, el transportador de orugas protagonista del traslado, reliquia de la era Apolo, es su capacidad de mantener nivelada la carga en todo momento. En su trayecto hacia la rampa de lanzamiento debe superar en el camino una inclinación ligera de hasta un 5%, y aun así la plataforma debe permanecer absolutamente horizontal. Para lograrlo, integran un sistema de nivelación automática que utiliza giroscopios y sensores láser para ajustar en tiempo real la altura de sus esquinas mediante el control hidráulico.
Esto es esencial para evitar tensiones estructurales que podrían provocar daños imperceptibles pero fatales en las delicadas estructuras de los aparatos espaciales. El control de cada desplazamiento desde el VAB hasta las plataformas 39A o 39B es una operación coreografiada en la que participan unas 30 personas: técnicos de motores, ingenieros de control de nivelación, supervisores de trayecto, operadores de la unidad que manejan el transportador desde sendas cabinas situadas en extremos opuestos, con una visibilidad tan limitada que necesitan apoyo de sensores y guías visuales... todos sincronizados como un reloj atómico para controlar un viaje que puede durar entre 5 y 8 horas, aunque en su último trabajo trasladando el cohete SLS (Space Launch System) con la nave Orión, para la misión Artemisa II rumbo a la Luna, el pasado 17 de enero, empleó casi 12 horas.
MÁS ALLÁ DE LA FUERZA BRUTA, LO VERDADERAMENTE ASOMBROSO DEL TRANSPORTADOR CT-2 ES SU CAPACIDAD DE MANTENER NIVELADA LA CARGA EN TODO MOMENTO.
Modernización del CT-2
Es una procesión lenta, silenciosa y majestuosa hacia la rampa de lanzamiento, bajo la atenta mirada del personal técnico que supervisa vibraciones, alineación, temperatura del vehículo, etc. Además, debido a su lentitud, las paradas técnicas para realizar inspecciones forman parte obligada del protocolo establecido.
El camino asfaltado, conocido como el Crawlerway, está construido con una base de roca compactada cubierta por toneladas de grava especial, donde cada piedra ayuda a absorber y disipar vibraciones potencialmente peligrosas para la carga. A pesar del breve trayecto recorrido en cada misión, el CT-2 ya acumula más de 3800 kilómetros desde que entró en servicio, por lo que se ha visto sometido a modernizaciones y refuerzos necesarios: en 1981 se adaptó para trasladar los transbordadores espaciales y, en 2011, tras el fin del programa Shuttle, fue sometido a una ambiciosa actualización, entre 2012 y 2016, para adaptarlo a los nuevos lanzadores pesados del programa Artemisa y el SLS, el cohete más potente de la Nasa hasta la fecha. Sus nuevos motores, nuevos sistemas de control y refuerzo estructural para manejar cargas aún mayores, la actualización de sistemas hidráulicos y de nivelación y la integración de tecnología moderna para mejorar su eficiencia y seguridad operativa, fueron probados en el primer traslado del SLS y la nave Orión para su lanzamiento en la misión Artemisa I, en noviembre de 2022. En 2024, el CT-2 fue utilizado nuevamente para transportar el lanzador móvil de regreso al edificio de ensamblaje de vehículos (VAB) en preparación para la misión Artemisa II.
EL CT-2 HA SIDO MODERNIZADO, ENTRE 2012 Y 2016, PARA ADAPTARLO AL TRASLADO DE LOS NUEVOS LANZADORES PESADOS DEL PROGRAMA ARTEMISA Y EL COHETE SLS.
Como curiosidad, el CT-2 ha sido reconocido por el libro Guinness World Records como el vehículo autopropulsado más pesado del mundo. Es tan espectacular que era inevitable su presencia cinematográfica y ha aparecido en unas cuantas películas y documentales, una de ellas, quizás la más icónica, el film Armagedón (1998). Su longevidad y adaptabilidad dan testimonio de la ingeniería de vanguardia de la Nasa y su compromiso con la exploración espacial.
CASI 60 AÑOS DESPUÉS DE SU CREACIÓN, EL CT-2 SIGUE DEMOSTRANDO QUE LA INGENIERÍA ROBUSTA, BIEN PENSADA Y MANTENIDA CON ESMERO PUEDE PERDURAR FRENTE AL INEXORABLE PASO DEL TIEMPO...
Héroe de la exploración
En resumen, el transportador de orugas de la Nasa CT-2 no sólo sigue en funcionamiento, sino que continúa siendo una parte esencial de las operaciones de lanzamiento, adaptándose a las necesidades de las misiones actuales y futuras. Cada misión espacial que ha despegado desde el Kennedy Space Center tiene una deuda con este gigante silencioso. Desde el Apolo 11, que llevó al primer ser humano a plantar su huella en la superficie lunar, pasando por las múltiples misiones del programa Shuttle, hasta las futuras misiones que nos devolverán a nuestro satélite y nos llevarán después al planeta Marte, el Crawler Transporter CT-2 ha estado ahí, inquebrantable, haciendo su paciente trabajo con eficiencia y discreción.
Hoy, casi 60 años después de su creación, el CT-2 sigue demostrando que la ingeniería robusta, bien pensada y mantenida con esmero puede perdurar frente al inexorable paso del tiempo... Y ser tan crucial como cualquier computadora de a bordo o cápsula espacial. Mientras los ojos del mundo miran hacia las estrellas, en tierra firme hay un gigante de acero y orugas que sigue sosteniendo, paso a paso, los sueños de toda la humanidad.
EL FABRICANTE MARION
Fundada en la localidad de Marion, Ohio (EE.UU.), en agosto de 1884, por Henry Barnhart, Edward Huber y George W. King, la compañía Marion Steam Shovel Company creció vía adquisiciones durante la primera mitad del siglo XX y cambió su nombre a Marion Power Shovel Company en 1946, para reflejar el cambio de la industria del vapor al diésel. Dos décadas después, el mismo año que la empresa entregaba los dos transportadores fabricados para la Nasa, en 1965, hacía lo propio con la firma Southwestern Illinois Coal Corporation poniendo en marcha la excavadora de cables más grande del mundo, la Marion 6360, apodada “El Capitán”, que costó el equivalente a 12 millones de euros y fue destinada a la mina de carbón Captain Mine, en Percy, Illinois (EE.UU.), donde estuvo activa durante 26 años y fue muy productiva, removiendo más de medio millón de metros cúbicos de estéril.
La altura de la máquina era 66 metros, como un edificio de 22 plantas, con una anchura de 22 m, una longitud de 27 m y una longitud del brazo de 65 m, con una palanca del cucharón de 40 m. El peso de éste en vacío era de 165 toneladas, con una capacidad de de 138 m3 y 270 t; medía 6 m de ancho por 5 m de alto y 7 m de profundidad. Sus ocho motores le proporcionaban una potencia aproximada de 24000 CV; su velocidad de desplazamiento era de 150 metros/hora. Desgraciadamente, el Capitán acabó en una pira funeraria en septiembre de 1991, cuando se incendió fortuitamente y fue imposible extinguir el fuego por la grasa y el aceite acumulados en la máquina.
Los ingenieros, más emocionales, abogaron por su rescate, pero la empresa decidió desguazarla por completo.







