Actualidad
«El País Semanal» ensalza una grúa sobre camión
Elogio de la grúa.
Hay que agradecerle a El País Semanal, que el pasado 23 de agosto, en medio del ruido, del griterío de la actualidad y de las prisas por llegar a ninguna parte, haya detenido su sección “La imagen”, firmada por el veterano escritor y periodista Juan José Millás García, para mirar con admiración una grúa sobre camión. No una catedral. No un pulpo afeira. No un amor imposible. Una grúa. Falta hacía que alguien recordara en un gran medio de difusión que la poesía no vive sólo en los almendros en flor; también vive en el hidráulico, en el acero, en ese brazo articulado que se despliega como el cuello de una jirafa mansa.
Millás, que sabe mirar lo que nadie mira, ha visto la foto de Paco Puentes con su toque lírico. Es un consuelo que aún haya hueco para la lírica en el mundo de la información. Que aún podamos permitirnos, entre noticias urgentes, contemplar cómo una máquina nos enseña, dice Millás, a sostener el mundo sin romperlo.
La grúa articulada sobre camión es una Palfinger PK 44002 Performance, con una capacidad máxima de elevación de 14500 kg y un momento de elevación máximo de 42,5 t/416,9 kNm; su alcance hidráulico máximo es de 20,6 m, su par de giro de 4,5 t/44,1 kNm, con giro continuo 360º endless; las dimensiones: 1,29 m de espacio de montaje y 2,5 m de ancho plegada; su peso con gatos: 4095 kg y la presión hidráulica de trabajo: 330 bar. La grúa está retirando la verja de Gibraltar, en La Línea de la Concepción, frontera con el Peñón, el pasado 15 de julio, al entrar en vigor el acuerdo UE-Reino Unido sobre Gibraltar, con el que desaparece la verja, construida en 1908, y Gibraltar entra en el espacio Schengen. En la foto, contemplan las caricias de la grúa el presidente del Gobierno, el ministro de Exteriores, el ministro principal de Gibraltar, el embajador británico y alcaldes del Campo de Gibraltar.
Suavidad y firmeza
Por Juan José Millás
Jamás desperdicio la oportunidad de hablar de las grúas. Ni de detenerme a observar su comportamiento cuando me cruzo con una de ellas por la calle. Poseen, frente a su brutalidad aparente, una delicadeza extraordinaria. Observen la de la foto. Parece un dedo, quizá un índice, en el momento de levantar la verja que venía separando a Gibraltar de España, o viceversa. Lo hace como si nada mientras los seres humanos, diminutos, se afanan a su alrededor. En Irán las usan indistintamente para construir edificios o para colgar de ellas a los condenados a muerte. Es el problema de permanecer a las órdenes de seres tan contradictorios como usted o como yo. Las grúas ignoran si levantan una escuela o una prisión, un hospital o un cadalso. Se limitan a obedecer las leyes de la física con una precisión conmovedora. Jamás se les cae una carga por fanatismo ni levantan un peso por compasión. Hay algo realmente litúrgico en la lentitud con la que manipulan un bloque de hormigón o una verja cargada de historia. Mueven recuerdos a la vez de desplazar toneladas. En la imagen, la frontera gibraltareña asciende suspendida de unas cinchas como un paciente de obesidad mórbida al que cambian de cama.
Lo asombroso es que una máquina gigante, de hierro y acero, pueda elevar una pieza de metal con la delicadeza con que una madre levanta a un niño dormido. Las grúas nos recuerdan que la fuerza verdadera consiste en administrar el peso. También nosotros deberíamos ejercer la fuerza con la firmeza suficiente para mover el mundo, pero con la suavidad necesaria para que el mundo no se rompa al moverlo. —EPS










