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100 años de Oficemen
La Agrupación de Fabricantes de Cemento de España celebra un siglo de andadura.
La Agrupación de Fabricantes de Cemento de España, Oficemen, ha cumplido 100 años en 2025, un siglo de actividad que convierte al sector del cemento en una de las industrias más longevas de nuestro país y en un actor clave para su desa rrollo económico y social. La agrupación surgió en septiembre de 1925 gracias a la visión de un grupo de industriales pioneros que con las primeras luces del siglo XX apostaron por un novedoso aglomerante –el cemento portland–, que no ha parado de evolucionar hasta nuestros días y que lo seguirá haciendo al compás de las necesidades de las sociedades futuras. De hecho, 10 de las 32 fábricas de cemento existentes hoy en España llevan más de cien años produciendo y ofreciendo empleo estable y de calidad en las poblaciones donde fueron instaladas, y en las que aún se encuentran sagas familiares de trabajadores de hasta cuatro generaciones. Hoy día, Oficemen es la patronal industrial más veterana de España y sigue manteniendo intactos sus fines en defensa de los intereses de la industria cementera. Su rica historia se entrelaza con el desarrollo industrial y urbanístico del país, siendo un pilar fundamental en la representación y defensa de los intereses del sector cementero español, adaptándose a los desafíos y transformaciones económicas y sociales y explorando líneas de colaboración institucionales y empresariales para contribuir al dinamismo de la propia economía. Como parte de la conmemoración, la agrupación ha editado un libro que contiene el relato de lo que comenzó muchos siglos antes de su nacimiento –prácticamente con la necesidad del hombre de contar con un refugio resistente y duradero–. En sus páginas, no sólo se viaja al pasado para conocer la evolución de esta industria a lo largo de las últimas décadas sino que se relata con detalle el desarrollo y avance continuo del sector mirado siempre al futuro, que ha ido sorteando las dificultades –que no han sido pocas– a lo largo de su centenaria historia, marcada por la adaptación, innovación y contribución al desarrollo del país. Este es un resumen del devenir de Oficemen en el último siglo.
Darío Fajardo Galván
La historia de la industria cementera en nuestro país comienza en el mismo año 1898 en que España tuvo que ceder a Estados Unidos la posesión de sus últimas provincias de ultramar –Cuba, Puerto Rico y Filipinas–, poco después del inicio de la Restauración con la proclamación como rey de Alfonso XII en 1875, tras la Primera República española (1873-1874). La familia Masaveu inauguraba la primera fábrica de cemento portland en nuestro país en la localidad asturiana de Tudela Veguín (Oviedo), ubicada junto a una cantera y una mina de carbón donde se obtenía el material calizo, la arcilla y el combustible necesarios para la producción del cemento; y cerca de una estación de ferrocarril para dar salida a todo el material. Tenía una capacidad de producción de unas 15000 toneladas anuales, que podía distribuir con facilidad en el radio de los 35 kilómetros de distancia que separaban la fábrica de localidades populosas como Oviedo, Gijón y Avilés.
LA NEUTRALIDAD DE ESPAÑA EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL HIZO QUE BUENA PARTE DE LAS EMPRESAS SE VIERAN FAVORECIDAS POR LA EXPORTACIÓN DE MINERALES Y PRODUCTOS METALÚRGICOS Y QUÍMICOS, INCLUYENDO EL CEMENTO.
Esta fue la primera fábrica en la península, pero un antecedente inmediato lo encontramos en Cuba, con la cementera Portland Cuba, propiedad de los hermanos asturianos Ladislao y Fernando Díaz, que se inauguró allí en julio de 1895 y producía unas 6000 toneladas de cemento al año. Dejó de funcionar en 1910, quince años después de su fundación.
Una década después de la entrada en funcionamiento de Tudela Veguín, la industria cementera nacional llegó a alcanzar una producción de 100000 toneladas anuales de fabricación de cemento artificial, gracias a un rosario continuado de nuevas aperturas de fábricas, en su mayoría de propiedad familiar: Sociedad Aragonesa de Cemento Portland Artificial, 1900, en Quinto del Ebro (Zaragoza); Cementos Alberdi, 1901, en Arrona (Guipúzcoa); Hijos de José María Rezola, 1901, en Añorga (Guipúzcoa); Cementos y Cales Freixa, 1901, en Santa Margarida y Els Monjós (Barcelona); Sociedad de Cementos Portland, 1903, en Olazagutia; Cementos Fradera, 1903, en Vallcarca (Barcelona); Compañía General de Asfaltos y Portland Asland, 1904, en Castellar de n’Hug (Barcelona), que introdujo los hornos rotatorios; y la fábrica del empresario José Ayala López en Cañada de Calatrava (Ciudad Real).
Inmediatamente, llegó la Primera Guerra Mundial y la neutralidad de España hizo que buena parte de estas empresas se vieran favorecidas por la exportación de minerales y productos metalúrgicos y químicos, incluyendo el cemento, a los países involucrados en la contienda, con lo que mejoraron sus ventas exteriores y pudieron expandirse. La producción alcanzó en 2014 las 400000 toneladas.
Once empresas fundadoras de Oficemen
La producción continua de la industria cementera en ese primer cuarto del siglo XX llevó a sus responsables a asociarse, el 4 de septiembre de 1925, en un gremio que denominaron Agrupación de Fabricantes Nacionales de Cementos, germen original de la actual Oficemen, con once empresas fundadoras: Cementos Cosmos, Portland Valderrivas, Cementos Portland, Hijos de José María Rezola y Compañía, Cementos Portland de Lemona, Sociedad Española de Cementos Portland Hispania, Compañía General de Asfaltos y Portland Asland; Auxiliar de la Construcción, Sociedad Andaluza de Cementos Portland; Compañía Valenciana de Cementos Portland y Sociedad Financiera y Minera. Cuatro años después, en 1929, nació como órgano informativo especializado la revista Cemento, fundada por el que fue su director y propietario el ingeniero Patricio Palomar Collado, publicación que se convertiría rápidamente en el referente del sector.
La asociación, con altibajos y parones de actividad, no ha dejado de crecer a lo largo de las décadas, hasta nuestros días. De forma que la industria cementera cuenta hoy con una treintena de fábricas y una amplia cartera de productos que abarca desde los cementos más clásicos de albañilería y los de preparación de hormigones estándar, hasta los más especiales y con prestaciones específicas, como los fotoluminiscentes, los descontaminantes o las nuevas gamas de cementos con una menor huella de carbono para una construcción más sostenible.
Son muchos los cambios y progresos registrados también en la manera de producir y en las instalaciones en estos cien años. Desde la aparición de los primeros hornos rotativos, la mecanización de los trabajos en cantera, la construcción de las primeras chimeneas de hormigón, pasando por la aportación a la economía circular mediante el uso de materias primas y combustibles alternativos, hasta llegar a la total transformación de nuestros días, donde la digitalización y la neutralidad climática son los ejes fundamentales de esta actividad.
Los desafíos del presente y del futuro
“No se puede concebir el progreso sin el cemento y su principal derivado, el hormigón, el bien artificial más consumido en el mundo después del agua. Son los aliados esenciales e inseparables del desarrollo social”, afirma Alan Svaiter, presidente de Oficemen y CEO de la firma Votorantim Cimentos España, en el prólogo del libro que celebra el centenario, una obra dedicada a todas esas personas que, desde sus diferentes ámbitos de responsabilidad, han forjado los cimientos de la industria cementera en España, situándola como referente a nivel mundial. El libro va descubriendo, década a década, cómo se ha construido nuestro país, adaptándose a los acontecimientos e hitos que han marcado también la historia de España. Comenzando con la evolución de las infraestructuras, el transporte, el crecimiento de las ciudades y el acceso a todos los servicios necesarios para una vida más confortable, el relato continúa hasta el momento en el que el desarrollo imparable del comercio electrónico necesita de plataformas logísticas y centros de procesamientos de datos en los que el cemento y el hormigón han cobrado un papel protagonista.
LA NECESIDAD DE MODERNIZAR LAS INFRAESTRUCTURAS Y LA CONSTRUCCIÓN IMPULSÓ LA CREACIÓN DE LAS PRIMERAS FÁBRICAS DE CEMENTO A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX, UN PERIODO DE GRAN EFERVESCENCIA INDUSTRIAL EN ESPAÑA.
“Como factor clave de nuestro desarrollo, desde la industria cementera trabajamos para abordar los desafíos del presente y del futuro, como el cambio climático, el crecimiento de la población, el desarrollo urbano sostenible o la escasez de recursos, sin olvidarnos de la economía circular o la biodiversidad, y con las personas en el centro de nuestra actividad”, afirma Svaiter, quien, con razón, desde la asociación ha declarado que es un honor y un privilegio compartir un momento tan especial y emocionante como este primer siglo de andadura: “Nuestra misión ha sido siempre la de construir puentes que permitan el encuentro y el intercambio y así lo seguiremos haciendo para abordar los retos presentes y los que están por venir, y alcanzar un futuro sostenible, descarbonizado, inclusivo y lleno de oportunidades para todos”.
Los comienzos en el siglo XX
La necesidad de modernizar las infraestructuras y la construcción impulsó la creación de las primeras fábricas de cemento a principios del siglo XX, un periodo de gran efervescencia industrial en España. En este contexto, en 1925 se fundó el precedente directo de Oficemen, como ya se ha dicho. Su principal objetivo fue agrupar y coordinar las actividades de los productores, establecer estándares de calidad y fomentar el uso del cemento en un país en plena expansión. Durante estas primeras décadas, el cemento se convirtió en un material indispensable para la construcción de carreteras, puentes, edificios y presas, sentando las bases del desarrollo de la España moderna.
En la década de los 30, en 1934, un grupo de siete empresas cementeras constituyeron la sociedad Central Exportadora de Cemento, S.A., para vender sus cementos en Canarias, las colonias españolas en África y otros destinos de exportación. Poco después llegaría la Guerra Civil Española (1936-1939), que paralizó gran parte de la actividad industrial y las fábricas de cemento se vieron afectadas, sumiendo al sector del cemento en un impasse que limitó el uso de su capacidad productiva a niveles inferiores al 15%. Pero, como la guerra tuvo efectos devastadores para la sociedad y la economía, pues los bombardeos dañaron seriamente carreteras, redes ferroviarias, obras públicas, fábricas, hospitales y casas, la capacidad de la industria fue crucial para la subsistencia, una vez concluida la contienda, a principios de los 40, y se reinició su actividad volcándose en la reconstrucción del país. El sector cementero tuvo un papel fundamental en la reparación de las infraestructuras dañadas y en la reactivación económica durante la difícil posguerra. Las fábricas trabajaron a pleno rendimiento para reparar los daños y construir nuevas infraestructuras, y la asociación jugó un papel vital en la coordinación de la producción y la distribución del cemento, adaptándose a las circunstancias de escasez y las necesidades urgentes de cada región.
Es en este periodo cuando la organización se consolidó, adquiriendo una mayor relevancia estratégica al buscar la normalización de la producción para abastecer la demanda creciente de la reconstrucción y el desarrollo, a pesar de las dificultades económicas del momento.
A finales de los años 40 y principios de los 50 se inició un periodo de expansión de la capacidad productiva para satisfacer las necesidades de un país que empezaba a recuperarse. A finales de esta década se intensificó la modernización de las plantas de producción y se incorporaron nuevas tecnologías para aumentar la eficiencia y la calidad del cemento. En los 60, España entró en una fase de rápido crecimiento, conocida como el desarrollismo, que culminó con el boom de la construcción, cuando el cemento se convirtió en el pilar de la construcción masiva de viviendas, infraestructuras viarias y grandes obras públicas, alcanzando el sector cementero altísimos volúmenes de producción, consolidándose como una de las industrias clave del país, impulsando a la vez el boom turístico y urbanístico.
A principios de los 70, se puso el foco en la especialización de productos y la mejora de las prestaciones del cemento para proyectos más complejos y exigentes, pero en 1973 llegó la crisis del petróleo que afectó duramente al sector, fuertemente dependiente de la energía. Oficemen y las empresas impulsaron medidas de eficiencia energética y búsqueda de combustibles alternativos. Con la Transición Española, en 1978, el sector se adaptó a un nuevo marco político y económico, sentando las bases para la futura entrada del país en Europa.
La era del desarrollo y la modernización
Con la llegada de la democracia, ya en los 80, y la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (año 1986), el sector cementero experimentó una profunda transformación. La modernización de las fábricas, la incorporación de nuevas tecnologías y la apuesta por la sostenibilidad se convirtieron en prioridades, y Oficemen se implicó en la adaptación del sector a las normativas europeas, la promoción de la investigación y el desarrollo, y la defensa de la competitividad de la industria española frente a la competencia internacional. Durante estos años se realizó una fuerte inversión en modernización tecnológica de las fábricas para cumplir con los estándares europeos y mejorar la eficiencia de los procesos, alcanzando la producción de cemento sus niveles más altos, impulsada por la construcción y las grandes obras públicas.
Con la llegada de los años 90, el sector vivió un nuevo boom de la construcción impulsado por las infraestructuras creadas para los juegos olímpicos de Barcelona'92 y la Expo'92 de Sevilla, que estrenó la primera línea del ferrocarril de alta velocidad desde Madrid a la capital hispalense, así como el auge inmobiliario. A finales de la década empezó a surgir la preocupación por el impacto ambiental y Oficemen y sus asociados iniciaron los primeros pasos hacia la sostenibilidad, investigando la reducción de emisiones y la valorización de residuos.
CON LA LLEGADA DE LOS AÑOS 90, EL SECTOR VIVIÓ UN NUEVO BOOM DE LA CONSTRUCCIÓN IMPULSADO POR LAS INFRAESTRUCTURAS CREADAS PARA LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE BARCELONA'92 Y LA EXPO'92 DE SEVILLA.
La crisis económica y la sostenibilidad
El siglo XXI trajo consigo nuevos desafíos para el sector cementero. En 2005, entró en vigor el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión (RCDE) de la UE. La descarbonización se convirtió en el mayor desafío y la prioridad estratégica del sector, que registró entre 1996 y 2008 sucesivos records históricos, tanto de producción como de consumo de cemento y clínker. De hecho, en 2007 se superaron todas las expectativas y España reforzó el título de primer país consumidor de cemento de Europa, con un máximo histórico de 56 millones de toneladas. Fue en 2008 cuando la feroz crisis económica debida al estallido de la burbuja inmobiliaria golpeó duramente al sector provocando una drástica caída de la producción y el empleo, obligando a una profunda reestructuración.
A pesar de la lenta recuperación, en los primeros años de la segunda década del siglo, el sector demostró su resiliencia manteniendo el compromiso con la innovación y la sostenibilidad, siendo a finales de la década cuando Oficemen presentó la Hoja de Ruta de la Industria Cementera Española hacia la Neutralidad Climática en 2050, marcando un camino claro para la descarbonización del sector cementero español.
En estos primeros años de la tercera década, la lucha contra el cambio climático y la necesidad de avanzar hacia una economía circular han sido los pilares de la estrategia de Oficemen, bandera de una industria del cemento que ha asumido el compromiso de reducir sus emisiones de CO2, fomentar la innovación, investigar nuevas tecnologías para la fabricación de cemento bajo en carbono, fiscalizar los avances del sector en materia de sostenibilidad, buscando un equilibrio entre la producción industrial y el respeto al medio ambiente, y promover el uso de combustibles alternativos y materias primas secundarias.
En resumen, esta es la historia de un sector vital capitaneado por Oficemen, que ha evolucionado desde la primera revolución industrial hasta los desafíos actuales de la descarbonización. Desde su fundación en 1925, la agrupación ha sido testigo y motor de grandes cambios, superando desafíos, adaptándose a los tiempos y abrazando nuevas eras tecnológicas.
Oficemen sigue siendo clave en el impulso y la transformación de la industria cementera española hacia un futuro más sostenible y circular. Y, a la par, un motor fundamental para el progreso del país.
Reflexiones desde el futuro
El libro del centenario de Oficemen se cierra con el epílogo de su director general, Aniceto Zaragoza, un relato de ciencia ficción escrito desde el futuro y basado en un hecho real: el proyecto de construcción, en 1956, en Chicago, de un rascacielos de una milla de altura –1609 metros, de ahí el nombre de «La Milla»–, diseñado por el arquitecto Frank Lloyd Wright, un proyecto real que nunca llegó a ver la luz pero es una pieza muy conocida de la historia de la arquitectura y la ingeniería visionarias. En base a esta idea real de Wright –«The Illinois» o «Mile-High Illinois»–, Aniceto Zaragoza añade al relato elementos de tecnología futurista y con la mezcla esboza un interesante y original alegato sobre el beneficio del uso del cemento y el hormigón a lo largo de los siglos.
La inauguración de La Milla se había convertido en un acontecimiento global. El rascacielos, diseñado por el arquitecto Frank Lloyd Wright, cien años antes y que nunca había llegado a construirse, se levantaba ya majestuoso en el centro de la ciudad. Sus 1609 metros de altura constituían un récord destinado a perdurar decenios.
El rascacielos, diseñado con un complejo sistema de equilibrios que permitían controlar los esfuerzos del viento y, en casos límites, los movimientos sísmicos, contaba con un núcleo de hormigón de ultraltísimas prestaciones. Era incluso capaz de autorrepararse, generar energía limpia y reabsorber CO2, convirtiendo a La Milla en un símbolo de esperanza frente a las crisis climáticas del pasado.
Gracias al avance en la nanotecnología, la forma de producir cementos y hormigones había cambiado. Las empresas más avanzadas en este campo desarrollaban nuevos productos a una velocidad increíble, para usos cada vez más singulares, y que exigían de una puesta en obra absolutamente precisa y controlada.
Mientras, en la fábrica de cemento los drones se movían en silencio en el nuevo vertipuerto. Un grupo de drones especializados se encargaban de las tareas de limpieza de la gran cúpula que encapsulaba la instalación, y otros se dedicaban a controlar las distintas operaciones de producción y especialmente el comportamiento medioambiental de la fábrica.
Ya en su día, tanto la transición hacia la neutralidad climática como el alcanzar las emisiones negativas de CO2, habían transformado radicalmente a la industria del cemento. La implantación de las tecnologías de captura, transporte, almacenamiento y usos y transformación del CO2 (tecnologías CAUC) hicieron posible que sectores como el del cemento lograran descarbonizarse.
Por otro lado, aunque las reservas de calizas y margas se podían considerar ilimitadas, el nacimiento de una auténtica economía circular que valorizaba los residuos de construcción y de otros muchos sectores industriales de manera habitual, era ya una realidad. La gestión de esos recursos exigió de instalaciones de recepción, clasificación y tratamiento, que generaron una nueva tipología de fábricas, que fueron ganando en extensión y complejidad. Los exigentes criterios de trazabilidad se apoyaron en la generalización de nuevas tecnologías centradas en la nanosensorización y en la inteligencia artificial.
La fábrica acababa de recibir las exigencias que debía cumplir el cemento a suministrar. Una plataforma BIM de quinta generación había detallado todas las características exigibles al producto. Los nanosensores se encargarían de minimizar los errores humanos y, a su vez, los códigos de cálculo se habían transformado en modelos complejos de gestión del riesgo donde prácticamente habían dejado de existir formulaciones tipo.
Si en el mundo anterior era conveniente construir con soluciones sencillas en hormigón –soluciones tipificadas, reproducibles y de fácil control–, en el futuro habíamos visto diseños mucho más ajustados y de formulación más precisa, capaces de afrontar cualquier reto a resolver y con un nivel de personalización impensable hacía solo una generación.
Tiempo atrás, la NASA había demostrado que era posible fabricar hormigón en el mundo exterior con minerales lunares. De hecho, las primeras misiones de minería lunar revelaron que las pruebas realizadas con el regolito proporcionaban un material de cualidades extraordinarias, mejorando las expectativas de las pruebas de impresión. Con este nuevo material se podrían acometer diseños impensables hasta ahora y reducir el tiempo de construcción, ya que, como todo el mundo sabe, el tiempo es fundamental en estos territorios exteriores.
Para finalizar la ceremonia de inauguración de La Milla, el presidente realizó un gesto cargado de simbolismo: abrió una cápsula del tiempo del siglo XX que habían encontrado junto a los planos del rascacielos. Al romper los sellos de aquella vieja cápsula, el aire pareció cargarse de expectación y cada sonido resonó como un eco de décadas pasadas. El presidente extrajo con delicadeza un fragmento de hormigón y una fotografía de un viejo edificio. Las personas presentes observaron aquellos vestigios con un interés que pronto se transformó en risas.
Sin embargo, sin dejarse influir por el murmullo, el presidente levantó el trozo de hormigón con firmeza. Su voz, cargada de convicción, silenció a los presentes y atrajo todas las miradas. “Este material que os resulta tan modesto –comenzó, con una pausa que reforzó el peso de sus palabras–, fue la base sobre la que hemos construido el futuro. Sin él, no habríamos llegado hasta aquí”. La sala quedó en un silencio reflexivo. Aquellas palabras no solo recordaban la importancia del hormigón como un elemento esencial de la arquitectura y la ingeniería, sino que también eran un homenaje a la visión de los pioneros que sentaron las bases de un mundo más avanzado.
A lo largo de los siglos, el cemento y el hormigón habían demostrado ser mucho más que materiales constructivos: eran símbolos de perseverancia, creatividad y adaptabilidad de varias generaciones. Incluso en aquel presente futurista, donde los avances tecnológicos parecían haber conquistado todos los límites, el hormigón seguía siendo un recordatorio tangible de que el progreso no era posible sin una base sólida.
Aquel fragmento de hormigón ya no era solo un trozo de un material anticuado; se había transformado en un símbolo de continuidad y gratitud hacia un pasado que, aunque distante, seguía siendo la base del presente y del futuro.







