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Actualidad

01 Enero 2026

Euro Digital en 2029, el dinero vigilado. Enrique Pampliega

Enrique Pampliega

Hay fechas que no solo señalan un año: marcan una forma de vida que se quiere cerrar. 2029 es una de ellas. No lo anuncian con fanfarria ni solemnidad dramática; lo presentan como una simple modernización del dinero, un paso natural hacia un sistema más eficiente. El Euro Digital dicen que traerá innovación, seguridad y soberanía financiera para Europa. Pero bajo la retórica amable y la estética tecnológica se esconde algo más hondo: una transformación silenciosa de la relación entre el ciudadano, su dinero y el poder.

No faltarán las apelaciones al progreso. Será vendido como un paso necesario, inevitable, beneficioso. Nos hablarán de comodidad, de pagos instantáneos, de protección frente a grandes corporaciones y monedas de otros países. Sin embargo, lo esencial no está en lo que prometen, sino en lo que callan. Porque el objetivo real no es modernizar el dinero: es domesticar el margen de libertad que aún conserva el ciudadano cuando paga, guarda, mueve o entrega su dinero sin permiso ni registro.

La clave está en que esto no va de tecnología. Va de poder. Una moneda emitida y controlada por el Banco Central Europeo no es una herramienta neutra. Es la posibilidad, por primera vez en la historia de Europa, de que el poder político y el financiero se unifiquen en una sola estructura de control. Cuando tu dinero deja de ser un objeto físico bajo tu custodia y pasa a ser un apunte administrado, sujeto a normativas, revisiones y condiciones, empiezas a depender, no de tu bolsillo, sino de un sistema que decide por ti.

Pagos digitales tenemos desde hace años: tarjetas, transferencias, Bizum, aplicaciones móviles... Funcionan, son rápidas, eficientes y voluntarias. Pero aún dejan un resquicio, una puerta entreabierta por donde pasa aire. Todavía puedes sacar efectivo y desaparecer de la pantalla durante unas horas. Todavía puedes pagar un vino en metálico sin que un algoritmo deduzca lo sociable o lo rebelde que eres. Todavía eres dueño de tu anonimato cotidiano. Eso es precisamente lo que se quiere cerrar: no la brecha tecnológica, sino la brecha de libertad.

QUEDA TIEMPO. NO MUCHO. PERO EL SUFICIENTE PARA RECORDAR ALGO ESENCIAL: LA LIBERTAD NO SE PIERDE CUANDO TE LA QUITAN, SINO CUANDO DEJAS DE DEFENDERLA.

Con el Euro Digital, el poder podrá, cuando quiera y bajo el pretexto que necesite, programar tu dinero, limitar su uso, controlar dónde va, decidir qué movimientos son válidos y cuáles sospechosos. Se podrá condicionar el acceso a prestaciones, restringir compras en momentos de crisis, imponer límites por razones sanitarias, climáticas o de comportamiento social. No es paranoia: es capacidad técnica. Y toda capacidad técnica, tarde o temprano, encuentra ocasión política para ser ejercida.

El camino hasta aquí no ha sido accidental. Paso a paso, regulación tras regulación, Europa ha ido normalizando la vigilancia en nombre del bien común: limitación al efectivo “contra el fraude”, aplicaciones sanitarias “por nuestra salud”, vigilancia algorítmica “por nuestra seguridad”, escaneo preventivo de comunicaciones “para proteger a los niños”. La ciudadanía, anestesiada por la comodidad, cedió parcelas de libertad sin darse cuenta de que la suma de pequeñas cesiones acaba convirtiéndose en renuncia total.

Llegamos así al último eslabón lógico: controlar la herramienta que habilita la autonomía material. El dinero. Quien controla el acceso al dinero controla la independencia personal. Y quien controla la independencia personal controla a la persona. Una sociedad puede recuperarse de una crisis económica; lo que no siempre recupera es la costumbre de decidir sin permiso.

No faltará quien diga que esto es exageración. Que no hay motivo para temer si se es honrado. Que la tecnología es neutra. Que las leyes protegerán nuestras libertades. Pero la libertad no se garantiza con palabras; se garantiza con límites al poder. La historia es clara: cuando un gobierno puede hacer algo, tarde o temprano lo hará. No porque los gobernantes sean malos, sino porque el poder es, por naturaleza, expansivo y desconfiado.

A veces vuelvo a la imagen de mi abuelo Florencio. Hombre de tierra y principios simples pero sólidos. Para él, la libertad cabía en algo tan concreto como unas monedas en el bolsillo y la capacidad de utilizarlas sin dar explicaciones. Si escuchara hablar del Euro Digital, del control programable, de la vigilancia justificada “por nuestro bien”, ajustaría la boina, encendería un cigarro y diría sin dramatismo ni miedo: “Hijo, quien controla tu dinero controla tu vida”. Esa frase contiene toda la sabiduría que falta en los despachos donde hoy se diseña el futuro del dinero. 2029 no será el año en que llegue el futuro. Será cuando intenten decidir quién puede vivirlo en libertad y quién bajo supervisión.

La pérdida no vendrá de golpe, ni habrá cadenas visibles. Será una transición suave, elegante, administrada con vocabulario amable: eficiencia, seguridad, progreso. Pero la libertad nunca muere con estrépito; muere en silencio, desactivada por decreto y aceptada por cansancio.

Queda tiempo. No mucho. Pero el suficiente para recordar algo esencial: la libertad no se pierde cuando te la quitan, sino cuando dejas de defenderla.

Enrique Pampliega
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