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Túnez - Esteban Langa Fuentes.

Esteban Langa

Manuel Gurrea ocupaba entonces la dirección comercial de la división de explosivos en Explosivos Río Tinto (ERT). Su objetivo, como es natural, era incrementar las ventas de la empresa en el exterior, puesto que en España aquella empresa era en la práctica un monopolio. Los usuarios de explosivos españoles conocían los fabricados de esta y elegían por ellos mismos los idóneos para sus explotaciones, pero en el mercado exterior, donde no eran conocidos, trataba de colocar aquellos cuya venta era más conveniente para la sociedad en el momento, sin considerar si eran o no los idóneos para el caso.

Una operación especialmente desafortunada fue la de la venta a Fosfatos de Gafsa de un nuevo tipo de explosivo para su explotación a cielo abierto en Túnez. Se trataba de un tipo de hidrogel cuyas características lo hacían absolutamente desaconsejable para aquella roca. A ningún profesional medianamente sensato se le habría ocurrido recomendar la aplicación de ese producto en aquella explotación. Se trataba de encajarlo a cualquier precio. Lo que ocurriera después no importaba.

ERT ofreció a los tunecinos la colaboración de su departamento técnico para llevar a cabo la demostración de las “bondades” del producto en la primera aplicación en sus explotaciones. Las gentes de Fosfatos de Gafsa aceptaron la propuesta y allá envió Manolo un cargamento del explosivo, ufanándose de su gestión. Incluyó además en el lote unos detonadores eléctricos de alta insensibilidad, que requerían un explosor especial para su disparo del que no disponía la mina, un explosor de un peso tal que precisaba de dos personas para su transporte y que llevarían consigo personalmente aquellos técnicos encargados de coordinar in situ la prueba.

Para llevar a cabo esta pamema escogió a dos muchachos de su grupo que, por un total desconocimiento de la técnica de voladuras y por conocer al personaje no denunciaron aquella barbaridad, pero se les ocurrió, para su descargo, tratar de incluirme dentro del grupo como director de su filial Río Blast, S.A., una ingeniería de aplicación de explosivos que podría refrendar que el fracaso de aquella prueba era debido a haber recomendado al cliente un producto inadecuado. Así me encontré en medio de un fuego cruzado, enrolado en una penosa aventura.

Emilio Andreani fue uno de los elegidos por Manolo Gurrea entre sus muchachos para endilgarle el paquete. Emilio era una excelente persona y, como yo, ingeniero de minas. Aunque no habíamos coincidido en ningún curso de la carrera, manteníamos una buena amistad. Completábamos el trío con otro técnico al que yo no conocía y a quien, por no recordar su nombre, llamaremos Paco, que nos acompañaba como intérprete. Decía que sabía francés, aunque tras aquella experiencia podría decirse que si lo practicaba tan mal como lo hablaba, esa habilidad no sería su mejor arma en sus lides eróticas.

AQUELLAS GENTES NO NOS DESPEÑARON POR LA ENORME GRIETA, COMO HUBIERA SIDO LÓGICO, SINO QUE NOS DESPIDIERON CON CARAS RISUEÑAS, INCLINACIONES DE CABEZA Y FRASES EN DESCONOCIDO IDIOMA.

Yo tuve conciencia del motivo de la visita y los detalles de la operación un par de días antes de la fecha señalada para el viaje. Inmediatamente advertí que las pruebas serían un fiasco. La roca a volar, el fosfato, era de muy baja densidad, elástica y de baja velocidad sísmica y para su fragmentación era adecuado un explosivo de baja densidad, poca potencia, baja velocidad de detonación y generador de un buen volumen de gases, mientras que el explosivo que le habían colocado a aquellas gentes era de elevada densidad, alta potencia y elevada velocidad de detonación. Reunía todas las características que lo hacían contraproducente para esa aplicación, por lo que el gatillazo estaba garantizado.

Pero el explosivo había sido enviado ya a Túnez y era imposible dar marcha atrás. Fue una huida hacia adelante. Mi crítica debería realizarse con un informe hecho a posteriori. No obstante, y tentándome la ropa, antes de salir para Túnez elaboré un memorando manifestando que se me había dado a conocer aquel asunto en ese instante, advirtiendo de los malos resultados que sin duda se obtendrían en el ensayo.

Con ello evitaría que Gurrea acabara cargando el problema a los demás, aduciendo no haber sido informado previamente, pues nunca consultó con la ingeniería filial de la empresa, de la que yo era el responsable.

Sin tiempo para más y con aquellos antecedentes me encontré sentado en un avión con destino a Túnez, en compañía de Emilio Andreani y del francés, bautizado aquí como Paco, plenamente conscientes del fiasco que nos esperaba. A nuestra llegada a Túnez alquilamos un coche en Avis en el mismo aeropuerto, un Renault R12. Teníamos por delante apenas trescientos cincuenta kilómetros hasta la mina. Un paseo, pero un paseo que se convirtió en un viacrucis de dos días hasta arribar a nuestro destino, sufriendo entre otras penurias la detención por la policía tunecina por llevar averiado un faro del coche y por unas inundaciones que cortaron la carretera. Un viajecito inolvidable que llevaría mucha tinta relatar.

Las explotaciones se extendían en cientos de kilómetros, desde Moulares a Redeyef y desde Mdhilla a Metlaoui. Mentiría si dijera recordar la zona exacta hacia donde nos dirigimos. Llegamos a un poblado minero donde fuimos recibidos por el ingeniero responsable de una de las zonas de la explotación en la que se había acordado realizar la voladura de prueba. Hablaba español con soltura porque estaba casado con una española. El explosivo y los detonadores ya se encontraban en el frente de trabajo. Nos puso en contacto con un encargado que nos acompañaría al tajo y pondría a nuestra disposición el personal necesario para ayudarnos a cargar los barrenos que habían perforado para el ensayo. Él no estaría presente.

La voladura estaba formada por unos veinte barrenos perforados verticalmente en un banco de unos quince metros de altura, con un frente totalmente limpio. La fila de barrenos contaba con una piedra de unos cuatro metros y un espaciamiento de unos cinco. Esto significaba que aquellos debían arrancar y fragmentar una franja de fosfato de unos cien metros de longitud por cuatro metros de ancho y quince metros de altura, la del frente de trabajo. Unos 6000 metros cúbicos de roca. Una voladura importante.

Desde la plaza inferior de la cantera se accedía al nivel superior del banco a través de una pendiente imposible. Una vez alcanzado ese nivel era preciso caminar sobre él casi un kilómetro para llegar al lugar donde se encontraban los barrenos. El explosivo ya estaba situado junto a estos. Lo habrían transportado hasta el lugar con alguna cargadora, pero ahora había que hacer la ascensión y el viaje a pie. Yo me negué, sobre todo por el esfuerzo que significaba cargar con el explosor a cuestas, porque aunque aquello no me correspondiera a mí, sería un tormento para cualquiera. Intenté subir la cuesta con el coche, pero con todos dentro era imposible. Ni en primera tenía potencia para hacerlo. Emilio Andreani, Paco y el encargado decidieron echarle patas subiendo a pie.

Aunque el encargado se había ofrecido a enviar a algunos operarios a por el explosor, yo me había propuesto subir con el coche. Allí teníamos todas nuestras pertenencias y no me apetecía dejarlo al pairo en medio de la plaza de la explotación.

—Ir andando vosotros, que yo subo con el coche.

—¿Pero, no ves que es imposible? Aquí solamente subiría un todo terreno...

—No estéis tan seguros. Subir, y cuando lleguéis arriba iros para los barrenos. Quitaros del camino, que no quiero encontrarme con nadie al llegar arriba.

Me alejé más de un kilómetro por aquel llano. El suelo estaba cubierto con una capa de polvo impalpable de fosfato, de más de un palmo de espesor, di la vuelta y enfilé hacia el inicio de la cuesta lanzando el coche a toda velocidad. Tenía que alcanzar la suficiente para que coronara la rampa casi por su inercia. Superados los cien kilómetros por hora, comencé a sentir que los neumáticos perdían adherencia, tanto más a medida que aumentaba la velocidad.

De la misma manera que se produce el “aquaplaning” cuando un vehículo entra sobre una lámina de agua circulando a gran velocidad, el coche debía estar haciendo “polvoplaning”. Se trataba ahora de acertar con el camino, porque el coche se iba de un lado a otro y era difícil controlarlo. En la cuesta no había lámina de polvo y, si embocaba con acierto, el asunto estaba resuelto. Tampoco podía aflojar porque si no llegaba a alcanzar el nivel superior y me quedaba a media cuesta las iba a pasar canutas para regresar al llano, abajo, marcha atrás o... dando vueltas.

DE LA MISMA MANERA QUE SE PRODUCE EL «AQUAPLANING» CUANDO UN VEHÍCULO ENTRA SOBRE UNA LÁMINA DE AGUA CIRCULANDO A GRAN VELOCIDAD, EL COCHE DEBÍA ESTAR HACIENDO «POLVOPLANING».

Enfilé el camino como una bala y no solo conté con velocidad suficiente para llegar arriba sino que el coche saltó en el aire al final de la cuesta, cayendo bruscamente al suelo en la cabeza del banco. Con el impacto se desprendió el salpicadero, que se quedó colgando de los manojos de cables de colorines que alimentaban todos los indicadores del cuadro.

—¡Hostias, verás cuando se lo devuelva a los de Avis! ¿Qué les cuento yo a estos?

Pero ya estaba arriba y bajar ya era otra cosa. En primera, reteniendo y tanteando el freno. Pero, por supuesto, en un gesto en que se notó claramente que para mis acompañantes primaba más su integridad física que el compañerismo, llegado el momento declinaron la invitación para acompañarme en el descenso y prefirieron caminar.

Superada aquella subida, llegué llaneando hasta la zona de la prueba.

—¡Joder, ¿pero qué has hecho?! ¡Te has cargado el coche!

—No ha sido nada hombre, esto lo pegan... y...

—A nosotros sí que nos van a pegar al devolver el coche –se lamentaba Emilio–. Lo has dejado para el desguace.

Cargamos los barrenos ayudados por varios operarios, cordiales y excelentes trabajadores. Disparamos la voladura. La roca de esa franja debería haber sido arrancada, quedando totalmente troceada y los fragmentos derramados al pie del banco, listos para ser cargados por una cargadora, como en cualquier voladura en una cantera típica de una roca dura y densa. Pero aquella no lo era.

La voladura había resultado un auténtico fiasco; un desastre glorioso. Del mismo modo que Moisés separó las aguas del Mar Rojo, la voladura separó aquella franja de roca del frente de la cantera, enterita, sin fragmentación alguna. Aquel prisma se desplazó en bloque, entero, macizo, a unos dos metros del frente. Como una chocolatina gigante. Ahí quedaba eso. Habíamos creado un tajo como un desfiladero de quince metros de altura. Para alcanzar ahora la superficie del bloque habría que hacerlo escalando, o saltando los dos metros que lo separaban del nuevo frente

—¿Y ahora qué van a hacer para fragmentar este pedazo de montaña? –preguntaba Andreani.

—Pues puedes decirle a tu jefe que venga a fragmentarlo con la cabeza. Esto era de esperar y estaba avisado. Yo preparo mi informe y punto.

Curiosamente, aquellas gentes no nos despeñaron por la enorme grieta, como hubiera sido lógico, sino que nos despidieron con caras risueñas, inclinaciones de cabeza y frases en desconocido idioma.

—Oye, Paco –pregunté–, ¿tú sabes cómo se dice “hijos de la gran puta” en árabe?

—Pues no –respondió Paco.

—¿Y tú, Emilio?

—Ni puta idea –respondió–. ¿Por qué lo dices? —Por nada hombre. Solo era curiosidad –respondí–.

Yo me eché a temblar cuando el encargado nos dijo que el ingeniero que nos recibió a nuestra llegada nos esperaba en su casa.

—Es para forrarnos a hostias... o para envenenarnos –dije convencido.

—Habla bajo, que este habla español –me advirtió Andreani.

—Digo que de aquí no salimos vivos –yo insistía.

—Que no, joder –decía Andreani–, que es que estos tíos son muy correctos. Tienen una educación muy refinada.

—Ya. Lo que tú digas, pero con la que les hemos liado... ¡nos mata!

—Que no, hombre, que no. Que este no se ha enterado todavía de la que le hemos armado. Que no pasa nada.

—Pues te digo yo que en España les montamos una así en una cantera y nos hinchan a palos y después nos echan dentro de la machacadora.

Aquel ingeniero era más o menos de nuestra edad y su esposa española era encantadora. Se notaba que le hacía ilusión charlar con compatriotas. Las prohibiciones de empinar el codo que se decía existían en Túnez no alcanzaban a aquel hogar, porque nos ofrecieron refrescos, pero también diferentes bebidas alcohólicas, que acompañaron con una fuente de unos apetitosos dátiles. Yo me decante por el whisky.

El tiempo que llevábamos en pie por el madrugón, sumado al ejercicio desarrollado en la cantera nos había abierto el apetito y echamos mano a los dátiles con ansia viva. En la boca separé el hueso del primero, como si se tratara de una aceituna y busque algún platillo para depositarlo, pero no había ninguno y nadie sacaba ningún hueso de su boca.

—¡Tiene cojones! –me dije–. A mí me ha tenido que tocar un dátil con pipo. A mí solito. Ya es suerte, coño.

Para no dar el cante poniendo la nota fácil y grosera en aquella exquisita reunión, me tragué el pipo, ayudándome en su deglución con un buen lingotazo de whisky, y me lancé vorazmente sobre otro dátil.

—¡Otro con hueso! ¡Otra vez! Pero... ¿siempre me toca a mí la muñeca chochona de la rifa? –me preguntaba.

Los demás seguían comiendo tranquilamente. Me tragué el segundo hueso, arrastrándolo gañote abajo mediante otro pelotazo de whisky y me fui a por el tercero.

SUFRIMOS, ENTRE OTRAS PENURIAS, LA DETENCIÓN POR LA POLICÍA TUNECINA POR LLEVAR ROTO UN FARO DEL COCHE Y POR UNAS INUNDACIONES QUE CORTARON LA CARRETERA.

—¡Coño, otro con pipo! Si sigo tragando huesos con whisky me voy a agarrar un pedo de categoría y a deshora. Aquí ocurre algo –sospechaba.

Mordí el hueso. ¡Era una almendra! ¡Una almendra tostadita, rica, sabrosa, que contrastaba con el dulzor del dátil! ¡Una delicatesen de cojones! En cada dátil el hueso había sido sustituido por una almendra. Me puse ciego a dátiles. Como si fueran pipas.

Salimos de la casa sin que, por fortuna, hubiera llegado la noticia del desastre. En el aeropuerto, Paco entregó la documentación del coche y las llaves en el mostrador de Avis.

—¿Où avez-vous laissé la voiture? ¿Tout OK? –dijo el hombre.

—Paco, ¿qué dice este tío? –pregunté yo.

—Pregunta dónde hemos dejado el coche y si ha ido todo bien –respondió Paco–. ¿Qué le digo?

—¿Qué le vas a decir? Que está en su párking y que todo ha ido genial. Y vámonos de aquí, a ver si todavía vamos a liarla, que como se entere el de los dátiles de la que le hemos montado en la cantera, vienen a por nosotros y nos hacen trocear el bloque que les hemos dejado con los cuernos.

—Dile al de Avis –añadió, divertido, Emilio–, que puede localizar el coche por el polvo y por el salpicadero; y que espabile antes de que se lo retire la policía para el desguace.

En el avión confesé a Emilio mi trance datilero, achacable a mi escaso refinamiento y desconocimiento de aquellos usos.

—Es que aquí hay costumbres muy curiosas y refina - das –respondió Emilio—. Verás, por ejemplo...

—Déjalo, Emilio –le corté–, que por aquí no pienso volver, aunque ofrezcan higos atestados de caviar o piñones rellenos de anchoas... Ni de vacaciones para ver ruinas vuelvo.

Y no he vuelto.

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas

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