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Cosas de la Pandemia | José María Pozas.

José María Pozas 1 La pandemia no entiende de víctimas, no las elije en función del color de su piel ni de su origen, no distingue entre varones y hembras. ¡Como para discernir entre buenos y malos, entre víctimas y victimarios! El coronavirus se ha llevado a Billy el Niño, conocido torturador que ha dejado tras sí a una buena cantidad de personas que tuvieron la desgracia de caer en sus manos, por el mero hecho de tener una forma de pensar diferente a la suya. ¿Cuál sería ésta? ¿Cómo pensaría él? ¿Pensaría? ¿O se limitaría a darse gusto, a hacer lo que le gustaba? ¿Sentiría placer haciendo sufrir a los que caían en sus manos? ¿Esperaría, anhelante, a que una nueva víctima cayera en su poder? ¿Tendría sueños húmedos al respecto?

Es difícil contestar este tipo de preguntas. Para la gente normal, claro. Porque los que fueron sus responsables, los que le ponían a “trabajar” conociendo sus métodos, seguro que tendrían respuestas para todas ellas, seguramente serían de su misma calaña, y así él hacía lo que procedía hacer con la chusma que caía en sus manos, porque ellos estaban en el lado bueno de la comunidad de españoles, los de misa dominical y comunión los primeros viernes de mes, para que les viera la clase dirigente, la gente de bien, la misma que le propuso para las medallas.

Ahora, el Congreso de los Diputados ha acordado retirarle esas medallas. Será a título póstumo. Pero, los que se las dieron, los que se las prendieron al pecho, ¿no tienen ninguna responsabilidad? ¿No debieran pagar de su bolsillo el dinero que el torturador se llevó?

¿No sería lo justo?

2 Es posible que hayan visto el vídeo en el que el ex Ministro del Interior Fernández Díaz da cuenta de su conversación con el Papa Benedicto XVI –sí, el de los zapatitos rojos–, y cómo éste le contaba lo que el mismísimo Diablo le había advertido sobre España. La inquina que nos tenía como país, por lo mucho que España había hecho por la religión católica, que no nos lo podía perdonar. El Diablo tiene como objetivo destruir nuestro país, le dijo, y como le dejemos lo va a conseguir, a poco que emplee sus malas artes. Y ante este empeño ¿qué nos queda? Rezar, me dirán ustedes. Ya se me había ocurrido, pero no le veo demasiado sentido. Rezando tendremos a Dios de nuestra parte, eso está claro, que además ya lo tenemos, pero la labor divina ha de ser tan grande y tan intensa por todo el mundo que puede tener un ligero despiste, aunque sea pequeñito, y en eso se basará el Príncipe de las Tinieblas, que estará ojo avizor, de modo que cuando esa falta de atención se produzca, ojo, no digo que Dios nos deje de la mano, pero un nanosegundo que esté mirando a Portugal, por ejemplo, le bastará al Maligno para hacernos daño y hundirnos. O quizás sean varias ocasiones, que vayan destrozándonos consecutivamente, por ejemplo la aprobación de la ley del aborto o cuando se apruebe la eutanasia, o cuando los homosexuales se hagan dueños de todo, no sé pero cuanto más lo pienso más claro entiendo las palabras del arzobispo Cañizares denunciando que se quiere obtener una vacuna contra el coronavirus a partir de los fetos de los millones de abortos practicados diariamente, ahora que ya no se va a abortar a Londres. Cuando monseñor Cañizares lo advierte, por algo será. Esto no hace más que confirmar esa labor de zapa del mismísimo Lucifer.

¿Vamos a quedarnos de brazos cruzados?

3 Más o menos, a alrededor de 100 millones de euros ascienden las comisiones cobradas por el Rey Emérito –recuerden, aquel campechano que también cazaba elefantes– y que se está haciendo el sueco; solo que los suecos de la casa real parecen algo más serios que estos Borbones de infausta memoria.

Cien millones de euros que las empresas españolas, todas o algunas, hubieron de pagar a sus clientes saudíes para que éstos se los pasaran después al que dijo aquello de lo siento mucho, no volverá a ocurrir; así suceden estas cosas.

Los que quieren que esto se quede así se basan en que nuestro hombre goza de inviolabilidad. Es decir, puede matar a cualquiera, puede violar a una niña, puede cometer la fechoría más espantosa, que no se le puede juzgar por ello: es inviolable. Y los que lo dicen son, ni más ni menos, los letrados del Congreso de los Diputados, donde reside el poder popular; pero claro, esto debe importarles bien poco. Los que entienden la inviolabilidad como debe ser son, en realidad, los mayores defensores de la institución monárquica, que no tiene otra forma de perpetuarse que bajo la forma de monarquías parlamentarias. De esta manera el monarca gozará de inviolabilidad cuando actúe en nombre del Parlamento; en esos momentos no es él quien actúa, sino que lo hace por delegación de una institución, en realidad, superior a la que él mismo pertenece como personaje real. Pero, si no actúa por delegación, se convierte en un ciudadano normal y corriente, y ahí no tiene ni sentido ni justificación inviolabilidad alguna; si contradice la ley debe atenerse al imperio de la misma.

Y cobrando comisiones ilegales –por ejemplo– está actuando en interés propio, guiado por la codicia, no representando al Congreso de los Diputados: no tiene, por tanto, inviolabilidad ninguna.

¿Veremos triunfar la justicia algún día?

José María Pozas | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Revista Técnica de Maquinaria de Obras públicas, Construcción y Minería, es una publicación de Prima Ediciones S.C. C/Orense, 8 – 1º Oficinas. 28020 Madrid (España)


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