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Krakatoa - Esteban Langa Fuentes.

Esteban Langa

En la División de Trabajos Especiales de Cavosa nos dedicábamos a todo lo que tuviera que ver con el uso de explosivos en actividades donde su empleo era habitual, pero también en otras no tan populares, o sea, en lo que podríamos llamar aplicaciones especiales... y hasta raritas.

En la tecnología petrolera se emplean en ocasiones unas pequeñas cargas huecas especiales para agujerear el entubado de los pozos con el fin de aumentar su caudal. Schlumberger disponía de unas cargas exclusivas para esta operación. Se trataba de unas carcasas de forma cónica y totalmente herméticas en cuyo interior se alojaba un explosivo especial resistente a muy altas presiones de agua. Estas cargas se utilizaban acopladas en soportes especiales y en posiciones según el patrón que se deseara para perforar los agujeros requeridos en la chapa del entubado. El cuerpo soporte de las cargas disponía de un centrador y unos patines, con lo que el conjunto se desplazaba por el interior de la tubería centrado y descendiendo con total suavidad hasta colocarse en el punto del sondeo a la profundidad requerida.

La iniciación de las cargas se realizaba mediante unos detonadores también especiales, capaces de soportar la presión de una columna de lodo de más de mil metros. Todo el conjunto era una auténtica máquina de precisión, fabricada específicamente para ese fin. En palabras técnicas, se podía decir que aquel artilugio constituía una auténtica “virguería” y, aunque diseñado para su uso en la industria petrolera, era igualmente útil para la perforación del entubado de los sondeos para agua. Pero esas cargas de Schlumberger eran como las chicas de Play Boy: perfectas, preciosas, deseables pero inac cesibles para nosotros.

En aquella época Cavosa mantenía una delegación en Portugal, de la que era responsable desde España un tal Eduardo Jiménez. Este tenía su despacho en las oficinas centrales de la empresa en Madrid y contaba en Lisboa con un colaborador aborigen cuyo nombre no recuerdo, pero que aquí llamaremos “Silveira” para identificarle. El tal Silveira era profesor en alguna universidad portuguesa y trabajaba como “conseguidor” para Cavosa, utilizando como gancho su prestigio de ilustrado y su fluida verborrea impenitente, con la que, como decían en mi pueblo, “era capaz de dar un discurso sobre la mierda como si la hubiera catado”. Esto le daba resultados positivos solo en casos muy limitados, ya que se le veía el plumero con bastante facilidad.

Y sucedió que se estaban perforando unos sondeos para captación de agua cerca de Oporto, con resultado poco exitoso. Nuestro amigo el sabio Silveira conocía al contratista encargado de su ejecución, un honrado pero rudo lusitano, acomplejado e impresionado por el halo de sapiencia del profesor.

Este (el sabio) debía haber leído en alguna parte un artículo magistral de algún otro enterado que trataba sobre la voladura de sondeos de agua para incrementar su caudal y le propuso al contratista llevar a cabo una operación de ese tipo en sus sondeos. El otro pobre hombre entró al trapo como un pulpo a una medalla brillante cuando Silveira, sin titubeo y sin despeinarse, relató al buen hombre los grandes incrementos de aporte de agua que podría conseguir en sus sondeos, dándoles una tronadita con explosivo para fisurar la roca en su entorno. Silveira aprovechó la credibilidad de aquel paisano para venderle a Eduardo, el d elegado de Cavosa en Madrid, el éxito de su gestión en la captación del negocio. El bulo se puso en marcha de tal manera que todo el que se iba incorporando a la bola, incrementaba un poquito más su diámetro, como los escarabajos peloteros engrosan su bola de mierda.

Eduardo pensó que llamando al gerente para contarle el fabuloso trabajo que iba a contratar, justificaría la estéril existencia de aquella representación en Portugal. Naturalmente, el gerente de Cavosa consideró que el trabajito significaba “cartera” para la empresa y no le costó ni un segundo elegir al quien iba a cargar con la responsabilidad de la que se iba a liar. Me había tocado a mí el premio de la “muñeca chochona”, y sin jugar, sin siquiera llevar papeletas.

Intenté hacerle comprender que la íbamos a cagar, que carecíamos de los medios para hacer aquel trabajo, pero empecinado, decidió que había que seguir adelante ocurriera lo que ocurriera. Las muy especiales cargas huecas de Schlumberger iban a ser sustituidas por el ingenio español: una cuerda con una ristra de cartuchos atados a ella. No había marcha atrás y metidos en ese lío solo cabía la huida hacia adelante. Allí se había metido la pata pero nadie la sacaría. El lema de “sostenella y no enmendalla”, peculiaridad de nuestro carácter que nos debe venir empotrada en nuestros genes desde que vivíamos en las cavernas. Yo no creía que pudiera salir airoso de la aventura, pero al menos debería intentar salir con vida.

Eduardo había adelantando algunas gestiones para localizar las materias primas necesarias, contactando con una de las dos empresas fabricantes de explosivos en Portugal, que le ofreció a precio de saldo unos cartuchos de TNT que debían tener en sus polvorines desde la Segunda Guerra Mundial. Encontrar una cuerda no le resultó difícil.

El día decidido para la voladura salimos muy temprano de Lisboa camino de Oporto. Viajábamos juntos los tres, Silveira, Eduardo y yo en el coche del primero. En principio se había preparado la prueba para un sondeo y, a la vista del resultado, se decidiría repetir la voladura en el resto (cuatro o cinco más). Cada uno de nosotros daba vueltas a su cabeza pensando en lo que sucedería luego. Si todo salía bien, Eduardo se apuntaría el tanto de una contratación, aunque de poca monta, Silveira habría hecho una excelente gestión e incluiría aquella voladura en su currículo, que se vería notablemente ampliado, y yo seguía como al principio, pensando en cómo coño iba a salir de esta. El comercial de explosivos (no recuerdo si era Trafaría o SPEL la empresa suministradora) debía estar frotándose las manos ante la perspectiva de quitarse de en medio aquel stock sin salida y, velando por sus intereses, decidió participar activamente en la operación, por lo que se dirigió también al lugar para echarnos una mano. El contratista también se encontraba allí presto para la faena, asistido con un par de perforistas y sus ayudantes. El explosivo y los accesorios, los detonadores y el cordón detonante se encontraban ya en obra, y nosotros habíamos traído un explosor y un comprobador desde Lisboa.

A indicación nuestra, el contratista había montado un trípode con patas de tubo de acero hueco en cuyo vértice había instalado una argolla con una polea. La gruesa soga para descender la carga era cosa nuestra. El trípode estaba centrado sobre el agujero donde pretendíamos hacer ese primer ensayo. Utilizando al profesor Silveira como intérprete, me informé de las particularidades del sondeo y del porqué de la elección de este para esa prueba. Los sondeos se estaban ejecutando con un equipo de perforación que yo conocía muy bien. Era una perforadora rotativa sobre camión Drill Máster DM 4, de Ingersoll-Rand, de los que yo había vendido más de uno en España cuando trabajaba en aquella empresa y cuyas características eran adecuadas para perforaciones de barrenos en canteras o minas, pero no para sondeos profundos para agua.

En sondeos de gran longitud se producen escalones y desvíos en los taladros provocados por el pandeo del varillaje, por lo que no es posible colocar la tubería de revestimiento necesaria en toda su longitud una vez perforado el taladro, para que las paredes de este se mantengan. El contratista debía conocer sobradamente esa particularidad. Su actividad no era la de la realización de sondeos de ese tipo, sino que había trabajado en perforaciones para voladura en minas y canteras, pero en este caso no había querido reconocer las limitaciones de estos equipos para la perforación de sondeos largos. Le cegó la posibilidad de hacer negocio con sus máquinas y ofertó aquel trabajo sin considerar sus limitaciones.

En efecto, aquel sondeo había sido perforado hasta una profundidad de unos ochenta metros, pero cuando se intentó meter en él la tubería de revestimiento, esta se quedó atascada a unos treinta metros de la superficie. Es decir, si el sondeo estaba “entero” tendríamos desde el fondo hacia la superficie unos cincuenta metros con sus paredes en roca y treinta metros hasta la superficie, recubiertos con aquella tubería, que se había quedado clavada en ese punto.

Abrimos las cajas de explosivo, que tenían aspecto antiguo. Los cartuchos estaban más duros que piedras y su envuelta era de papel de estraza y de color sepia, como las fotos de nuestros abuelos, aunque por la antigüedad también su envoltura podría haber sido de papiro. Nos pusimos manos a la obra y tras hacer un nudo en el extremo de la cuerda, comenzamos a acoplar los cartuchos a su alrededor, en grupos de a cuatro, sujetándolos entre sí y a la cuerda con cinta aislante. Alta tecnología. Así íbamos formando una ristra de cargas, a la que adosábamos un cordón detonante para asegurar la propagación entre ellas, iniciándolas con un detonador que colocaríamos en ese cordón en la superficie, fuera del barreno para evitar riesgos.

TEMEROSOS, CON PASOS LENTOS Y ANDANDO DE COSTADO PARA TENER GANADO UN CUARTO DE VUELTA POR SI HABÍA QUE SALIR CORRIENDO, SI SE REACTIVABAN LAS TRONADAS, NOS APROXIMAMOS AL EPICENTRO DE LOS CAÑONAZOS PARA EVALUAR LOS DESTROZOS

Fuimos colocando cartuchos y descendiendo la ristra hasta completar cien kilos de explosivo, que ocupaban una longitud de unos veinticinco metros. Pero cuando, por nuestros cálculos, suponíamos que la parte superior de nuestra carga se encontraba a unos diez metros por debajo del fondo del tubo, aquello se atascó. Ni bajaba ni subía y después de los tirones nadie podría saber el estado de la ristra en el fondo. No había más remedio que hacerla detonar sin más, porque allí no se podía dejar aquel regalo. Colocamos el detonador en el cordón detonante que asomaba de la boca del taladro y tomamos la adecuada distancia que recomienda el “respeto”, formando un grupo en el que nos encontrábamos el comercial de explosivos, el contratista y sus muchachos, el profesor Silveira, Eduardo y yo, además de algunos mirones que se habían acercado a curiosear. Yo tenía conmigo mi rudimentaria máquina fotográfica, aún de carrete y de foto a foto, y quería sacar más de una, por lo que convencí a Eduardo y a Silveira para que manejaran el explosor, con lo que yo tendría las manos libres para usar la cámara, y tal vez podía hacer más de un disparo. Accionaron el explosor mientras yo mantenía la cámara apuntando a la boca del sondeo.

En un primer momento sentimos la tremenda vibración del suelo, un terremoto bajo nuestros pies que nos hizo perder el equilibrio. Tras ello escuchamos una explosión brutal, como rasgada, como un trueno largo, ¡racatracatrábuuuuuurrrrruuuuunnnnn! y el entubado del sondeo comenzó a asomar por la boca de este lentamente, impulsado por los gases producidos en la explosión.

—¡Ay, la hostia, ya la hemos jodido! –pensé.

El tubo ascendió unos metros y volvió a descender. Aquello alimentó en mí la esperanza de que tal vez volviera a ocupar su sitio y allí no habría pasado nada. Tuve tiempo para tomar una foto mientras ascendía. Pero aquello solo acababa de empezar, pues de repente sonó otro trueno espantoso. ¡Buuuuuurrrrruuuuunnnnn!, y el tubo volvió a asomar, esta vez a mucha más altura que la anterior. Había pasado la película y tomaba otra foto. Ahora, además acompañaba a la tubería un tremendo chorro de barro rojo que se elevaba como un géiser por encima de ella, produciendo un silbido muy parecido al de un misil: ¡Flllllliiiiiiaaaassssssshhhh!

Mientras volvía a pasar el carrete y tomaba otra foto, tratando de adivinar el porqué de una segunda explosión implorando al cielo que aquello parara y el tubo volviera a su sitio.

Pero el Señor desoyó mis silenciosas súplicas y comenzaron a producirse explosiones seguidas. ¡Pum, pum!, ¡purrruuuum! ¡purrrrupumpum!, y cañonazos de barro: ¡flasssshhhh¡ ¡fluusssshhh!, como si fuera la erupción de un volcán.

Me resultaba imposible saber cómo podía estar ocurriendo aquello, cómo coño aquel explosivo detonaba a saltos si allí habíamos metido una sola carga, y tan solo se debía haber producido una única explosión.

Aquello parecía la erupción del Krakatoa. A cada explosión y chorro de barro el tubo iba asomando más y más, y aunque entre cañonazo y cañonazo se producían leves descensos de este, los ascensos eran mayores que los descensos y el tubo cada vez asomaba más. Aquello se hacía eterno, más chupinazos, más cañonazos y más barro... y más fotos. Y por fin una explosión de nivel espectacular. Como si se rajara el mundo; un espantoso trueno.

Este fue el último estallido, un berrido mucho mayor que todos los anteriores y con él los treinta metros de la tubería de revestimiento salieron completitos del taladro, como un misil Polaris, acompañados del último cañonazo de barro.

Pero esta vez la suerte se mostró esquiva y el tubo no volvió a entrar en el sondeo, sino que se apoyó sobre el suelo y cayó girando despacito hasta quedar tirado sobre el terreno en toda su longitud. ¡Un desastre total! Dejamos pasar un tiempo antes de acercarnos al agujero, pues después de aquello temíamos que de repente nos agarrara otra explosión cuando estuviéramos al lado y, visto lo visto y oído lo oído, si no nos mataba, seguro que por lo menos nos iba a poner de barro hasta los ojos.

Temerosos, con pasos lentos y andando de costado para tener ganado un cuarto de vuelta por si había que salir corriendo, si se reactivaban las tronadas, nos aproximamos al epicentro de los cañonazos para evaluar los destrozos. En el lugar donde se encontraba la boca del sondeo había un tremendo cráter y del agujero ni huella. Como si le hubiera caído una bomba. El barro se extendía cincuenta metros a la redonda, lo que probaba que allí debajo debía haber agua para hartarse. Era un consuelo.

Silveira me tradujo las inquietudes del contratista que, evidentemente aterrorizado, preguntaba algo así como “qué cojones iba a hacer ahora con aquel desastre”, a lo que yo respondí, también para que Silveira se lo tradujera, que el taladro no estaba perdido, que a nada que escarbara en el fondo del cráter encontraría la boca del agujero sin problema y seguro que podría volver a enchufar la tubería... y listo.

EN UN PRIMER MOMENTO SENTIMOS LA TREMENDA VIBRACIÓN DEL SUELO, UN TERREMOTO BAJO NUESTROS PIES QUE NOS HIZO PERDER EL EQUILIBRIO. TRAS ELLO ESCUCHAMOS UNA EXPLOSIÓN BRUTAL, COMO RASGADA, COMO UN TRUENO LARGO.

El tipo miraba a Silveira con la boca y los ojos muy abiertos mientras este le traducía la milonga con un empaque y serenidad como si él mismo se la creyera, así que el paisano aceptó aquello, porque, claro, Silveira era profesor y eso era una garantía. Sugerí que debíamos partir de allí inmediatamente para llegar de vuelta a Oporto y salir zumbando para España. Lo importante era quitarnos de en medio lo antes posible, antes de que el contratista se diera cuenta de la que le habíamos liado y nos buscara provisto de una escopeta de postas para pegarnos un par de merecidos tiros, a ser posible a bocajarro, o como poco nos diera de palos. Nos metimos en el coche y arrancamos “picando rueda”. Íbamos calladitos, rumiando nuestros pensamientos. Eduardo, nuestro flamante delegado en Portugal, debía ir pensando en cómo coño iba a explicar a nuestro gerente el fracaso del tan cacareado trabajo. Yo iba pensando que tal vez podría ganar el juicio por despido, de forma que el juez lo declarara improcedente con el argumento de que “yo ya le dije al gerente que la íbamos a joder, pero no me hizo ni puto caso”. Pero no tenía pruebas. O tal vez no me pusieran en la calle. Igual había suerte. ¿Quién podía saberlo...?

Supimos en qué pensaba Silveira cuando de repente preguntó cuándo podríamos volver a volar el resto de los sondeos. Las risotadas de Eduardo y mía fue simultánea, que continuó mientras se nos caían las lágrimas, y Silveira frenaba mirándonos asombrado. Nos apeamos del vehículo siguiendo con las carcajadas y cuando fuimos capaces de hablar, todavía llorando de risa, le hicimos saber que debíamos regresar a España a la mayor brevedad posible, antes de que dieran orden de busca y captura contra nosotros y nos retiraran los pasaportes. Estábamos seguros de que si no nos trincaban, por lo menos nos prohibirían la entrada en Portugal.

A la vista de aquel cachondeo, Silveira dejó de representar su papel de serio profesor y se unió a la juerga, entendiendo que por allí era mejor no volver a aparecer, aunque confesó que se había creído eso de excavar un poquito para volver a encontrar el agujerito, y que la pregunta de cuándo volveríamos a volar el resto de los taladros la había hecho en serio.

Nos llevó hasta Oporto, para coger un vuelo a Madrid. Desde el aeropuerto, Eduardo telefoneó a nuestro gerente para informarle puntualmente del éxito de la operación. Eduardo iba para ministro. A una pregunta cuya respuesta solamente podría ser un sí o un no, respondía con una perorata de cinco minutos en la que podría hablar de cualquier cosa, de todo menos responder a la pregunta. Era como decir aquello de “Manolo se encuentra en situación incompatible con la vida” (frase de moda en el personal del Samur), en lugar de decir “Manolo está muerto”.

Julián le debió preguntar algo así como qué tal había ido “la voladura de alta tecnología diseñada para producir la fisuración controlada de la roca productiva en aras de elevar la capacidad hidráulica del sondeo”, en lugar de inquirir directamente: “cómo había ido el cañonazo”.

Eduardo comenzó a decirle algo así como que “a pesar de la alta tecnología aportada a la operación, los resultados obtenidos aparentaban, en principio, no haber sido exactamente los esperados, aunque aún estábamos pendientes de las últimas comprobaciones y ensayos”. No pude más. Al oír aquello espeté a voces y entre risas, de tal manera que nuestro gerente, Julián, me oyera con claridad:

—¡Joder, Eduardo! ¡Vas a ir al infierno por embustero! Coño, dile la verdad, que ha sido un desastre, que el sondeo se ha jodido y se acabó. ¡Díselo, hombre, y no te enrolles!

El otro lo oyó y algo dijo, no supe qué, pero cuando me separaba de él, alcancé a escuchar que este le decía algo así como:

—¡Coño, Julián, ya sabes cómo es Esteban...!

Pero yo tenía ya claro que no volvería a volar nunca jamás un sondeo de captación de agua. .

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas

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