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Actualidad

01 Enero 2026

La Reanimación. Esteban Langa Fuentes

Esteban Langa

Gaspard Moreau es un eminente neurólogo y psiquiatra francés que goza de un prestigio mundial, admirado y criticado en la misma medida por sus avanzadas teorías neurosiquiátricas, para algunos innovadoras y para otros muy osadas, y sus novedosos tratamientos, que algunos de sus colegas consideran que rayan en el absurdo o hasta en la brujería.

Allá por los sesenta, el entonces joven Gaspard vivió tres años en España como estudiante, cuando su padre, diplomático francés, fue destinado a la embajada francesa en Madrid.

Durante esa etapa juvenil, Gaspard aprovechó los periodos no lectivos para recorrer los más recónditos rincones de la piel de toro, quedando prendado de sus paisajes y de sus gentes, y muy especialmente de aquellos pequeños pueblos de las montañas norteñas.

En Pajares de la Braña Alta, un villorrio aislado en lo más alto de la cordillera cantábrica, una avería en su coche obligó a Gaspard a permanecer tres días en dique seco, inmerso en el devenir diario de sus moradores, disfrutando de los paisajes del entorno y de la hospitalidad de los rudos paisanos, hasta que el herrero, a su vez “manitas” del lugar, recibió la pieza del motor que había pedido a la capital, con la que recobraría la vida su Seat 600 para continuar su periplo por España.

Cuando tras esos tres años regresó con su familia a Francia, Gaspard hablaba español como un nativo vallisoletano y su vocabulario incluía vocablos locales desconocidos por completo fuera de los lugares exclusivos en los que se practicaba.

Aparte del español, que parlaba con gran soltura, Gaspard se manejaba en catalán, gallego, vasco, bable, castúo, caló... y hasta le daba con gran acierto al “silbo gomero”, y hemos de decir que también era práctico en las voces, exabruptos, anatemas, silbidos y sonidos guturales usados para la llamada, espantado o acarreo de fauna doméstica de todo porte, con los que los sencillos aldeanos estimulaban a las bestias e incluso a sus convecinos. Su extenso vocabulario incluía también las blasfemias típicas tradicionales de cada zona, dedicadas a los santos y vírgenes de la devoción local.

LOS TRES MUCHACHOS ERAN DE BUENA ALZADA Y ANCHOS DE ESPALDAS, CON ASPECTO DE PODER TUMBAR UNA MULA DE UN GUANTAZO, CON EL ASPECTO FORNIDO QUE PUEDEN DAR A UN CUERPO JOVEN LAS LABORES AGRÍCOLAS NO MECANIZADAS.

Gaspard Moreau tomó por costumbre disfrutar sus vacaciones sistemáticamente en España. Nuestro franchute podría representar la muestra del “soltero de oro”. Soltero, maduro de buen ver, famoso y forrado de dinero, se permitía el lujo de otorgarse a sí mismo tres meses de vacaciones anuales, que disfrutaba en España. A Gaspard no se le conocía pareja estable, porque disfrutaba de la dulzura de los favores que le brindaban las representantes del sexo femenino, dada su posición social, económica y donosura, y disfrutaba comiendo la distinta fruta de los árboles que iba encontrando en su camino en lugar de cargar con una única variedad frutal, por dulce y jugosa que ésta fuera.

Y así ocurrió cuando en uno de sus periodos vacacionales decidió regresar a aquel pueblo que el destino, con la avería en su pequeño utilitario muchos años atrás, le había permitido disfrutar: un extraordinario paisaje y la hospitalidad de sus toscos pero muy entrañables habitantes.

El pueblo había cambiado, pero el paisaje se mantenía tal como él lo recordaba. El taller del herrero se había modernizado y unido a él se había asentado una pequeña gasolinera.

Sobre la antigua nave de la fragua lucía el cartel de “Talleres Macario. Se reparan todo tipo de vehículos. Gasolina, Diésel y Eléctricos. Alta tecnología”, y en la pequeña estación de servicio lucía un anuncio luminoso que rezaba: “Macario’s”, y debajo: “Service Station”.

—¡Coño!, cómo ha prosperado Macario –aunque verdaderamente lo que exclamó fue: “¡Chatte! Comme Macario a prosperé”, porque lo hizo en francés.

Detuvo su deportivo BMW Serie 8 junto a los surtidores, dispuesto a dar una sorpresa a Macario.

Pero la sorpresa fue suya cuando se encontró con la puerta de local cerrada y adherido en ella un pequeño cartel que rezaba “Cerrado por defunción”.

—¿Será posible? –pensó–. ¡Vaya por Dios. Macario ha debido de morir! También es coincidencia. Con lo alegre que yo venía dispuesto a saludarle y a recordar aquellos días...

Observó que junto a la puerta del taller un chaval manipulaba el motor de una Honda. Gaspard pensó que podría ser un vecino del lugar y se acercó hasta él.

—Buenas tardes. Por favor, ¿podrías decirme si es Macario el fallecido que anuncia ese cartel de la puerta? –preguntó.

—¡Quiá, no señor, no! ¡Ni pá Dios! –respondió el muchacho–. Al Macario no hay quien lo mate. Ese es más duro que el pedernal. La que ha doblao la servilleta ha sío su sobrina, la Herminia, una que la decían en el pueblo “La Chocho Loco”.

—¡Oh là là! –expresó Gaspard su estupor–. ¿Y sabes por qué la llamaban así? –inquirió Gaspard.

—¡Nos ha jodío! –exclamó el chaval–, porque se ha follao a tos los mozos del pueblo, aunque ahora se las daba bien de decente con uno que se había echao de novio. Pa casarse estaban y mía tú, ha cascao.

Gaspard cayó en la cuenta. La recordaba. Era una chiquilla cuando él conoció el pueblo, que en alguna ocasión pasó por el taller de su tío mientras reparaban su coche, siempre acompañada de varios muchachos. Recordó también que alguien le dijo que por una peseta les enseñaba las bragas, y por un duro directamente el potorro, por lo que conseguía pingües beneficios a costa de las huchas de sus erotizados seguidores, en detrimento de las ventas de chuches de la Paquita, la del colmao, que se quejaba amargamente.

—Esta gorrina enseñando las bragas me está jodiendo la venta de chuches a estos mocosos –decía– y me voy a tener que comer yo to el regaliz, las piruletas, las gominolas... ¡Me cago en tos sus muertos! ¡Si es que me los tiene encelaos a tos! –remataba la frase cariñosamente.

El entierro tendría lugar al día siguiente. El muchacho indicó a Gaspard el lugar donde se encontraba el velatorio. Se trataba de la casa del padre de la difunta, Amalio, el hermano de Macario, y allí dirigió sus pasos Gaspard. El edificio era un caserón enorme, de dos plantas, ubicado en la plaza del pueblo y construido en piedra de sillería, con aspecto señorial.

Gaspard no encontró a nadie en su camino hasta llegar al caserón, pero en la puerta había un nutrido número de paisanos que fumaban charlando en tono bajo, con aspecto apesadumbrado. Reconoció a un par de ellos, a Eutiquio, el que fuera alcalde en su primera visita, aunque ya no ejercía, y a Anselmo, el alguaci, que todavía ocupaba el puesto.

Tras darse a conocer y recibir las muestras de alegría que le manifestaron tanto Anselmo como Eutiquio y algunos más que se encontraban en el corro y que también recordaban a Gaspard, éste se dirigió al interior donde encontró a Macario junto a su hermano Amalio, desconsolado.

Macario reconoció de inmediato a Gaspard y se fundió con él en un largo abrazo. A su vez, también le reconoció Amalio cuando Macario le refrescó la memoria de aquellos tiempos, cuando Gaspard apareció por primera vez por el pueblo. Macario le presentó a su vez a tres jóvenes que formaban grupo en su proximidad.

—Mira, Gaspard, este es Abilio –dijo, indicando a uno de los mozos–. Es el novio de mi sobrina Herminia, que Dios la tenga en su gloria, y estos son sus amigos Honorio y Basilio. Los tres muchachos eran de buena alzada y anchos de espaldas, con aspecto de poder tumbar una mula de un guantazo, con el aspecto fornido que pueden dar a un cuerpo joven las labores agrícolas no mecanizadas.

—Lo mismo este Abilio se la ha cargao “empujando” –pensó Gaspard–, porque este debe follar igual que ara... y los amigos... La charla llegó al extremo en que Gaspard preguntó cómo se había producido el óbito de la muchacha.

—Un patatús, fue un patatús –respondió Amalio–. Estaba fregando el suelo de la cocina cuando oímos un estropicio, y cuando llegamos estaba fulminada en el suelo. La metimos en la furgoneta de Abilio, que se la llevó echando leches pal ambulatorio, pero cuando llegó ya había palmao.

—¿Puedo verla? –preguntó Gaspar.

—¡Claro, hombre! –aseguró Amalio, quien, junto con Abilio, acompañaron a Gerard hasta un gran salón anexo, donde el cadáver de Herminia, dispuesto sobre un catafalco primorosamente adornado, lucía su vestido de novia.

APARTE DEL ESPAÑOL, QUE PARLABA CON GRAN SOLTURA, GASPARD SE MANEJABA EN CATALÁN, GALLEGO, VASCO, BABLE, CASTÚO, CALÓ... Y HASTA LE DABA CON GRAN ACIERTO AL «SILBO GOMERO», Y HEMOS DE DECIR QUE TAMBIÉN ERA PRÁCTICO EN LAS VOCES, EXABRUPTOS, ANATEMAS, SILBIDOS Y SONIDOS GUTURALES USADOS PARA LA LLAMADA, ESPANTADO O ACARREO DE FAUNA DOMÉSTICA.

Sentadas a su alrededor, las mujeres murmuraban el rezo del rosario.

Gaspard se asomó al rostro de la joven, levantando sus párpados, rozando sus labios con los dedos y tocando su frente. Tras ello, retornaron los tres al lugar donde aguardaban Macario y los amigos del novio, Honorio y Basilio.

—¡Mirad! –Gaspard reclamó la atención de todos ellos–. Como ya os he comentado, soy neurólogo y psiquiatra y he tenido muchas experiencias con pacientes, incluidos casos de “catatonia reversible”, y tal vez estemos delante de uno de ellos...

—Pues, pa mí que catatonia no podía tener la Herminia –interrumpió Amalio–, porque aunque era un poco puta, lo que es limpia era muy limpia... o sea que no creo yo que hubiera pillao nada de eso. De eso la Herminia na de na.

—!No, hombre, no! –comenzó a explicar Gaspard–. La catatonia reversible es un caso de muerte aparente en el que por un fallo nervioso, alguien cae aparentemente muerto, pero no lo está, y si se le somete a un estímulo de gran intensidad es posible sacarlo de ese estado, volviendo a la vida como si nada hubiera ocurrido. Creo que podríamos probar con Herminia... ¿Qué podría provocarle un estímulo muy fuerte?

Un brillo de esperanza asomó a los ojos de todos, que sugirieron diferentes actuaciones.

—Darle un par de hostias –dijo uno.

—Echarla al pilón –apuntó otro.

—¡Calma, calma! –pidió Gaspard–. Yo creo que si a ella le gustaba hacer el amor con su novio, quizá el mayor estímulo sería el que tú, Abilio, lo hagas ahora con ella. Ese estímulo tal vez sea capaz de reanimarla.

—¿Qué quiere usted que Abilio se folle a la muerta? –intervino Macario–. ¡Pero eso no pue ser, me cago en to! Eso tie que ser un pecao gravísimo. Si hace eso el Abilio se va a ir pal infierno echando hostias, que ya ha hablao el cura sobre eso y...

—¡Y nada! –cortó Gaspard–. Nada, porque no es un pecado de necrofilia, sino una maniobra de recuperación médica que está plenamente amparada y justificada científicamente y es perfectamente legal.

Abilio, convencido por la firmeza del discurso de Gaspard, garantizado por su reconocida sapiencia, fue el primero en aceptar, seguido por los demás, poniéndose todos a la faena.

Abilio se preparó para proceder de forma discreta, pero parece ser que algún individuo había escuchado la propuesta de Gaspard y ésta se había extendido entre los asistentes al velatorio, que juzgaban el tipo de operación que se iba a llevar a cabo con Herminia. Todos pretendían entrar en la sala y arremolinarse en torno al catafalco para disfrutar en directo de la visión de la coyunda entre la difunta y el apenado novio, pero tras una pequeña pelotera, Eutiquio, el ex alcalde, que gozaba aun de cierta autoridad, y el alguacil Anselmo, consiguieron evitar el revuelo, guardando la intimidad de la operación al obligar a todo el personal a abandonar la sala del velatorio, cerrando las puertas de ésta. Dentro quedaron a solas Abilio y su malograda amada.

Todos los asistentes al velatorio aguardaron en la antesala siseando comentarios.

—¿Tú crees que se la meterá toda? –susurró uno a su mujer.

—Si no reacciona con la punta...—respondió ella.

—Este le echa tres sin sacarla –murmuró Honorio al oído de Basilio.

—¡Toma, y yo también se los echaría! —respondió Honorio–. ¡Con lo buena que estaba la Herminia!

—¡Ay, con lo que lleva follao esta chica! ¡Qué putón! ¡Hasta muerta le va a dar gusto al potorro! –dijo la del colmao.

Pasaron unos minutos durante los cuales, desde la sala del velatorio, llegaba a la antesala tan sólo el sonido de los golpes de ariete que Abilio aplicaba contra el sexo de Herminia. En un momento, el ritmo se aceleró y, de repente, comenzaron a acompañar a los envites unos jadeos que, subiendo de volumen, acabaron convirtiéndose en exclamaciones provenientes de una voz femenina, en las que podían escucharse algunos vocablos sueltos con nitidez.

—¡Toda...! ¡Más...! ¡Fuerte...! ¡Dámela...! ¡Dale...! ¡Deprisa...! ¡No pares...! ¡Ay...! ¡Ay...! ¡Ay...!

Amalio reconoció la voz de su hija y se lanzó contra la puerta abriéndola de golpe de par en par. Todos contemplaron la imagen del trasero de Abilio que oscilaba, avanzaba y retrocedía con gran rapidez, mientras sus pantalones y calzoncillos abrigaban sus tobillos. Las piernas de Herminia abrazaban su cintura, cruzando los pies sobre ella y sus brazos enganchados a su espalda. Los cuerpos de los amantes oscilaban rítmicamente perfectamente acoplados. Luego, tras un largo gemido de placer lanzado por ambos, se relajaron laxos.

RECORDÓ TAMBIÉN QUE ALGUIEN LE DIJO QUE POR UNA PESETA LES ENSEÑABA LAS BRAGAS, Y POR UN DURO DIRECTAMENTE EL POTORRO, POR LO QUE CONSEGUÍA PINGÜES BENEFICIOS A COSTA DE LAS HUCHAS DE SUS EROTIZADOS SEGUIDORES, EN DETRIMENTO DE LAS VENTAS DE CHUCHES DE LA PAQUITA, LA DEL COLMAO, QUE SE QUEJABA AMARGAMENTE.

Herminia había vuelto a la vida. Los asistentes al sepelio mostraban su estupor lanzando exclamaciones de todo tipo en medio de un gran revuelo, mientras Abilio descabalga y Herminia se incorporaba, mostrando ambos por breves instantes sus genitales a los dolientes, mientras se recolocaban avergonzados sus ropas.

—¡Cago en to, vaya polvo que han echao! –comentó uno.

—¡Buen parrús tie la moza! –apuntó otro.

—¡Y vaya fandango que tie el Abilio! –dijo otro, observando el tamaño del miembro de éste–. ¡Nos ha jodío!, con eso se resucita a cualquiera. Y parecía medio bolo...

—Pues habrá que echar un candao a la puerta del cementerio, que con éste suelto... no vaya a ser que le haya pillao el gusto... –se escuchó detrás.

La alegría se extiendió por todo el pueblo y los abrazos y parabienes que recibió Gaspard le sirvieron de suficiente recompensa por su intervención. Él no necesitaba más que eso para sentirse feliz y, discretamente tras despedirse de todos, se retiró para continuar su periplo.

Habían pasado tres días cuando, después de extender su visita a otros lugares de la comarca, regresó de vuelta por el mismo camino. Le picó la curiosidad y decidió hacer una parada y asomarse a la estación de servicio de Macario.

Llenaría el depósito de su BMW y preguntaría a su viejo amigo qué tal le iba a la pareja de amantes tras la reanimación de Herminia.

Pero de nuevo la “Macario's Service Station” se encontraba cerrada y en la puerta podía observar el mismo aviso que lucía tres días antes: “Cerrado por defunción”.

—¿Será posible? –dijo para sí Gaspard–. ¿Será posible que al final se haya muerto Herminia?

Atribulado, pensando en lo peor, se encaminó hacia la casa de Amalio. Desde lejos, observó el corro de gente enlutada que aguardaba en la puerta y, pasando entre ellos, entró en la antesala llena de dolientes, desde la que observó que la puerta de la sala estaba cerrada. Vio a Herminia, llorosa entre la multitud.

—No ha sido ella la difunta –pensó–.

Junto a Herminia se encontraba su tío Macario, y algo alejados se hallaban Eutiquio, el antiguo alcalde, junto con Anselmo, el alguacil. Echó de menos a Amalio, el padre de Herminia, a su novio Abilio y a sus dos amigos Honorio y Basilio.—¡

Ay, Gaspard! ¡Ay qué desgracia! –Macario se dirigió a él–. Ha muerto mi hermano. Estaba acabando de comer y ha caído fulminao, como si le hubiera alcanzao la centella. De boca ha caío. Ha pegao un cabezazo que ha roto el plato y... Otro patatús. Fulminante ha sío.

—O mismamente un pedoleche –apuntó el alguacil–, que es más mortífero.

—Bueno, tranquilízate –interrumpió Gaspard–, podíamos intentar...

—¡Nada, Gaspard, que no! –le cortó Macario–. Pa mí que esta vez no hay na que hacer y que la ha espichao, porque Abilio, Honorio y Basilio lo llevan enculando toa la tarde, alternando ca uno con otro pa recuperar el resuello, y na, que no resucita.

Macario abrió la puerta y le mostró la patética escena de los tres amigos con los atributos al aire y agotados —¡Mira, mira, todavía le están dando tralla y nada, que no resucita –dijo entre sollozos.

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas


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