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Decía don Camilo que ante el año nuevo todo se pinta de esperanza en el saludable sainete de la vida del hombre. Y que un año recién nacido es siempre una caja de sorpresas y algo que atemoriza con su misterio. Adoro al maestro, pero creo que no es para tanto. El año nuevo alborea sobre la algarabía del estertor navideño y las secuelas de lo que llamamos el año pasado. Y 2025 nos arroja un resultado confuso y no poco aturdidor gracias al lodazal de corrupción en el que chapotea el Gobierno con su nefasta praxis política. Luego, sin darnos cuenta, el año coge carrerilla y, una vez superada la horripilante cuesta de enero, corre que se las pela por los meses sucesivos del vivir sin freno, desvelando esa incógnita que es siempre el futuro por venir. El año 2026 ha arrancado con vigor, optimismo y expectativas, aunque según para qué y para quién serán poco halagüeñas.
Con las exequias del año interfecto conviene hacer balance circunspecto del ejercicio a fin de rememorar lo mollar y echar al olvido lo negativo acontecido, en el terreno personal y profesional. Y, llegado el caso, sacar conclusiones válidas que puedan enmendarnos la plana de cara a trocar lo deficitario en superávit y a evitar las trampas para osos que la sociedad actual nos tiende en el camino.
Aunque ya se sabe que el hombre es el único borrico que rebuzna de entusiasmo ante el pedrusco con el que se abrió la crisma veinte veces. Me refiero a los enamorados de este Gobierno de acémilas wokes, palurdos y regresistas que a base de embestidas nos arrastran al borde del abismo.
Digo esto porque, visitando a lo largo del año ferias, congresos y jornadas, en premios, foros y presentaciones, he tenido la oportunidad de tomarle el pulso a nuestra industria a través de sus protagonistas. Y he podido colegir un síntoma que no me resisto a comentar. En estas reuniones, entre sesiones de networking, cócteles de alto copete y zampas cuarteleras de fabricantes y distribuidores, las conversaciones van de la actualidad del mercado al dato técnico pasando por la realidad política. Pues bien, en uno de estos encuentros escuché, hace ya tiempo, un razonamiento que ya había oído antes, pero aún así me dejó peripatético y cariacontecido.
Un pez gordo, distribuidor de varias marcas de peso, declaró en un corrillo la contradicción en la que se debatía. Por un lado, desgranaba con horror los desmanes del Gobierno y del payaso psicópata que tenemos de presidente, cada vez más payaso y más psicópata –esto lo digo yo, no él–; por otro, confesaba un dilema moral ante la inminencia de las urnas con un argumento demoledor por su sencillez: “A mí me va muy bien la empresa con esta gente”. Es decir, problemas de conciencia a la hora del referéndum revelan una patología común en el empresariado: el temor a la parálisis del bienestar, el triunfo de la zona de confort sobre la visión estratégica, el intercambio de la ética de principios por el pragmatismo de caja registradora. El razonamiento del empresario se basaba en un miedo atávico a que cualquier cambio alterara su cuenta de resultados –lo cual es también comprensible–. Ni siquiera se planteara la posibilidad de que, con otro marco político y económico, su negocio no sólo pudiera irle bien, sino irle mejor.
SI QUEREMOS QUE EL PAÍS RETORNE AL SENDERO DEL SENTIDO COMÚN Y FRENE EL EXPOLIO FISCAL DE LAS EMPRESAS Y LES DEVUELVA SU LIBERTAD DE ACCIÓN, HAY QUE PEDIR A LAS CORNETAS DE JERICÓ DE LA JUSTICIA QUE TOQUEN A PERIMETRAR CON BARROTES LA MONCLOA Y TRANSFORMARLA EN PENAL DE ALTA SEGURIDAD
El conformismo empresarial, cuando la cosa marcha viento en popa, lleva a muchos buenos gestores a creer que es difícil mejorar. Esta actitud nos obliga a hacernos dos preguntas incómodas. Una: ¿es el éxito empresarial una cuestión de mérito propio o un beneplácito de la suerte o del entorno? Si el empresario siente que su bonanza depende de un color político concreto, quizás esté admitiendo implícitamente que su negocio no es tan sólido como cree, o que se ha acostumbrado a navegar en la inercia más que en la competitividad real. Dos: ¿dónde queda la coherencia? Criticar la gestión de un Gobierno dañino, pero aplaudir su continuidad por beneficio personal, no deja de ser un ejercicio de funambulismo ético que erosiona toda credibilidad. ¡Ay, la coherencia! Tesoro perdido.
El verdadero buen hacer empresarial debería estar al margen del “viento a favor” del Ejecutivo de turno, y aspirar a la excelencia bajo cualquier circunstancia política, exigiendo marcos que fomenten la libertad y las estructuras económicas y jurídicas robustas, protegidas de la arbitrariedad ideológica de los dirigentes cantamañanas, en lugar de conformarnos con las migajas de un sistema que detestamos por nefasto pero “alimenta” nuestros caudales. A veces, el peor enemigo de un negocio próspero no es un gobierno hostil como este, cuyo objetivo es cargarse a las empresas porque, entre otras “perlas” dictadas por sus ministros, “son las responsables del paro”, sino la falta de valentía de quien lo dirige, que se atrinchera en el viejo adagio del más vale lo malo conocido...
Alborea un año del que cabe esperar algunas sorpresas y mucha trena para el Gobierno cleptómano, corrupto y mafioso que nos masacra con sus vilezas e impuestos. Con el Consejo de Ministros convertido en muladar, se impone una misión purificadora que nos redima de la delirante gestión de este clan delincuente. Si queremos que el país retorne al sendero del sentido común, se frene el expolio fiscal de empresas, autónomos y trabajadores y se les devuelva su libertad de acción, hay que pedir con urgencia a las cornetas de Jericó de la Justicia que toquen a perimetrar con barrotes el Palacio de la Moncloa y transformarlo en penal de alta seguridad. Por el bien de nuestras empresas. De todos.







