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Una mina de sal - Esteban Langa Fuentes.

Esteban Langa

La mina de sal de Cardona fue clausurada en 1990. Era propiedad de Explosivos Río Tinto (ERT), que compró en 1923 los terrenos de las salinas de Cardona al duque de Medinaceli. Se decía que la cuenca salina de Cardona venía siendo explotada a cielo abierto desde el neolítico, pero que en 1925 se comenzó la construcción de pozos y galerías para llevar a cabo su aprovechamiento por interior.

Se contaba que los trabajadores de la mina estaban desesperados por los abusos y malos tratos de su patrón, el señor duque, que ejercía, además del derecho de pernada sobre las féminas del lugar, la sodomización simbólica de los trabajadores de la mina sometiéndoles a una verdadera esclavitud.

Hartos de aguantar que el señor duque se pasara cualquier mínimo derecho de estos por el forro de sus gónadas, expusieron sus quejas en una misiva al Rey, denunciando aquellas tropelías, en la seguridad de que el monarca, velando por sus amados súbditos, les haría cumplida justicia, metiéndole los pavos al corral al señor duque. Según me contó alguien que dijo haber visto la respuesta del monarca a la reclamación de aquellos desgraciados, plasmada en una misiva que se conservaba en un museo sobre la ciudad y la mina, el meollo de aquella se contenía en la frase con que comenzaba:

—No ha de molestarse al señor duque con la aplicación impertinente de las leyes...

Con aquellas palabras les quedaba claro a los villanos por dónde les iba a hacer justicia el monarca: por la retaguardia.

En la época en la que yo trabajaba en Cavosa (filial de ERT) como jefe de zona, era el responsable de la supervisión de diferentes obras que, como es lógico, no se concentraban en una zona concreta sino que se encontraban desperdigadas por toda la piel de toro. Esta actividad me obligaba a pasar gran parte de mi vida viajando, hasta el punto de que en muchas ocasiones, al despertar en cualquier hotel, necesitaba unos instantes para reconocer en qué lugar me encontraba y qué negocio me traía a ese sitio; eso a pesar de haberme acostado sobrio, porque cuando me acostaba ebrio necesitaba muchísimos más instantes para saber primero quién era yo.

Uno de aquellos trabajos en los que actuábamos como subcontratistas y cuya supervisión se me asignó fue el que realizamos para ERT en su mina de Cardona, por lo que mis viajes a aquel lugar fueron muy frecuentes. El jefe de obra era un tal Abdón Factor, un facultativo de minas que, con residencia en Cardona, ocupaba ese puesto desde el comienzo de los trabajos de Cavosa. Los jefes de zona anteriores a mí se venían hospedando en el parador nacional sito en el mismo pueblo y, en mi primera visita a Cardona, yo seguí la costumbre porque no existía otro hotel donde recalar en la ciudad. Dormí una sola noche y cené una única vez. No solo los muebles sino también su personal hacían juego con el aspecto tétrico del parador. Las mujeres de servicio, de edades cercanas a la de la jubilación, vestían totalmente de negro, luciendo tan solo una cofia y un pequeño delantal blanco. Eran feas como cimbeles de cazar diablos, de mirada torva, incapaces de tener un gesto afable ni lucir una sonrisa. Parecían zombis.

EN EL VETUSTO COMEDOR, CON UNA LUZ MORTECINA Y CON UNA DE AQUELLAS MOMIAS A MI LADO MONTANDO GUARDIA, TUVE UNA CENA INOLVIDABLE, TEMIENDO QUE ALGÚN ALLEGADO DE DRÁCULA ME ECHASE EL DIENTE.

El parador debía estar vacío porque yo era el único comensal en el restaurante en aquella inquietante cena. En el vetusto comedor, iluminado con una luz mortecina y con una de aquellas momias a mi lado montando guardia, atenta a cualquier movimiento mío, y otro par de ellas igual de vistosas situadas junto al aparador del menaje, tuve una cena inolvidable, temiendo que algún allegado de Drácula me echase el diente a la yugular en algún descuido. Aquel parador constituía un escenario ideal para el rodaje de películas de vampiros, con attrezzo y extras incluidos.

Al día siguiente localicé un hotel normal en Solsona (creo recordar que se llamaba Gran Sol), a unos 15 kilómetros de Cardona, y me apunté a comer con Abdón Factor y algunos encargados que frecuentaban el restaurante de una gasolinera cercana donde servían comidas caseras típicas y unas rebanadas de pan payés tostadas, frotadas con ajo y tomate, que hacían nuestras delicias y las del montón de camioneros que recalaban en el comedero a la hora de la pitanza.

Tras tres años en Caracas había regresado a España y me había separado. Como en muchas separaciones, mi situación económica como esposo pagano se encontraba lindando la mendicidad. Tenía que comprarme un coche porque me encontraba en Madrid sin vehículo. Acostumbrado a los “grandes carros” me merqué un Dodge Dart 3700 de “segunda mano” que me vendió un “compra-venta”, vecino de un amigo y compañero, un tipo capaz de timar a Blancanieves, a los siete enanitos y a la bruja de una sola tacada.

El coche, que según el avispado vendedor estaba como nuevo, “de dulce”, que decía el cornudo, debía ser de quinta mano porque descubrí que en su vida anterior había sido un “gran turismo”, y hasta que el motor no era el original sino que se trataba de un Barreiros C60 que provenía de una furgoneta de desguace.

El popular libro sobre automóviles “Arias Paz” contaba con un capítulo en el que se relataban todos los detalles que se debían revisar en un coche usado para detectar las trampas que podía ocultar para que el confiado comprador no pudiera conocer su estado ruinoso.

El coche había sido sometido a todas las manipulaciones señaladas en aquella larga lista que demostraba la estafa. Aquel bólido no superaba los 110 km/h, pero tampoco bajaba de 100. Daba lo mismo subir, bajar o llanear. Balanceándose por la suspensión con ballestas y manteniendo la velocidad constante, mis hijos lo bautizaron como “El barco”.

En uno de los regresos en el Barco desde la mina al hotel de Solsona di alcance a una furgoneta en un tramo de carretera con continuos cambios de rasante. No podía adelantarla. Cuando se quedaba colgada en las subidas no llegaba a sobrepasarla porque me metía en la rasante, y cuando la coronaba se lanzaba cuesta abajo a tumba abierta. En una de aquellas bajadas me lancé a adelantarlo, pero el conductor aceleró y comenzamos el descenso en paralelo. En el ascenso hacia el cambio de rasante le fui ganado terreno, pero no llegué a superarlo y aparecimos casi en paralelo en la coronación, donde me encontré de frente con un Seat 127 con placas del Parque Móvil, el conocido PMM, con un conductor de la Guardia Civil al volante y un tipo uniformado en el asiento trasero que, evidentemente, con coche y con chófer tenía que ser algún jefe de la Benemérita.

A la cara de espanto del conductor se sumó la del sobresaltado jefe, que se vio venir la bofetada de cara y se lanzó a abrazarse al respaldo del asiento delantero para amortiguar el choque frontal. Tenía mili el tipo. Pero el conductor pegó un volantazo y se salió de la carretera para evitar el choque, dando botes campo a través hasta detener el coche. En el retrovisor observé que no había ocurrido nada grave y consideré que lo más recomendable era desaparecer de la escena. Estaba seguro de que no habían pillado la matrícula, aunque el Barco era fácilmente reconocible. “Seguro que estos disponen de radio –pensé– y dan orden de busca y captura de un Dodge 3700 rojo conducido por un peligroso delincuente. Si me agarran no me retiran el carnet, no; me lo rompen y me fusilan en la cuneta y sin esperar al amanecer”. Abandoné la carretera metiéndome por un camino agrícola y, escondido en una chopera, aguardé a la noche para regresar al hotel.

El trabajo de Cavosa en la mina consistía en la recuperación de galerías porque, debido a la plasticidad de la sal, estas reducían paulatinamente su sección hasta llegar a desaparecer y era necesario abrirlas de nuevo. Algunas habían llegado a cerrarse por completo y se volvían a abrir mediante perforación y voladura, de igual manera que se abrieron en su momento.

En mi primera visita, Abdón Factor me mostró una “galería” que estaban recuperando. Yo alcanzaba a ver tan solo una pared de sal. Allí no se apreciaba galería alguna. Abdón se acercó a aquel frente y comenzó a escarbar en un punto con los dedos, hasta descubrir un agujero en el que apenas podía introducir su brazo. Aquel agujero había sido en su momento una galería de cuatro metros de ancho por dos y medio de altura, que se había cerrado.

La mina llegó a alcanzar una profundidad de 1300 metros. El acceso se realizaba a través de un pozo que (creo recordar) alcanzaba una profundidad de unos 1100 metros y desde su fondo hasta el último nivel, se accedía mediante una rampa.

EL CONDUCTOR PEGÓ UN VOLANTAZO Y SE SALIÓ DE LA CARRETERA PARA EVITAR EL CHOQUE. EN EL RETROVISOR OBSERVÉ QUE NO HABÍA OCURRIDO NADA GRAVE Y CONSIDERÉ QUE LO RECOMENDABLE ERA DESAPARECER.

El recorrido hasta nuestros tajos constaba de la bajada en la jaula por el pozo, continuado luego a bordo de unos Land Rover largos descubiertos, descendiendo por la rampa que daba acceso a los diferentes niveles, hasta el más profundo.

La temperatura en el fondo de la mina era del orden de 50º C, tanto en invierno como en verano. Nada que ver con la temperatura que se puede sentir en la actualidad en los niveles que se destinan a recorridos turísticos. Los hombres podemos vestir en mangas de camisa, mangas de camiseta, con manga larga, corta o sin mangas... y hasta en mangas de calzoncillos... pero a esa temperatura y en aquel ambiente, lo justo habría sido trabajar en “mangas de pelotas”, aunque por pudor y buenas costumbres todos los trabajadores vestían con pantalón corto, o en bañador, con sus partes pudendas cubiertas, aunque todos con el torso desnudo.

Resultaba extraño comenzar el descenso en la jaula cualquier frío día invernal, con una temperatura de tres o cuatro grados bajo cero en superficie, forrados con ropa de abrigo, acabando en el tajo a 50º C, haciendo estriptís a medida que la jaula descendía y recuperando la vestimenta a la subida.

Como gracieta tradicional, cuando los sudorosos visitantes decían tener la garganta seca por el polvillo de la sal, se les ofrecía como humectante y refrescante paliativo el agua de unos botijos que se mantenían en una cámara frigorífica a una temperatura de dos o tres grados. El ansiado trago, que caía directamente desde el pitorro del pipo al gañote del foráneo, era como una puñalada que le iba a provocar, tras la dolorosa “punzada del guajiro”, una segura dolencia, como faringitis, amigdalitis, afonía... neumonía...

Cuenta la historia que Felipe el Hermoso entregó su alma al Creador por meterse en el cuerpo un vaso de agua fría mientras sudaba tras un partido de pelota.

En Cardona no se conocieron muertos por el agua helada, aunque tal vez fuera porque en la mina no se jugaba a la pelota. Los vahídos que se podían sufrir por ese exceso de temperatura ambiente se paliaban mediante lingotazos de “Agua del Carmen”, elixir recomendado como efectivo paliativo de los sofocos menstruales, patatuses, síncopes, desmayos, lipotimias, pedosleche variados y fluses en general. El Agua del Carmen era en realidad un aguardiente rebajado, aromatizado con hierbas de diferentes tipos, lo que daba lugar a que en algunas ocasiones se fingieran desmayos en el tajo, que justificaban trasegar algún pelotazo en horario laboral.

Considerando la profundidad del pozo y la velocidad de la jaula, limitada por ley a transportar personal a un máximo de 4 m/seg. (14,4 km/h), se comprende que en los descensos a la mina se podía mantener una tranquila conversación entre los pasajeros sobre diferentes temas, pues el tiempo de descenso era de 4’ 58”, o sea, casi cinco minutos. Daba tiempo para mantener una charla preguntando por la familia, escuchar la respuesta detallada del estado de cada miembro, aunque se tratara de familia numerosa, y hasta cambiar de conversación. Cuando en las jaulas se transportan materiales, se admitía una velocidad de diez metros por segundo (36 km/h), que en cualquier paisano produciría la sensación de ir en caída libre durante 1’ 50”.

En uno de aquellos descensos coincidí con un facultativo que me contó una experiencia un tanto chusca. Parece ser que se encontraban allí unos cuantos alemanes de una empresa proveedora de maquinaria poniendo en marcha o reparando algún equipo. Contaba que uno de ellos, una auténtica mole cuyos modales dejaban bastante que desear, necesitaba bajar al fondo del pozo urgentemente y comenzó a increpar al jaulista de muy malas maneras, exigiéndole con berridos ininteligibles y gestos comprensibles que lo bajara a toda velocidad.

RESULTABA EXTRAÑO COMENZAR EL DESCENSO EN LA JAULA CUALQUIER FRÍO DÍA INVERNAL, FORRADOS CON ROPA DE ABRIGO, PARA ACABAR HACIENDO ESTRIPTÍS EN EL TAJO A 50º C.

El solícito operario le dio el gusto al fulano y se lo dio él también, largando al germano para abajo como si transportara botijos; a 10 m/seg. La sensación del grosero teutón debió ser como la de si lo hubieran echado directamente al pozo, descendiendo en caída libre, como una piedra.

Contaba este facultativo, que se encontraba en el embarque del último nivel, que el fulano llegó a él sin sentido, sentado en el suelo de la jaula con la espalda apoyada en uno de sus laterales, totalmente despatarrado, cagado, meado y luciendo dos mocos, un par de largas velas que le llegaban desde los agujeros de la nariz hasta el piso de la jaula, recorriendo todo su cuerpo, extendidos sobre su camisa y pantalón, pasando por encima de su entrepierna. El tipo se había vaciado, aunque del cerumen de los oídos no comentó nada.

Subieron al germano a la superficie, hartándolo a “Agua del Carmen” para hacerle recuperar la consciencia y allí se formó el corro, con el médico de la empresa intentando volver a la vida al desmayado, rodeado por varios operarios, entre los que se encontraba el jaulista que lo había largado para el fondo del pozo como si se tratara de un leño, en lugar de un ser humano; grosero, pero humano. El alemán abría los ojos, farfullaba alguna palabra en su idioma nativo y volvía a cerrarlos perdiendo el conocimiento. Saltaba desde la catatonia a la consciencia y al revés, alternativamente.

Entre tanto, el jaulista trataba de justificarse. Él se había limitado a obedecer las órdenes del alemán. Quería bajar a toda velocidad, y a toda velocidad lo bajó, como si se tratara de un ladrillo. El alemán no llegaba a alcanzar definitivamente la consciencia para enterarse de lo que le había ocurrido, pero el facultativo que me contaba aquella historia estaba seguro de que el tipo podría estrangular al de la jaula con una sola mano en cuanto se coscara de la historia.

—Anda vete para casa, Jordi –animaba el facultativo al jaulista–, que en cuanto este morlaco recupere el conocimiento te mata.

—Però hòstia, tu, si jo només he fet el que el paisà m'ha dit –se justificaba la criaturita, argumentando que había hecho lo que el paisano le había pedido–. ¿Què diu aquest home? –preguntaba qué decía el tipo.

—Mira Jordi, no sé alemán –dijo uno del corro–, pero estoy seguro que dice que en cuanto te pille te mata a hostias.

A la tercera vez que le sugirieron hacerse humo para conservar su integridad y, observando que aquel tipo se iba recuperando, Jordi se esfumó, tomándose además unos días de vacaciones adelantadas... Hasta que los alemanes retornaron a la patria del Führer.

Una huida a tiempo; como yo con el Barco.

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas

© OP MACHINERY.


Revista Técnica de Maquinaria de Obras públicas, Construcción y Minería, es una publicación de Prima Ediciones S.C. C/Orense, 8 – 1º Oficinas. 28020 Madrid (España)


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