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Actualidad

01 Febrero 2026

El Williams FW-47 de Carlos Sainz, en la feria madrileña de turismo FITUR

El patrocinador Komatsu en el carenado, los alerones y la nariz del Williams FW-47 de Carlos Sainz, en Fitur.Komatsu en el corazón de Fitur.

En el corazón de la feria de turismo más grande del mundo, Fitur, celebrada en enero en Madrid, donde el mapamundi se desplegaba en un laberinto de stands con las fronteras difusas y no se exigía el pasaporte, se levantaba una criatura de naturaleza distinta, un monumento a la tecnología que no conoce fronteras sino cronómetros, una máquina con su esbelta silueta recortada contra los colores vibrantes de los destinos exóticos: el bólido FW-47 de Carlos Sainz, de la escudería Williams.

Descansaba el monoplaza sobre su peana bañado por el fulgor de los focos y la fama, como una joya de la ingeniería engarzada en la exuberancia de los horizontes lejanos. En su carrocería, tatuada con el dorsal 55 –blanco sobre azul marino–, brillaba el nombre de Komatsu, el gigante japonés de la maquinaria, que unió la temporada pasada su telúrica potencia a la leyenda británica en una alianza cuasi poética: la precisión milimétrica de la Fórmula 1 abrazándose a la voluntad hidráulica de mover la tierra con un brazo.

EN SU CARROCERÍA BRILLABA EL NOMBRE DE KOMATSU, EL GIGANTE JAPONÉS DE LA MAQUINARIA, QUE UNIÓ LA TEMPORADA PASADA SU TELÚRICA POTENCIA A LA LEYENDA BRITÁNICA.

Ver el logotipo de Komatsu plantado en los lomos, los alerones y la nariz del Williams –para los que somos del sector– producía emoción y orgullo. La comunión perfecta entre fuerza bruta y elegancia técnica, dispuestos a resistir cualquier desafío para conquistar el mundo.

Un «pequeño pino» en el monoplaza
Komatsu es una marca mítica fundada en 1921 en la ciudad del mismo nombre, situada en la prefectura japonesa de Ishikawa, por Meitaro Takeuchi. El sustantivo es sinónimo de vanguardia y potencia industrial, pero evoca algo tan orgánico y pausado como un árbol –la etimología es tan sencilla como evocadora: Ko, “pequeño”, Matsu, “pino”—, tan alejado de la ambición tecnológica del Williams de Carlos Sainz, aunque comparta con éste los valores de fuerza, longevidad, constancia y resistencia. Para Komatsu es la metáfora perfecta: una empresa de maquinaria pesada que con 105 años presume de la durabilidad de sus máquinas.

El coche de Sainz es otra máquina, una escultura de fibra de carbono y sueños mecánicos símbolo de la flema británica e icono del que se ha adueñado la ambición madrileña por recuperar un gran premio después de cuarenta y cinco años. El FW-47 no era un destino más entre stands sino el vehículo para alcanzarlos todos. Su certera aerodinámica, diseñada para cortar el viento, para agarrarse a la lámina bituminosa, atrapaba de manera hipnótica las miradas de los viandantes que, soñando con paraísos de arena y junglas impenetrables, se detenían para la foto ante esta obra maestra que desafía las leyes de la física y es la máxima expresión del ingenio humano.

El guerrero azul de Komatsu, estático y rodeado de países remotos, parecía devorar kilómetros en un gran premio virtual que atravesara el mundo recordándonos que la velocidad es su patria y que su fascinante viaje se mide en milésimas de segundo sobre el asfalto caliente.

P.F.

 


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