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Alfred Nobel.

Alfred NobelInventor de la dinamita y fundador de los premios que llevan su nombre.

Primitivo Fajardo

Todos los inventos que el hombre ha procurado a la ciencia han surgido, generalmente, de la buena voluntad de mejorar la vida de sus semejantes. O casi todos, porque algunos nacidos de tan loable intención fraguaron en maldad y destrucción. Este es el caso de la invención de la dinamita, el primer explosivo estable de alto rendimiento, creado en 1866 por Alfred Nobel, químico, ingeniero, escritor, inventor y fabricante de armas, famoso por instituir los premios que llevan su nombre y por estabilizar la nitroglicerina –inventada 20 años antes por el químico italiano Ascanio Sobrero– mezclándola con una sustancia absorbente, la diatomita, que permitió la manipulación de este material energético de forma segura, reduciendo el riesgo de accidentes en su aplicación práctica. Hoy su apellido es sinónimo de prestigio y concordia, pero en vida de este brillante inventor, nacido en el seno de una familia de ingenieros relacionada con la industria militar sueca, estuvo asociado al poder destructivo de su creación. Y es que, en un principio, la dinamita se consideró un hallazgo humanitario destinado a la minería, la ingeniería y la construcción, pues el uso de la energía de los explosivos se convertiría rápidamente en una de las técnicas mas eficientes en los trabajos de excavación de rocas, lo que supuso el inicio de una era de grandes proyectos mineros y de infraestructuras. Sin embargo, más tarde, la evidencia de los estragos bélicos que causaron este y otros de sus inventos armamentísticos (la gelignita o la balistita o pólvora sin humo), unido a que durante un tiempo fue propietario de la más famosa empresa de armas sueca, Bofors, a la que orientó hacia la fabricación a gran escala de cañones, mancharon su imagen de mala reputación y, siendo pacifista convencido, eso le llevaría con el tiempo a arrepentirse de haberse dedicado al desarrollo de herramientas tan mortíferas. De ideas progresistas y cosmopolitas, Nobel fue un viajero incansable que vivió en Rusia, Alemania, Francia e Italia, registró 355 patentes, amasó una cuantiosa fortuna con sus inventos y negocios, creó numerosas compañías para explotar sus ingenios e invirtió en pozos de petróleo en el Cáucaso. Esta es su historia.

Qué equivocado estaba Alfred Bernhard Nobel (Estocolmo (Suecia), 21 de octubre de 1833-San Remo (Italia), 10 de diciembre de 1896) cuando sentenció esta frase con un voluntarismo rayano en la inocencia: “El día en que dos ejércitos se enfrenten y se aniquilen el uno al otro, estoy seguro de que todas las naciones civilizadas del mundo retrocederán con horror y desarmarán a sus tropas”. Se lo dijo en una carta a la pacifista Bertha Kinsky von Suttner, que era su secretaria y con la que tuvo un romance que no fructificó, asegurando que las armas tenían un efecto disuasorio mayor que las manifestaciones y las campañas por la paz. No le faltaba razón en eso, pero parecía desconocer la maldad y la vesania humanas, y especialmente la de los líderes políticos capaces de cometer los más terribles actos con tal de colmar sus ansias de poder y conquista y de exhibirlo aplastando a súbditos y pueblos. Por desgracia, la historia es rica en ejemplos y tenemos uno muy cerca y reciente en la actual guerra de Ucrania. La historia del ser humano y de la ciencia, con sus grandes virtudes y descubrimientos, incongruencias, contradicciones y miserias, es así.

Familia de ingenieros

Alfred Nobel nació en Estocolmo en 1833, tercero de los ocho hijos del matrimonio formado por Karolina Andriette Ahlsell (1805- 1889) e Immanuel Nobel (1801- 1872), quienes contrajeron matrimonio en 1827. Immanuel era un inventor, ingeniero y empresario sueco que llegaría a hacer fortuna en Rusia construyendo fábricas, maquinaria y armamento para el gobierno, pero antes tuvo una situación económica tan nefasta que solo Alfred y tres de sus hermanos –Ludvig, Robert y Emil– sobrevivieron más allá de la infancia.

EXPLOSIVOS INVENTADOS POR ALFRED NOBEL FUERON LA DINAMITA, LA GELIGNITA Y LA BALISTITA.

Alfred era un chico enfermizo, tímido, curioso, muy inteligente y aficionado a la lectura –llegó a hablar cinco idiomas: sueco, ruso, francés, inglés y alemán–. Cuando tenía cuatro años, su padre se fue solo a Finlandia buscando oportunidades comerciales. Su creatividad, emprendimiento y duro trabajo dio sus frutos y se trasladó a Rusia, a San Petersburgo, donde instaló en 1837 una fábrica de máquinas, herramientas y explosivos –que quebró en 1859–. En 1842, cuando Alfred contaba nueve años, la familia se trasladó junto al padre y en San Petersburgo los hermanos recibieron una esmerada educación en ciencias naturales y humanidades, hasta el punto de que Alfred quiso ser escritor y poeta –le gustaban mucho Shakespeare, Lord Byron y Percy Shelley–, pero su padre se empeñó en que debía entrar en el negocio familiar y le ofreció la oportunidad de viajar por Europa y Estados Unidos si abandonaba sus aspiraciones literarias y se concentraba en trabajar en los prósperos negocios industriales y de armas de la familia.

Alfred aceptó y se formó como ingeniero con algunos de los científicos más importantes de la época en Rusia, como el químico Nikolai Zinin y el naturalista Yuli Trapp. Con solo 18 años viajó a Estados Unidos para seguir estudiando y trabajar por un corto período con el inventor sueco-estadounidense John Ericsson, quien diseñó el primer buque acorazado, el USS Monitor, durante la guerra civil americana. Regresó junto a su padre un año después para ayudar en la fábrica familiar, que ya tenía unos 1000 empleados, y, tras los pasos de este, que había inventado minas y torpedos, Alfred realizó experimentos con la nitroglicerina, un material altamente inestable y explosivo que había dado a conocer en 1846 el químico italiano Ascanio Sobrero, quien descubrió la sustancia mientras trabajaba en la Universidad de Turín mezclando ácido nítrico concentrado, ácido sulfúrico y glicerina. El tubo de ensayo donde lo hizo reventó con la explosión y los cortes en la cara le quedarían de recuerdo como cicatrices.

No es de extrañar que el propio químico mantuviera en secreto su hallazgo durante más de un año y que después desaconsejara utilizarlo porque era tan inestable que parecía imposible de manejar. Bastaba con agitar levemente la mezcla o un cambio de temperatura para que todo alrededor saltara por los aires.

El descubrimiento de la dinamita

En 1850, Alfred Nobel viajó a París y allí conoció a Ascanio Sobrero. A pesar de las reticencias del italiano, su invento se estaba difundiendo con una rapidez pasmosa. Por primera vez se había encontrado un explosivo más potente que la clásica pólvora negra, lo que prometía mucho para los sectores de la construcción, la minería y la industria militar.

Sin embargo, el problema seguía siendo la seguridad. Alfred Nobel comenzó a pensar en ello. Por aquellos años la fábrica rusa iba estupendamente con la Guerra de Crimea, pero cuando finalizó el conflicto entró en crisis y, primero el padre y luego, en 1863, el resto de la familia, se volvió a Suecia, donde prosiguieron con su línea de negocios.

Alfred continuó las investigaciones que había iniciado en el campo de los explosivos y ese mismo año se le ocurrió mezclar nitroglicerina con pólvora y vio que podía controlar mediante un detonador las explosiones de la nitroglicerina inventada por Sobrero. Luego le añadió sustancias porosas como el carbón y produjo un explosivo muy potente y estable que podía detonarse de forma fiable.

En 1865 perfeccionó el sistema con un detonador de mercurio y el 19 de septiembre de 1866, con 33 años, patentó un nuevo explosivo denominado “Dinamita” o “Pólvora de Seguridad Nobel”, como la bautizó su inventor, un explosivo plástico resultante de la absorción de la nitroglicerina líquida por un material sólido poroso, la tierra de diatomeas (una roca llamada diatomita formada por fósiles de algas microscópicas, las diatomeas), con lo que consiguió un polvo que podía ser percutido e incluso quemado al aire libre sin que explotara y se reducían los riesgos de accidente. La mezcla resultante solo explotaba cuando se utilizaban detonadores eléctricos o químicos y la pasta formada podía ser envasada en tubos de cartón para ser transportados con facilidad y sin peligro.

Había nacido la dinamita, que revolucionó las minas y las obras públicas en todo el mundo y le dio fama y sobre todo una riqueza inmensa a su inventor. Hay que reseñar que esta investigación la había acelerado Nobel cuando sufrió en sus propias carnes, dos años antes, el 3 de septiembre de 1864, el dolor de los efectos letales de manipular la peligrosa sustancia. En la fábrica de la familia, una explosión accidental de la nitroglicerina mató a cinco personas, una de ellas su hermano pequeño Emil. Este terrible suceso, aparte de despertar fuertes críticas contra Nobel, le causó un gran impacto. Sin embargo, el joven inventor, lejos de amilanarse, puso la prioridad de sus acciones en mejorar la estabilidad del explosivo. Por ello, a raíz de esta tragedia, Alfred se concentraría en la tarea de poner a punto un método para manipular con seguridad la nitroglicerina. Hasta que encontró la solución

Creación de empresas

A partir de aquí, con su patente como aportación al capital social, junto con socios locales, creó en los años siguientes y en distintos países diversas empresas productoras y comercializadoras de su revolucionaria invención. La última fue en 1895, un año antes de morir, fundando Elektrokeviskas Aktiebolaget, conocida como Eka, en Bengtsfors (Suecia).

Nobel prosiguió investigando y patentando en el terreno de los explosivos y en 1875 fabricó la gelignita, una innovación derivada de lograr una mezcla más estable de la nitroglicerina en la nitrocelulosa, explosivo moldeable de fácil uso y manipulación, conocido como dinamita gelatinosa o goma. Fundó compañías en Estocolmo y Hamburgo, y luego dio el salto a Nueva York y San Francisco.

Con sus inventos puso los cimientos de una enorme fortuna que acrecentó invirtiendo en pozos de petróleo en el Cáucaso y sus productos fueron clave en las guerras decimonónicas para la industria militar, como la balistita o pólvora sin humo, que en 1887 le valió el epíteto de “mercader de la muerte”, a pesar de sus actividades humanitarias y del progreso que trajo a la humanidad. La fabricación de explosivos fue de enorme importancia para la construcción, la minería y la ingeniería de la época, pues la dinamita hizo que muchas tareas lentas y tediosas progresaran a una velocidad sin precedentes en la historia. La demanda creció de forma exponencial, abriendo el mundo a la era de los grandes proyectos de infraestructuras: líneas ferroviarias, puertos, puentes, carreteras, túneles, explotaciones mineras han sido posibles gracias a las operaciones con voladuras.

Rico y soltero

Alfred Nobel fue un personaje muy contradictorio y solitario, tuvo tres romances que no fructificaron con la citada Bertha von Suttner, con Sofija Hess y la joven rusa Alexandra. Nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos. Por ese motivo decidió que, aparte de una mínima porción para la familia, la mayor parte de su fortuna, cifrada en 33 millones de coronas –unos 3 millones de euros actuales– se usara para crear la Fundación Nobel y unos galardones que premiaran anualmente descubrimientos en beneficio de la humanidad y a grandes pensadores y científicos en el campo de la Física, la Química, la Medicina, la Literatura y la Paz. Seguro de que su muerte se acercaba, así lo estableció en su testamento, firmado el 27 de noviembre de 1895 en París, donde instituyó con su fortuna un fondo para premiar a los mejores exponentes en dichas materias.

Esta es la versión oficial, pero su biografía no recoge la alternativa –nunca confirmada– de que Nobel creó los premios para compensar su mala conciencia por el daño causado indirectamente con sus inventos, pues la gran demanda de la dinamita durante las guerras europeas que se sucedieron en los siguientes años, durante el siglo XIX, le convirtieron en un hombre muy rico. Bien es verdad que él, aunque se consideraba a sí mismo un pacifista, nunca renegó del negocio de la guerra. La dinamita no fue el único invento, pues creó otros propios a lo largo de su vida, hasta registrar 355 patentes.

Al morirse joven, con 63 años, de una hemorragia cerebral cuando estaba en su casa de San Remo, tampoco llegó a ver los estragos que su invento causaría en la Gran Guerra europea y lo que habría de llegar a lo largo del siglo XX.

Sea como fuere, por ese gran gesto de sus galardones ha quedado históricamente “redimido”. Alfred Nobel murió sin ver su proyecto hecho realidad, pues la fundación arrancó en 1900 y los Premios Nobel comenzaron a otorgarse en 1901.

A su muerte, Nobel había establecido más de 90 fábricas de armamento y explosivos en 20 países de América, Europa, Asia y Oceanía. También desarrolló sus capacidades literarias y escribió poesía en inglés. Su obra His Nemesis, una tragedia en prosa sobre el episodio de Beatrice Cenci, inspirada en parte por la obra de Shelley The Cenci, fue impresa mientras agonizaba. La tirada completa de la obra, salvo tres ejemplares, fue destruida al ser considerada escandalosa y blasfema. Actualmente, además de una edición en sueco, existe otra en francés.

Nobel era luterano, luego agnóstico en la juventud y fue ateo el resto de su vida. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Uppsala (Suecia), en 1893, fue elegido en 1884 miembro de la Real Academia Sueca de Ciencias, la misma institución que luego seleccionaría a los ganadores de dos de los premios Nobel.

Aparte de estos, en su honor se denominó Nobel al asteroide (6032) y lleva su nombre un cráter localizado en la cara oculta de la Luna, así como el elemento químico número 102: el Nobelio.


Nobel en España

A Alfred Nobel y su compañía recalaron en España el 12 de marzo de 1872, con la Primera República a la vuelta de la esquina. Se creó en París la Société Anonyme Espagnole de la Poudre Dynamite Brevets A. Nobel y, cuatro meses después, el 29 de julio, se constituyó en Bilbao su homónima Sociedad Anónima Española de la Pólvora Dinamítica- Privilegio de A. Nobel (SED), con un capital social de 250000 francos, equivalente a 237500 pesetas, suscrito por Nobel y accionistas francobelgas bajo el control de los banqueros Pereire. El objeto: crear una fábrica de dinamitas en España. Se construyó esta, conocida como La Dinamita, en un antiguo molino en la ladera meridional del monte Santa Marina, en Galdácano (Vizcaya). La compañía comenzó a producir dinamita de manera industrial el 12 de octubre de 1872, vendiendo 100 kilogramos de cartuchos de dinamita al día.

A causa de la guerra carlista se paralizó la fábrica y se construyó una nueva en Trafaria (Portugal) y, cuando acabó la contienda, otra en Zuazo, Galdácano, en el monte Pagatza, junto a la línea del Ferrocarril Central de Vizcaya, de Bilbao a Durango, para que la dinamita pudiera ser transportada hasta la estación bilbaína de Achuri y desde allí en gabarras hasta el muelle de Zorroza. Se reformaron los estatutos y se cambió lav denominación social a S.A. Española de la Dinamita (Privilegios A. Nobel). En 1878 comenzó la fabricación de dinamita-goma y en 1890 la balistita, también llamada pólvora sin humo. Desde las cinco toneladas de dinamitas facturadas en 1872 se pasó a las 1036 toneladas en 1883. Antes de finalizar el siglo XIX, a las instalaciones de Zuazo se le agregaron otras en Guturribay, Galdácano, y otra fábrica en Elorrieta (Vizcaya).

EL 16 DE MARZO DE 1896, LAS NUEVE EMPRESAS PRODUCTORAS DE EXPLOSIVOS, CON LA COMPAÑÍA NOBEL A LA CABEZA, SE UNIERON PARA CREAR UNIÓN ESPAÑOLA DE EXPLOSIVOS (UEE).

La unificación en UEE

A medida que avanzaba el desarrollo industrial y minero del país surgieron otros fabricantes de productos explosivos con sus propias patentes en España: en 1879, la Sociedad General de Explosivos (Cabanes, Gerona); en 1880, Santa Bárbara (La Cervera-Lugones, Asturias); en 1882, La Manjoya (El Caleyo, Asturias); en 1888, Vasco-Asturiana (Arrigorriaga, Vizcaya); en 1890, Mechas de la Manjoya (El Caleyo, Asturias); en 1892, Vasco-Andaluza-Asturiana (Bonanza, Cádiz); en 1895, Explosivos de Burceña (Baracaldo, Vizcaya); y en 1895, Nueva Manresana (Granollers- Arenys de Mar, Barcelona).

El 16 de marzo de 1896, año de la muerte del inventor de la dinamita, una vez que expiraron las patentes que impedían a otros la fabricación de dinamita, las nueve empresas productoras de explosivos, con la compañía Nobel a la cabeza, se unieron para crear Unión Española de Explosivos (UEE), que comenzó su andadura con el monopolio legal para la investigación, producción y distribución de explosivos civiles en España por un período de veinte años, hasta 1917, una actividad que daría su primer gran fruto en 1899 con el comienzo de la fabricación de cartuchería deportiva y de caza. En 1903 la UEE creó la Sociedad General de Industria y Comercio (Geinco), una filial centrada en los fertilizantes (potasas, fosfatos, abonos, nitrocelulosas).

En el año 1911, la empresa inició la actividad de defensa suministrando a la Marina de Guerra española pólvoras militares, especialidad que se mantuvo en vigor durante todo el siglo XX y supuso para UEE décadas de crecimiento y expansión en sectores estratégicos como la cartuchería, fertilizantes, industria química, armamentística, etc.

Durante la Guerra Civil las instalaciones quedaron incautadas por ambos contendientes para la producción bélica. Cuando acabó, la UEE trasladó su sede de Bilbao a Madrid y en los primeros años del franquismo se consolidó y liquidó la SED en 1948, reorganizándose en seis direcciones de negocio: abonos, productos químicos, explosivos industriales, explosivos militares, minas y estudios, manteniéndose la de Galdácano como la principal fábrica de explosivos de España, aunque en los siguientes años la producción se centró en fertilizantes y superfosfatos.

Camino del siglo XXI

En 1970, UEE se fusionó con la Compañía Española de Minas de Río Tinto, dando lugar a Unión Explosivos Río Tinto (ERT), el mayor grupo empresarial de España. Durante dos décadas ERT acometió una expansión hegemónica en los sectores armamentístico y químico. No obstante, la fuerte crisis que vivió la industria española durante los 80 afectó negativamente al grupo y comprometió su futuro. En 1989 se creó el hólding Ercros a partir de la fusión de ERT y Cros, que dio suspensión de pagos en 1992, vendiéndose en el 93 a Pallas Invest, un fondo de inversión europeo, con lo que la antigua UEE recuperó en 1994 su andadura independiente como filial del nuevo grupo.

Tras un largo proceso de reorganización y expansión internacional, en 2006 las firmas de capital riesgo Vista Capital y Portobello (antes Ibersuizas) se hicieron con el 49% del grupo y se cambiaron la imagen y la estructura, pasando a ser renombrada como Maxam. En 2011, las sociedades de inversión españolas vendieron su participación a uno de los mayores grupos de capital riesgo del mundo, Advent International.

En la actualidad, Maxam está compuesta por 140 sociedades, tiene presencia en 50 países y cuenta con una plantilla de 6500 trabajadores.


El almanaque UEE, más de un siglo de arte

Con el siglo XX comenzó en España una iniciativa pionera de mecenazgo empresarial que marcaría para siempre la idiosincrasia y la esencia social de la Unión Española de Explosivos: su famoso calendario con alegorías a los explosivos, cuya ilustración sería encargada cada ejercicio a un pintor de prestigio. El primer año en ver la luz el almanaque fue 1900 y a partir de aquí la compañía ha reunido una colección de arte única y exclusiva que impresiona tanto por la calidad de las obras como por el reconocimiento de sus autores.


¿Quién era Santa Bárbara y por qué nos acordamos de ella cuando truena?

EL 4 de diciembre se celebra el día de Santa Bárbara, patrona de la Artillería y de numerosos colectivos. Cuando oímos su nombre inmediatamente nos viene a la cabeza el popular refrán que afirma que solo nos acordamos de ella cuando truena, metáfora de que solo nos acordamos de alguien cuando lo necesitamos para algo. ¿Por qué decimos eso? ¿De dónde viene el dicho?

Santa Bárbara nació en Nicomedia, cerca del mar de Mármara, a principios del siglo III. Su padre era un tirano llamado Dióscoro que, al enterarse de que se había convertido al cristianismo, la encerró en un castillo. Poco después le obligó a casarse, pero ella se opuso diciendo que elegía a Cristo como su esposo. Dióscoro quiso matarla, pero ella huyó y él la persiguió y luego la torturó.

Su martirio, el mismo de San Vicente: fue atada a un potro, flagelada, desgarrada con rastrillos de hierro, colocada en un lecho de trozos de cerámica cortantes y quemada con hierros candentes. Finalmente, el mismo rey Dióscoro la envió al tribunal, donde el juez dictó la pena capital por decapitación. Y fue el propio padre quien le separó la cabeza del cuerpo en la cima de una montaña. Sin embargo, la leyenda cuenta que cuando lo hizo un rayo le alcanzó a él y lo mató.

Santa Bárbara, patrona de artillería

Probablemente por este hecho, por los rayos y truenos que hubo en el momento de su muerte, Santa Bárbara se convirtió en la patrona de todos los artilleros europeos y, por extensión, de todas las profesiones que tienen que ver con explosivos y fuego: mineros, bomberos, canteros, feriantes, fundidores, electricistas... y especialmente de los militares que pertenecen al arma de Artillería en la mayoría de los ejércitos, incluso en algunos países árabes. Es, en definitiva, una de las patronas más populares de todo el mundo.

En la iglesia de San Juan del Hospital, en Valencia, se encuentra la columna donde supuestamente fue martirizada, en una capilla bajo la advocación de la santa. Esta reliquia fue traída a la capital del Turia por la emperatriz Constanza Augusta de Grecia.


Ascanio Sobrero

Ascanioa Sobrero (1812-1888), insigne médico, químico y profesor universitario, mostró su pesar por todas las víctimas que habían muerto en explosiones causadas por la nitroglicerina que él había inventado: “Me siento casi avergonzado de admitir que es mi descubrimiento”. Cuando la dinamita ya era un éxito se quejó amargamente de que todo el mérito fuera para Nobel, a pesar de que el explosivo original fuera obra suya. De hecho, el italiano siguió experimentando y encontró otro uso para la nitroglicerina. Un día probó con la lengua una diminuta gota del líquido y le entró un fuerte dolor de cabeza. Este incidente fue el primer paso que revelaría la utilidad del compuesto en aplicaciones farmacológicas. Funcionaba como vasodilatador y hoy se sigue aplicando como parte de algunos medicamentos indicados para problemas cardiovasculares.


Los «Premios Nobel»

Alfred Nobel acumuló una inmensa riqueza, pero también un cierto complejo de culpa por el mal y la destrucción que sus inventos causaron a la humanidad en los campos de batalla. La combinación de ambas razones hubiera sido suficiente para legar la mayor parte de su fortuna, estimada en unos 3 millones de euros actuales, a una fundación –la Fundación Nobel, creada en 1900, cuatro años después de su muerte– con el encargo de otorgar una serie de premios anuales a las personas que durante el año precedente más hubieran hecho en beneficio de la humanidad en los terrenos de la Física, la Química, la Medicina, la Literatura y la Paz mundial. Pero por si fuera poco, la razón definitiva fue una anécdota que, supuestamente, desencadenaría la idea de los premios, aunque entramos en el terreno de la leyenda porque nunca ha aparecido una prueba de que tal hecho sucediera.

En 1888, Alfred Nobel leyó en el periódico su propio obituario, titulado “El mercader de la muerte ha muerto”. La prensa le confundió con su hermano Ludwig, que, efectivamente, acababa de fallecer. El artículo le hizo reflexionar sobre cómo la historia le recordaría. Nobel había sido el creador de la dinamita, un invento que había desarrollado en aras del progreso pero que finalmente causó un número inmenso de muertes, accidentales o intencionadas. Para tratar de enmendar su culpa, en su testamento dispuso que la gran mayoría de la fortuna que había amasado con su invención fuera destinada a premiar a aquellos cuyo trabajo beneficiara de una u otra forma a la humanidad.

Tales premios debían ser el reflejo de la preocupación de Alfred Nobel por la paz mundial y de sus ideas progresistas y contrarias a la violencia. Así, los Premios Nobel, que gozan de un alto prestigio internacional, se han venido otorgando anualmente desde 1901, con la excepción de los dos periodos de guerras mundiales (1914-18 y 1939-45). La atribución de los cinco premios instituidos se dejó en manos de varias academias científicas suecas y del Comité Nobel de Noruega (que otorga el premio de la paz). Nobel dejó dicho que los premios para la física y la química fueran otorgados por la Academia Sueca de las Ciencias, el de fisiología y medicina, concedido por el Instituto Karolinska de Estocolmo, el de literatura por la Academia de Estocolmo, y el de los defensores de la paz por un comité formado por cinco personas elegidas por el parlamento noruego. “Es mi expreso deseo que, al otorgar estos premios, no se tenga en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que sean los más merecedores los que reciban el premio, sean escandinavos o no”, escribió. En 1968, el Banco de Suecia decidió añadir bajo el nombre de Nobel un sexto premio de Economía, que se ha venido otorgando anualmente desde 1969.

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