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La tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba), ocurrida el pasado enero, uno de los peores accidentes de las últimas décadas, con 46 muertos y 120 heridos a raíz del descarrilamiento de un tren de alta velocidad y el choque con otro que circulaba en sentido contrario, nos ha traído a la actualidad el sangrante problema –nunca mejor dicho, por desgracia– de la falta de conservación de nuestras infraestructuras ferroviarias. Las causas siguen bajo investigación, pero se achacan a la carencia general de mantenimiento, a una incompetente reparación de las vías y a la rotura de un raíl, a pesar de que los maquinistas venían avisando de la inseguridad en la zona. El tramo fue renovado el año pasado por una Ute de constructoras, entre ellas Azvi, en la que casualmente trabajó hasta 2024 –al tiempo que era consejero de Renfe– el semoviente mamporrero del ministro gañán y putero de transportes, implicados ambos en el caso que lleva su nombre: Koldo. En la empresa también trabajaba la mujer de éste. Para colmo, la UE había destinado 111 millones de euracos a la reforma del tramo, que no se sabe a dónde habrán ido a parar, aunque lo imaginamos.
Al suspenderse la circulación de trenes y salir a la luz las denuncias de conductores, técnicos y usuarios –abonados al masoquismo ferroviario–, que advertían desde hace tiempo del deterioro progresivo del sistema, de las anomalías continuas y de lo que podría pasar –nadie lo tomó en cuenta–, con la seguridad en entredicho, sobrevino el caos en la red general y de cercanías de todo el país, que ya dura semanas –con huelga incluida–. Es algo inimaginable incluso en el tercer mundo y lo nunca visto hasta ahora en nuestro país.
Menos mal que teníamos la mejor red ferroviaria del mundo, según el ministro australopiteco de transportes –respaldado por el payaso psicópata monclovita–. Tan buena era que con su hirsuta y antropoide papada llegó a anunciar que subiría la velocidad del Ave a 350 km/h y que los pasajeros podrían ir de pie. Ahora, amenaza con que nos vayamos acostumbrando a las incidencias y retrasos y a su paso de burra. Total, que estos indigentes morales han hecho de la alta velocidad un tren de la bruja galapagar, reumático e inoperante.
Mira que me fastidia llevar razón, y a veces quisiera equivocarme, pero un avisado e ilustre lector, que no se pierde una, me ha recordado mi función arúspice y que lo del tren ya lo contaba yo hace un par de años en otro editorial incendiario –“Ministros gañanes de Transportes”–. Dije del titular del ramo, cúspide del partido socialista, y de su semoviente mamporrero –ambos gualdrapas disfrutando en el helicoide madrileño–, no sólo que en medio de la pandemia iban por los hoteles y lupanares pagando las churris, la coca y el marisco con chistorras de 500 napos, y que proporcionaron mascarillas defectuosas a precio de caviar iraní a varias administraciones públicas en lo peor de la crisis sanitaria a cambio de abultadas mordidas –esto ya lo había contado la prensa–, sino que consiguieron que la sociedad pública gestora de infraestructuras ferroviarias, Adif, adjudicara a la empresa en la que curraba una de las chonis del ministro un contrato de 5 millones de euros para suministrar 275000 toneladas de balasto destinado a la alta velocidad Madrid-Sevilla, el empleado en las vías del tramo siniestrado ahora en Adamuz.
MENOS MAL QUE TENÍAMOS LA MEJOR RED FERROVIARIA DEL MUNDO, SEGÚN EL MINISTRO AUSTRALOPITECO DE TRANSPORTES, QUE CON SU HIRSUTA PAPADA ANTROPOIDE, PRIMERO IBA A SUBIR LA VELOCIDAD DEL AVE A 350 KM/H, Y AHORA DICE QUE NOS VAYAMOS ACOSTUMBRANDO A LAS INCIDENCIAS EN LOS TRENES.
Los pilló la Uco al reunirse los implicados en el fraude en el parador de Granada para montar la Ute con la que asaltar el contrato de Adif, presentando a concurso una oferta que rebajaba tanto el presupuesto de licitación que levantó las sospechas de la pasma porque, de tan ajustado, no cubría ni los costes de extracción del balasto. Para colmo, no sólo la Ute adjudicataria incumplía los requisitos de solvencia técnica exigidos, sino que tampoco usó un balasto nuevo sino reciclado, y era de los peores –a un coste mayor que si hubiera sido material nuevo–, obtenido de una cantera que no contaba con el distintivo de viabilidad de Adif por no superar los controles para ser proveedor del balasto de mayor calidad y más caro, que es el que se emplea en las vías del Ave.
Pero el problema es de aúpa porque no sólo el ferrocarril está afectado por la falta de mantenimiento. Las carreteras llevan años con un déficit tremebundo –y los puertos y las presas...–.
Toda infraestructura está puesta en almoneda por este Gobierno de sierpes que no se responsabiliza nunca de nada: descarrilan los trenes y se ponen la túnica de Pilatos; una dana causa doscientos muertos y niegan la ayuda para culpar a la oposición; se quema una provincia y tiran de tinta de calamar; se produce un apagón en todo el país y se hacen el orejas; pierden unas elecciones autonómicas y le echan la culpa a un muerto.
Apoquinamos por todo dinerales obscenos, nos tienen al borde del colapso fiscal y Hacienda recauda más que nunca, pero no hay un patacón para infraestructuras. El modelo de gestión de la banda cleptómana del Peugeot, liderada por un clan de proxenetas corrompidos hasta el tuétano, es única: to pa la saca, y para chiringuitos y amiguetes. Entre tanto, los sufridos contribuyentes ya sólo pedimos lo mínimo: que haya presupuestos, que los trenes no descarrilen, que se garantice el fluido eléctrico, que se limpien barrancos y bosques y que la sanidad tire...
La última desgracia ferroviaria es una de las mil plagas bíblicas que nos ha caído encima por culpa del chulángano modelo de tanatopraxia, que es un gafe. Nuestra mayor tragedia es el Gobierno







