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Actualidad

01 Marzo 2026

Topo Gigio. Esteban Langa Fuentes

Esteban Langa

Este era el nombre de un muñequito, una marioneta de un ratoncito con cara simpática y muy pícaro que puso de moda un presentador de televisión, un tal Pedro Ruiz, en un programa que, en aquella lejana época, muchos adictos a la tele esperábamos con ansiedad.

El monigote animado (no supimos cómo, porque nunca acertamos a verle los hilos) actuaba junto con una moza de carne y hueso provista de poca ropa y con un cuerpo que razonablemente podría ser una de las causas del incremento de la masturbación entre niños de edad escolar (superior al kindergarten), que atendía al nombre de Carolina.

El ratoncito repetía en cada actuación con voz de pito:

—¡Qué buena estás, Carolina! –con dos cojones. En la televisión y viviendo Franco.

Acompañaba su expresiva, resumida y acertada conclusión con una mirada entre platónica y lasciva que recorría el cuerpazo de la tal Carolina de arriba abajo. El ratoncito tenía gusto y se expresaba con soltura y sin ambigüedades y hablaba muy bien español, a pesar de ser de origen italiano, y era discreto porque no se le notaba ningún efecto de excitación sexual bajo sus pantaloncitos. Cada vez que el jodío ratoncito decía aquello, nos producía a todos una risa tonta e inexplicable. La repetición de la frase la convirtió en popular y toda tía buena era una “Carolina”.

En nuestra tierna infancia nos contaron cuentos de ratitas, ranitas y otros asquerosos animalitos que se convertían en princesitas o principitos, pero nunca nos hablaron de ratones que expresaran sus instintos eróticos excitados por la visión de una rolliza moza y que la espetaran groserías machistas, que la espectacular Carolina recibía satisfecha y orgullosa con una sonrisa.

Naturalmente, el cabrón del ratoncito era tan ordinario que nunca podría ser principito sino sólo eso, un jodío ratón, simpático pero grosero y machista. Con ello, con la tía buena y con otras gilipolleces, el roedor se convirtió en un mito que el “merchandising” se ocupó de reproducir en pines, cromos, pintadas, dibujos, peluches, llaveros y demás pijadas, y fue lanzado al estrellato.

Todo dios tenía un ratoncito. Bueno, algunos tenían varios y otros compartían uno. Y como no podía ser menos, Santiago, Fernando y yo, con una media de veinte añitos, estudiantes de ingeniería en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid y compañeros de curso y aventuras, compartíamos uno. Sí, un Topo Gigio de goma, del tamaño de una mandarina, hueco y elástico, en cuya base, coincidente con el lugar donde se ubicaría su culo, tenía, fuertemente encajado, un pito. Apretabas el muñequito y hacia: ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Hasta que se le agotaba el aire que había salido por su culito. Al soltarle se recuperaba y hacía: ¡uffffffffffffffffff¡ Recuperaba su forma rápidamente absorbiendo aire por su culo y se repetía el ciclo. Otra vez: ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Y luego: ¡uffffffffffffffffff! Y ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Y ¡ufffffffffffffffff!

EL RATONCITO REPETÍA EN CADA ACTUACIÓN CON VOZ DE PITO: «¡QUÉ BUENA ESTÁS, CAROLINA!» (CON DOS COJONES. EN LA TELE Y VIVIENDO FRANCO). ACOMPAÑABA SU EXPRESIVA, RESUMIDA Y ACERTADA CONCLUSIÓN CON UNA MIRADA ENTRE PLATÓNICA Y LASCIVA QUE RECORRÍA EL CUERPAZO DE LA TAL CAROLINA DE ARRIBA ABAJO.

El primero que en las duras noches de estudio agarraba el Topo Gigio de los cojones podía pasar horas y horas apretando y aflojando el muñequito, ignorando las recomendaciones de los otros dos sobre las diferentes alternativas para utilizar su mano, que el lector puede adivinar fácilmente.

Un día, mis padres se encontraban fuera de Madrid, por lo que aprovechamos para preparar los exámenes atrincherados en mi casa dedicando la noche al estudio y repaso intensivo de las diferentes materias que componían el curso. Pero toda la noche estudiando se convertía en algo aburrido, triste, y era necesario aderezar el ambiente de vez en cuando con algo estimulante, y en aquella aciaga noche se conjugaron los hados para liarla. Se presentaron mis padres en casa sin previo aviso.

Habían cenado de camino y se fueron a dormir directamente, porque al día siguiente se marchaban de viaje de nuevo. Habían hecho sólo una escala técnica en Madrid y de mañana salían hacia Piedralaves.

A eso de las cuatro de la mañana, Fernando empezó a jugar con el Topo Gigio: ¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡uffffffffffffffffff!, ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡uffffffffffffffffff!. Otra vez: ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!, y luego: ¡uffffffffffffffffff! Otra vez: ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Y luego: ¡uffffffffffffffffff! Con ello rompió la concentración en el estudio y nuestras cabezas dejaron de tratar de comprender lo que era una integral triple para de inmediato centrar nuestra pobre actividad cerebral en temas de mayor enjundia.

Y Santiago fue el iluminado, convenciendo a Fernando con una estudiada y sutil dialéctica para que le dejara el ratoncito, a lo que éste se negaba, hasta que gentilmente le dijo:

—¡Déjame el muñeco de una puta vez, gilipollas!

—¿Ves?, así, pedido con educación, no me puedo negar –dijo Fernando, y le traspasó el muñequito.

Con él bajo su control nos hizo la propuesta:

—Vamos al baño y lo llenamos de agua.

Sólo lo dijo una vez. El poder de convocatoria del personaje fue evidente.

¡Anda que no teníamos ganas de que se nos apareciera algo para pasar a la fase de cachondeo!

Como una piña, dimos un paso al frente. Lo primero fue quitarle el pito del culo, dejando su orificio libre. La operación fue poco delicada. Santiago le sacó el pito a tirón. Cuando vi la maniobra, pensé para mí:

—No sé si este pavo llegará alguna vez a ser ingeniero de minas, pero si no lo consigue y se hace proctólogo, a mí no me trata ni gratis.

El ratón había perdido su personalidad. Ahora solo hacía ¡fu, fu, fu! (se había quedado bajo de presión). ¡Fu, fu, fu! Lo mismo al llenarse de aire que al vaciarse bajo la presión de la mano de Santiago, que le estrujaba y soltaba como preparándolo para aguantar lo que le iba a caer encima.

A su indicación, mediante un firme gesto de cabeza, le seguimos al pasillo, dejando nuestro cuarto de estudio, que era simplemente el comedor de la casa con la puerta bien abierta. Con ello, el humo contenido en la habitación se distribuyó por todas las estancias, inundando el dormitorio de mis padres, para el disfrute de éstos, especialmente de mi padre, al que el humo del tabaco le sentaba como un tiro.

Creyendo que actuábamos sigilosamente, nos dirigimos al cuarto de baño, Santiago abriendo marcha, Fernando detrás y yo cerrando la formación, pues el pasillo era tan estrecho que sólo podíamos ir de uno en uno. Los tres en fila, con decisión inquebrantable. Santiago abrió la puerta del baño, tan pequeño, que era complicado la presencia de dos personas en su interior. Santiago entró y se colocó frente al lavabo, Fernando en la puerta y yo intentando ver algo de la fiesta detrás de Fernando, por encima de su hombro y desde el pasillo.

Santiago encajó el culo del ratón en el grifo del agua fría del lavabo y lo abrió a poco gas. Entonces el monigote empezó a llenarse de agua y a hincharse, colgado del grifo boca abajo. Se comenzaron a deformar las orejas. Su cabeza se hinchaba y los ojos se le salían de las órbitas, con el cuerpo como una pelota. Y empezó la juerga con la visión del ratoncito deforme. Esa juerga fue nuestra perdición, Santiago se sentó en la taza del inodoro riéndose como un poseso, Fernando se dio cuenta del problema y, aunque descojonado de risa por los cambios habidos en la fisonomía del jodido ratón, percibió con astucia que aquello tomaba dimensiones excesivas y el muñequito abultaba tanto que pronto no cabría en el lavabo.

Fernando intentó cerrar el grifo con la mano izquierda y desde la puerta, con lo que a la zurda y en el lado opuesto del lavabo, lo que consiguió fue abrir la llave del grifo a tope. Con el brusco golpe de agua, el muñeco se hinchó como una bomba, con las orejas como las manoplas esas usadas para sacar las bandejas del horno, los ojos como pelotas de ping-pong, las manitas como botas de vino y el cuerpo como una pelota de playa.

SANTIAGO ENCAJÓ EL CULO DEL RATÓN EN EL GRIFO DEL AGUA FRÍA DEL LAVABO Y LO ABRIÓ A POCO GAS. ENTONCES EL MONIGOTE EMPEZÓ A LLENARSE DE AGUA Y A HINCHARSE, COLGADO DEL GRIFO BOCA ABAJO. SE COMENZARON A DEFORMAR LAS OREJAS. SU CABEZA SE HINCHABA Y LOS OJOS SE LE SALÍAN DE LAS ÓRBITAS.

El ajuste del culo al grifo era tan firme que se había mantenido fijo en todo el proceso de llenado. Tras aprobar la física dedujimos, no sin esfuerzo, que esto se debió al coeficiente de rozamiento entre la goma del culo del ratón y el grifo, aunque, francamente, costaba creer que los ratones tuvieran coeficiente de rozamiento en el culito.

Santiago, viendo la tostada y que en cualquier momento el muñequito se soltaría del grifo y habría agua para todos, empujó a Fernando y abriéndose paso entre nosotros salió del baño, dejando la situación en ese estado crítico como si no fuera con él. Fernando dio también un salto atrás, mientras que yo, en un gesto heroico, conseguía cerrar el puto grifo. Los movimientos frenéticos y el nerviosismo cesaron, pero apareció ante nuestros ojos el oscuro futuro.

El muñequito tenía más agua dentro que un cántaro terciado y seguía enganchado al grifo por su culito, debido a aquello del dichoso coeficiente de rozamiento. Y había que soltarlo. A esas alturas de carrera, y aún sin haber sido capaces de desentrañar las horrorosas matrices matemáticas para determinar lo que ocurría dentro de una conducción hidráulica, los tres sabíamos lo que iba a ocurrir cuando el monigote se desenganchara del grifo donde Santiago le había enculado. Íbamos a tener agua para todos y en cantidad.

En un alarde de compañerismo, estos dos cabrones salieron por piernas y se sentaron en la mesa de estudio fingiendo prestar atención a los libros abiertos, como si allí no ocurriera nada.

Yo supe de inmediato que fingían y quedaba claro quién iba a ser el encargado de soltar al monstruoso Topo Gigio. Esperar era inútil, así que decidí ponerme manos a la obra y rápidamente me hice con una regla y me dirigí al baño.

No se había escuchado ruido alguno que hiciera presentir participaciones paternas en la movida. Todo estaba tranquilo. Entonces, con sigilo, comencé a dar golpecitos al ratoncito, que había adquirido aquel tamaño descomunal como un monstruo deforme.

Cuando me di cuenta, tenía a Santiago y a Fernando detrás de mí para no perder detalle, dándose codazos para tener mejor puesto de observación.

Poco a poco, el muñequito iba sacando su culo del grifo. Y de repente ocurrió. Mis amigos habían desaparecido y percibí algo extraño a mi espalda. Me volví. En aquel momento se abrió la cortina del pasillo y apareció mi progenitor con los pelos revueltos y en calzoncillos.

Yo no supe hasta entonces el significado de una frase muy común usada en mi pueblo para describir las consecuencias de una desgraciada acción:

—“Chaval, tú no has visto a tu padre en calzoncillos...”.

Entonces comprendí el auténtico significado de esa frase. Una camiseta de verano cubría su torso y unos calzoncillos de los llamados de “pata” el resto, de cintura hasta rodillas, los típicos calzoncillos que sufrimos los españoles durante la “oprobiosa dictadura”.

Desde luego, mi padre no tenía aspecto de estar divirtiéndose e impresionaba por el gesto. Fernando y Santiago, con la celeridad de las ardillas, ya habían ocupado de nuevo sus puestos de estudio. Fingían otra vez. Aparentaban que la movida no iba con ellos. Mi padre surgía de entre el humo, con cara de sueño mezclada con estupor, los ojos muy abiertos y el pelo revuelto por la almohada y de punta en forma de cresta. Solo llegó a decir:

—¿Qué pasa...? –ni terminó el “aquí” que completaría la frase.

El monigote se descolgó del grifo mientras el chorro de agua describió un arco según giraba en el lavabo. Después, botó en el fondo, saltó del lavabo y cayó al suelo, y dando otro bote saltó hacia el pasillo. Todos estos saltos y piruetas venían acompañados de la expulsión de un chorro de agua fría de grueso calibre y alta presión por el culo, empapándolo todo.

Yo salté hacia atrás, para evitar el chorro, pero la masa deforme saltó al pasillo y, en un bote con giro incluido, el chorro de agua pegó en el techo y describió un arco enganchando a mi padre desde la cabeza hasta los pies. El movimiento del chorro, en un plano vertical, le recorrió todo el cuerpo. El monigote siguió dando botes, saltaba y saltaba, soltando agua y reduciendo su tamaño, lo que no bastó para que mi padre se llevara un par de chorrazos más, pero esta vez de menor amplitud y duración. Más flojitos y más cortos. No articulaba palabra, sólo tenía los ojos y la boca muy abiertos. La boca mucho más abierta que los ojos.

Yo creo que por eso tragó algo de agua, que además le chorreaba de la nariz y las orejas. A pesar de los botes, al monstruito se le veían los ojos, orejas, manos..., todo deformado, pero reduciendo su tamaño proporcionalmente al agua expulsada.

Cuando se llenó de agua, lo único que no le había engordado eran los bigotes y el rabo porque, naturalmente, no eran huecos. Pero nunca recuperó su tamaño original. Se quedó deformado para siempre.

Fernando decía que con la “jartá” de agua que le habíamos metido por la retaguardia, le habíamos superado el límite elástico. Yo nunca pensé que los monigotes de goma tuvieran límite elástico, pero si tenían coeficiente de rozamiento en el culo, también podría ser que tuvieran límite elástico... esas cosas pasan.

Y en esas apareció mi madre. Mi padre en calzoncillos y empapado, y mi madre en camisón. Una escena que me hizo pensar en la posibilidad de un hermanito, que deseché de inmediato, pues aunque tenía una hermana, sabía que sólo conmigo tenían ya suficiente para entretenerse.

Santiago, Fernando y yo, calladitos como mudos y provistos de mochos, cubos y toallas, procedimos al achique del agua derramada en el suelo para evitar la inundación del piso del vecino. Y, con respecto a la cortina, esperamos que se produjera su secado natural, directamente en su posición: colgada.

Con respecto a mi padre, ninguno tuvimos pelotas para tratar de secarle con una toallita. Era tentar a la suerte. Al terminar dimos por concluido el estudio y abandonamos el lugar del crimen camino de San Ginés, a tomarnos unos churritos con chocolatito, mientras en la habitación de mis padres se oían murmullos que, aunque no podíamos alcanzar a comprender, estábamos seguros de que hablaban de nosotros y de nuestro futuro. De mis padres no hablaban porque eran ellos. Tampoco escuché nada sobre desheredarme.

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas


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