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Actualidad

01 Abril 2026

La guerra asimétrica (o cuando el débil decide cómo se lucha). Enrique Pampliega

Enrique Pampliega

Hubo un tiempo en que la guerra era un asunto casi caballeresco, al menos en apariencia. Dos ejércitos, dos banderas, dos generales y un campo de batalla donde uno vencía y otro se retiraba. Así se escribieron durante siglos los manuales militares y así se enseñó la guerra en las academias: como un choque de fuerzas donde ganaba el que tenía más hombres, más cañones y mejor estrategia. Pero la historia ha demostrado muchas veces que eso solo es verdad cuando ambos bandos aceptan jugar al mismo juego. Cuando uno de ellos decide cambiar las reglas, la guerra deja de ser un duelo y se convierte en otra cosa. A eso lo llamamos guerra asimétrica.

Una guerra asimétrica es una guerra en la que los bandos son desiguales y, sobre todo, en la que el débil decide no combatir como espera el fuerte. En lugar de presentar batalla, desaparece; en lugar de defender ciudades, ataca suministros; en lugar de enfrentarse al ejército, desgasta al país; en lugar de buscar la victoria rápida, alarga la guerra durante años. El objetivo ya no es derrotar militarmente al enemigo, sino algo mucho más sencillo y mucho más devastador: convencerle de que seguir luchando no merece la pena. La guerra asimétrica no se gana conquistando la capital del enemigo, se gana cuando el enemigo se cansa, cuando su economía se resiente, cuando su opinión pública se vuelve en contra y cuando la guerra deja de tener sentido político.

Muchos creen que este tipo de guerra es algo moderno, propio de drones, ciberataques y conflictos lejanos que apenas entendemos, pero lo cierto es que uno de los ejemplos más claros de guerra asimétrica ocurrió en España a principios del siglo XIX, cuando el hombre más poderoso de Europa, Napoleón Bonaparte, descubrió que hay guerras que no se pueden ganar aunque se ganen todas las batallas. El ejército francés era entonces el mejor del mundo, una máquina de guerra perfecta que había derrotado a media Europa. Y sin embargo, en España empezó a desangrarse lentamente.

Los franceses ocupaban ciudades, ganaban batallas y controlaban los mapas, pero no controlaban los caminos, ni los pueblos, ni las montañas, ni la noche. Cada convoy era un riesgo, cada correo podía ser interceptado, cada patrulla podía desaparecer en una emboscada. De aquella guerra salió una palabra que todavía hoy se utiliza en todo el mundo: guerrilla. La inventamos nosotros. Y no es un detalle menor porque lo que ocurrió en España fue exactamente eso: un pueblo entero luchando de forma asimétrica contra el ejército más poderoso del mundo. Aquello se convirtió en lo que el propio Napoleón llamó la úlcera española, una guerra larga, cara, interminable y políticamente imposible de cerrar.

LA GUERRA ASIMÉTRICA NO SE GANA CONQUISTANDO LA CAPITAL DEL ENEMIGO, SE GANA CUANDO ÉSTE SE CANSA, CUANDO SU ECONOMÍA SE RESIENTE, CUANDO SU OPINIÓN PÚBLICA SE PONE EN CONTRA.

Dos siglos después, el mundo vuelve a parecerse más a 1808 que a las grandes guerras del siglo XX. Si uno mira Oriente Medio, lo que está viendo no es una guerra clásica, sino una guerra asimétrica en toda regla. Irán sabe perfectamente que no puede derrotar militarmente ni a Estados Unidos ni a Israel en una guerra convencional. Así que no lucha una guerra convencional. Lucha otra cosa. Lucha una guerra indirecta, una guerra larga, una guerra incómoda y una guerra diseñada para no terminar nunca del todo. En lugar de enfrentarse directamente a la flota norteamericana o a la aviación israelí, la estrategia consiste en golpear donde realmente duele: atacar bases norteamericanas allí donde se encuentren, tensar a Israel en varios frentes al mismo tiempo y, sobre todo, amenazar puntos clave de la economía mundial. Porque cerrar o poner en peligro un paso estratégico por donde circula una parte fundamental del petróleo y del comercio marítimo mundial no es solo un movimiento militar, es un movimiento económico con consecuencias globales.

A través de aliados, de milicias, de grupos armados, de ataques a la navegación, de misiles lanzados por terceros, de ciberataques, de sabotajes y de presión constante en varios puntos al mismo tiempo, Irán no intenta ganar una gran guerra, intenta algo mucho más realista y mucho más eficaz: que sus enemigos vivan en un estado de conflicto permanente, caro, incómodo y políticamente difícil de sostener durante mucho tiempo. Y una guerra permanente es un problema enorme incluso para las grandes potencias, porque las grandes potencias pueden ganar guerras rápidas, pero las guerras largas desgastan economías, dividen a las sociedades, tensan la política interior y terminan generando una pregunta muy peligrosa: si merece la pena seguir con esto.

Al final, la guerra asimétrica es una guerra de inteligencia, de paciencia y de resistencia. Es la guerra del débil contra el fuerte, sí, pero sobre todo del tiempo contra el dinero, de la paciencia contra la prisa y del desgaste contra la victoria rápida. Y en ese tipo de guerra, la historia demuestra la misma lección, incómoda para los poderosos: el débil no necesita derrotar al fuerte.

Le basta con algo más sencillo y más devastador: que el fuerte no pueda ganar.

Enrique Pampliega
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