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Actualidad

01 Marzo 2026

Fabricar vuelve a importar. Enrique Pampliega

Enrique Pampliega

Durante años nos contamos una historia cómoda. Una de esas que permiten dormir sin sobresaltos y mirar el mundo desde la superioridad moral del que cree haber superado las fases incómodas del progreso. La historia decía que fabricar cosas ya no era relevante, que el futuro sería limpio, digital y etéreo, propio de la llamada sociedad del conocimiento, y que el valor residía en el software, la propiedad intelectual, los instrumentos financieros y el talento creativo. El humo, el ruido, el acero y la química se convirtieron en restos vergonzantes de un pasado industrial que convenía externalizar. Fabricar se volvió una palabra fea. Producir, una actividad sospechosa.

Yo mismo compré ese relato. Recuerdo bien cómo, mientras cursaba un MBA a principios de los noventa, ya se hablaba con entusiasmo casi místico de ese nuevo mundo sin fábricas. Tan abducidos estábamos que uno de los docentes, al presentar los trabajos de fin de máster, comentó con cierta sorna que nadie había presentado un proyecto de fabricación. El tipo tenía una visión formidable. Nosotros no entendimos la coña. Y así nos fue. Aquel episodio resumía bastante bien la trampa mental en la que caímos como civilización: creímos que, si había dinero, mercados abiertos y logística afinada, el acceso a cualquier recurso estaba garantizado. Cobre, litio, tierras raras, acero, energía. Pagas, firmas y recibes. Punto. Confundimos comercio con soberanía y acceso con control, mientras admirábamos la carrocería y desmontábamos el motor.

El resultado está a la vista. Durante tres décadas se cerraron fábricas, se apagaron hornos, se desmantelaron refinerías y se sustituyeron polígonos industriales por polígonos logísticos. Donde antes se fabricaba, ahora se almacena. Y donde no hay naves logísticas, aparecen centros de datos, instalaciones que no producen nada tangible, pero devoran electricidad, agua, cobre y suelo. Cambiamos el estruendo de la industria por el zumbido constante de los servidores, convencidos de que eso era progreso, sin reparar en que eso seguía necesitando una base física cada vez más frágil.

Mientras tanto, otros hicieron justo lo contrario. China no hizo grandes discursos sobre el futuro ni se entretuvo en debates estéticos. Construyó. Centrales eléctricas, redes de alta tensión, fundiciones, plantas químicas, refinerías y fábricas de materiales estratégicos. No por romanticismo industrial, sino porque entendió algo elemental que nosotros olvidamos: no hay soberanía sin capacidad de transformar la materia. Tener minas no basta. El poder está en convertir la roca en material útil, en dominar el tramo intermedio de la cadena industrial que Occidente decidió no querer en casa.

Hoy el mundo está descubriendo que lo digital es brutalmente físico. La inteligencia artificial no vive en la nube. Vive enchufada. Necesita electricidad abundante y barata, redes robustas, transformadores, cobre y sistemas de refrigeración. Los propios líderes tecnológicos lo reconocen ya sin rodeos: el cuello de botella no son los chips ni los algoritmos. Es la energía. En ese tablero, China ha pasado de ser un país dependiente del petróleo ajeno a convertirse en el primer electroestado del planeta. Produce mucha más electricidad que Estados Unidos y construye la mayor parte de la nueva capacidad renovable global. Mientras Occidente sigue mirándose el ombligo, Pekín levanta infraestructura física aquí y ahora. Y esa infraestructura es la que marca el ritmo real de la industria, de la transición energética y de la carrera tecnológica.

COLABORAR HOY CON «OP MACHINERY» ES UNA EXCELENTE CURA CONTRA LA ABSTRACCIÓN. TE RECUERDA QUE EL MUNDO SIGUE FUNCIONANDO GRACIAS A COSAS QUE PESAN, SE DESGASTAN Y HAY QUE MANTENER.

La reacción occidental ha sido, en demasiados casos, mirar al pasado. Volver a pensar en el petróleo como solución estratégica, como si el problema fuera de otra época. Pero incluso donde hay recursos, falta algo más difícil de recuperar: el saber hacer. Durante treinta años se cerró industria pesada y con ella se fue la memoria industrial. Los metalúrgicos que sabían ajustar un horno al límite, los ingenieros de proceso capaces de entender una planta sin necesidad de simulaciones, los técnicos que mantenían viva una instalación cuando algo se torcía. Esa gente se jubila. No hay relevo . El dinero puede imprimirse. La experiencia no.

Aquí es donde sectores como la construcción, la minería y la maquinaria de obras públicas recuperan un protagonismo que nunca debieron perder. Porque son el esqueleto físico sobre el que se construye todo lo demás. No hay transición energética sin movimiento de tierras. No hay electrificación sin cobre, sin acero, sin áridos. No hay industria avanzada sin infraestructura básica, ni infraestructura sin máquinas ni personas que sepan manejarlas.

Colaborar hoy con OP MACHINERY es una excelente cura contra la abstracción. Te recuerda que el mundo sigue funcionando gracias a cosas que pesan, se desgastan y hay que mantener. Que no todo se resuelve con código. Que no todo puede externalizarse sin consecuencias. Y que fabricar, por mucho que se haya despreciado durante años, vuelve a ser una cuestión central.

Fabricar vuelve a importar. No por nostalgia ni por ideología, sino por pura lógica industrial. Porque una economía que no sabe producir lo que necesita acaba dependiendo de quien sí sabe hacerlo. Y porque la soberanía, en el siglo XXI, sigue teniendo una base incómoda y material: acero, energía, máquinas y personas cualificadas.

Enrique Pampliega
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