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Cuando robar deja de dar vergüenza. Enrique Pampliega

A estas alturas, la corrupción ya no estalla: rezuma. No aparece como un trueno inesperado en mitad de la tarde, sino como esa humedad vieja que asoma detrás del armario cuando uno ya sospechaba que la pared estaba podrida. La corrupción se ha instalado entre nosotros con la naturalidad obscena de lo cotidiano. Ya no escandaliza como debería. Se comenta, se mide, se interpreta y, lo peor de todo, se justifica.
Hubo un tiempo en que la palabra corrupción sonaba a cloaca. A sobre cerrado, a comisión bajo cuerda, a maletín grasiento y despacho mal ventilado. Hoy, en cambio, parece haberse convertido en una molestia administrativa, en un matiz ideológico, en un peaje asumible siempre que el ladrón vista los colores adecuados. “Sí, han robado, pero los otros son peores”. “Sí, son unos sinvergüenzas, pero al menos defienden lo nuestro”. “Corrupción hay en todos lados”. Y así, frase a frase, excusa a excusa, se descompone un país.
Porque la corrupción no consiste solo en llevarse dinero público. Eso es apenas la parte visible del cadáver. La corrupción verdadera, la más peligrosa, empieza cuando una sociedad acepta que le roben si el saqueo viene envuelto en la bandera correcta, en el discurso oportuno o en la coartada emocional de moda. No es solo el contrato amañado, el enchufe descarado, la adjudicación inflada o el favor familiar. Es la gangrena moral que convierte al ciudadano en cómplice, al votante en hincha y al político en dueño de una finca que no es suya.
Los contribuyentes, que es la forma elegante de llamar a quienes pagan la fiesta, asistimos al espectáculo con una mezcla de rabia, cansancio y resignación. Nos hablan de transparencia, de buenas prácticas, de comisiones, auditorías y regeneración democrática. Palabras bonitas para decorar un edificio que cruje por los cimientos. Porque la corrupción no se combate solo con formularios ni portales web. Se combate con vergüenza, con principios y con una ciudadanía que no acepte que la tomen por idiota.
Lo más grave no es que haya corruptos. Siempre los hubo. Lo verdaderamente grave es que cada corrupto encuentre su coro de palmeros, sus tertulianos de guardia, sus blanqueadores profesionales y sus fieles dispuestos a explicar que robar está mal, salvo cuando roba uno de los nuestros. Esa es la gran derrota moral: haber convertido la decencia en una opción partidista.
LA CORRUPCIÓN NO ES SOLO EL DINERO QUE DESAPARECE. ES LA CONFIANZA QUE SE DESTRUYE. ES LA EJEMPLARIDAD QUE SE PIERDE. ES EL DESPRECIO AL CIUDADANO QUE TRABAJA, PAGA Y CUMPLE.
La corrupción no es de izquierdas ni de derechas. Es de sinvergüenzas. Y el deber de cualquier ciudadano digno no consiste en elegir entre ladrones simpáticos y fanáticos impresentables, sino en exigir limpieza, justicia y responsabilidad. Sin apellidos. Sin excusas. Sin tragaderas infinitas.
Cuando un país empieza a tolerar que sus gobernantes le mientan, le saqueen y encima le den lecciones de ética, algo se ha roto. Cuando el castigo depende más del contexto político que del delito cometido, algo se ha podrido. Cuando denunciar un escándalo se convierte en una agresión al bando, y no en un deber cívico, la democracia deja de ser una casa común para convertirse en una trinchera llena de barro.
El corrupto no actúa solo. Necesita silencio, complicidad y miedo. Necesita medios complacientes, instituciones dóciles y ciudadanos dispuestos a mirar hacia otro lado. Necesita que alguien diga: “No es el momento”. “No conviene hacer ruido”. “No demos munición al enemigo”. Y así, poco a poco, el robo deja de dar vergüenza y empieza a parecer estrategia.
No hay democracia que sobreviva mucho tiempo a esa infección. Porque un país puede soportar crisis económicas, derrotas políticas, gobiernos mediocres e incluso épocas de estupidez colectiva. Lo que no puede soportar indefinidamente es que la ley se convierta en plastilina, que la moral se venda al peso y que la ciudadanía acepte como normal que unos pocos vivan de vaciar los bolsillos de todos.
La corrupción no es solo el dinero que desaparece. Es la confianza que se destruye. Es la ejemplaridad que se pierde. Es el desprecio al ciudadano que trabaja, paga y cumple. Es el mensaje venenoso de que ser honrado es de ingenuos y que el listo es quien mete la mano donde puede.
Y si algo resulta más triste que un político corrupto, es un pueblo que lo aplaude, lo disculpa o lo premia en las urnas. Porque entonces el problema ya no está solo en los despachos. Está en la conciencia colectiva.
La corrupción no es ideología. Es saqueo. Y cuando robar deja de dar vergüenza, el país ya está medio perdido.
Enrique Pampliega










































