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Actualidad

01 May 2026

La tijera europea. Enrique Pampliega

Enrique Pampliega

En 2025, Francia puso sobre la mesa un plan de ajuste de 44000 millones de euros para contener una deuda pública que llevaba tiempo creciendo como esas humedades viejas que uno ve en la pared y prefiere tapar con un cuadro antes que llamar al albañil. Aquello no fue una operación contable. Fue una bengala lanzada desde cubierta. Francia, con sus huelgas y su antigua afición a levantar barricadas antes de que se enfríe el café, estaba oliendo el abismo.

Algunos quisieron verlo como una rareza francesa, una convulsión más de ese país que convierte cada ajuste en una batalla campal. Pero no. Lo de Francia era el primer campanazo serio. Europa llevaba años gastando como si la Historia se hubiera jubilado, como si la paz fuera gratis, la deuda un animal doméstico y el Estado del bienestar una especie de arca sagrada.

Ahora llega Alemania. Y cuando Alemania empieza a hablar de recortes sociales, conviene sentarse. Alemania, la locomotora europea, la señorita severa que miraba al sur como quien contempla a un primo manirroto, también ha descubierto que el dinero público no se estira hasta el infinito. Aumenta el gasto en defensa, prepara más inversión militar y abre la puerta a recortes en sanidad, pensiones y prestaciones. Cañones por un lado. Bienestar por otro. Y en medio, la vieja verdad: no se puede pagarlo todo a la vez.

Durante treinta años, Europa creyó que podía dejar la defensa en manos de Estados Unidos mientras inauguraba agencias, observatorios, ministerios y estrategias con mucho membrete y poca pólvora. Pero la invasión rusa de Ucrania ha sacado al continente de una siesta larguísima. De pronto, hemos recordado que la paz cuesta dinero, que las fronteras existen, que la energía barata tenía dueño y que el paraguas norteamericano quizá no iba a estar siempre abierto.

Sería cómodo culpar de todo a la guerra. Demasiado cómodo. La guerra es el acelerador, no la causa única. El incendio venía de antes, cuando Europa decidió vivir como si el invierno demográfico, fiscal e industrial no fuera con ella. El Estado del Bienestar nació en un mundo de crecimiento, población joven, energía asumible, productividad creciente, deuda manejable y paz prolongada. Fue una conquista admirable.

Pero aquel modelo exige cimientos. Y los cimientos están agrietados. Cada vez hay más pensionistas. Vivimos más años. La sanidad cuesta más. Hay menos trabajadores por jubilado. Competimos peor frente a gigantes que producen más barato, innovan más rápido o juegan con reglas menos delicadas. Y cada vez hay más ciudadanos convencidos de que el Estado puede prometerlo todo, pagarlo todo y resolverlo todo sin exigir nada a cambio.

EL ESTADO DEL BIENESTAR NO SE SALVA NEGANDO SUS GRIETAS. SE SALVA LIMPIÁNDOLO DE GRASA, FRAUDE, DUPLICIDADES, CLIENTELISMO Y GASTO INÚTIL. SE SALVA PROTEGIENDO LO ESENCIAL.

Pues no. El Estado no es una lámpara mágica. Es una caja. Entra lo que entra y sale lo que sale. Si sale mucho más de lo que entra, primero aparece la deuda. Luego los intereses. Luego los mercados. Luego Bruselas. Y al final aparece la tijera. La de Francia. La de Alemania. La que mañana podría pasar por España con menos cortesía y más prisa.

España debería mirar lo que ocurre en Francia y Alemania como quien ve humo en el monte vecino. No para entrar en pánico, sino para llenar cubos y dejar de hacer barbacoas junto al pinar. Porque España tiene su propio polvorín: deuda elevada, déficit persistente, pensiones tensionadas, paro estructural, baja productividad, exceso de burocracia y una Administración que demasiadas veces confunde servicio público con laberinto.

La cuenta, como siempre, la pagan los mismos: el trabajador, el autónomo, la pyme, el contribuyente silencioso. Ese ciudadano que madruga, paga IVA, IRPF, cotizaciones, tasas, luz, carburantes, alquiler o hipoteca, y encima escucha que todavía hace falta otro observatorio para gestionar la estructura anterior.

No se trata de cargarse el Estado del Bienestar. Se trata de salvarlo de quienes lo usan como tarjeta de crédito electoral sin límite conocido. España necesita auditar el gasto público, reducir duplicidades, blindar sanidad, educación, dependencia, justicia e infraestructuras básicas; revisar las pensiones con honestidad; apostar por productividad, industria e innovación; asegurar energía estable y asequible; apoyar natalidad, conciliación y vivienda; ordenar la inmigración con empleo, idioma y respeto a la ley; y elevar un debate público convertido en griterío.

El Estado del Bienestar no se salva negando sus grietas. Se salva limpiándolo de grasa, fraude, duplicidades, clientelismo y gasto inútil. Se salva protegiendo lo esencial. Se salva admitiendo que una sociedad envejecida, endeudada y poco productiva no puede sostener indefinidamente el mismo gasto si no cambia algunas cosas de raíz.

Francia fue el aviso. Alemania es la confirmación. La vieja Europa empieza a descubrir que la Historia no se había jubilado. Sólo esperaba en la puerta, fumándose un cigarro. Y cuando la Historia vuelve, conviene tener las cuentas en orden.

España no las tiene. Pero aún puede empezar. Y debería hacerlo ya, antes de que la tijera llegue no como instrumento de cirugía fina, sino como hacha de carnicero.

Enrique Pampliega
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