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Hace algunos días, Primitivo Fajardo, director de esta revista, autor de incunables editoriales y mi Maestro, con quien aprendí a elaborar frases inteligibles concatenadas sin demasiadas faltas de ortografía, publicaba en Facebook un excelente artículo sobre el Museo del Ferrocarril, ubicado en la antigua estación de Delicias de Madrid. Su lectura me provocó dos reacciones. La primera, hacerme el propósito de visitarlo, y la segunda, traer a mi memoria dentro de los capítulos de “Coros y Danzas” de mi dilatada y perdularia existencia, un viaje que “disfruté” en tiempos pretéritos en un antiguo ferrocarril, seguramente en alguno de los que mi maestro cita en su referido artículo. Se trataba del llamado Tren de La Fresa.
El Tren de la Fresa era el medio de transporte que daba nombre a un evento consistente en llevar a cabo una excursión a Aranjuez que comprendía el trayecto (ida y vuelta) en un antiguo ferrocarril y diferentes visitas a lugares turísticos de aquella localidad, como el famoso palacio, sus jardines, el museo de las falúas reales...
Todo comenzó cuando mi hijo se presentó un día en casa tan ufano y orgulloso con un regalo consistente en dos reservas para esa excursión turística para mi mujer y para mí.
—Padre –comenzó con la ilusión brillando en sus ojos–, ya sé que tú no quieres que te regalen nada, pero esto es especial. Es para que vayáis Quinita y tú juntitos –Quinita es mi segunda mujer, a quien él considera madre, ya que la biológica había fallecido siendo muy pequeño–. Mira, es una delicia, la hemos hecho mi “cuchita” y yo y es una gozada. Ha sido fenomenal. Os va a encantar.
Su “cuchita” era su primer amor, esa novia en esa edad en la que cualquiera se enamora del amor, en la que el colmillo no se ha comenzado a afilar ni a retorcerse y el saco de las decepciones ni siquiera se ha desembalado y cuando hasta los evidentes defectos y carencias de la pareja nos parecen virtudes. Todo resulta maravilloso en compañía de la persona amada. Luego las cosas cambian. Bien dice el refrán, que “quien se enamora no lo nota, pero poco a poco se vuelve idiota”.
Recordé aquel diálogo que pillé al vuelo en una conversación entre dos paisanos, un jovencito de no más de 18 añitos y el otro un tipo talludito que no cumpliría ya los 30, y que representaba un claro ejemplo de la diferencia de visión del amor en función de la edad.
—Joder tío, es cierto eso de que cuando estás enamorado es como si tuvieras mariposas en el estómago –decía el jovenzuelo–. Yo las tengo.
—Pues las tendrás tú, porque yo cuando estoy enamorado, lo que tengo son ganas de follar –respondía el más vivido.
Mi hijo y su novia debían tener un atracón de lepidópteros el día en el que se subieron al Tren de la Fresa realizando, amartelados, su idílico viaje en aquel antiguo tren y un periplo turístico por Aranjuez.
«CUCHITA» ERA SU PRIMER AMOR, ESA NOVIA EN ESA EDAD EN LA QUE CUALQUIERA SE ENAMORA DEL AMOR, EN LA QUE EL COLMILLO NO SE HA COMENZADO A AFILAR NI A RETORCERSE Y EL SACO DE LAS DECEPCIONES NI SE HA DESEMBALADO.
No podíamos declinar el presente porque sería ofender a la pareja. Estaban convencidos de su gran acierto al elegir aquel obsequio, por lo que, fingiendo tanta ilusión como ellos mostraban, sonreíamos con cara de lelos a medida que nos auguraban las maravillosas experiencias que disfrutaríamos.
—Mira, Quinita –propuse a mi mujer, ya a solas–, podríamos buscar alguna solución para evitarnos el trance, que estas excursiones en plan rebaño no me gustan nada. Mejor nos vamos al campo a por setas y luego les contamos que...
—¡¿Qué les vas a contar?! –me cortó mi mujer–. Tienes que ser un poco más sociable. Además, no les podemos hacer ese feo con la ilusión que tienen. Nada, no hay vuelta de hoja; nos vamos a Aranjuez en el Tren de la Fresa.
Tuve siempre presente algo que me dijo una vez mi padre: “Si tu mujer te pide que te tires por un balcón, pide tú que el balcón sea bajo”. Y para Aranjuez marchamos con muchos años de convivencia y sin mariposas en el estómago; ni diurnas ni nocturnas... ni crepusculares.
El día había amanecido calentito tras una noche tropical y el pronóstico era que la temperatura iba a competir con la del desierto de Atacama y la sensación de calor, agravada en Aranjuez por la humedad del río.
El trenecillo salía de la Estación de Atocha y tempranito, lo que nos obligó a sufrir el correspondiente madrugón y aceptar sin parpadear el sablazo del taxi que nos llevó hasta ella. Allí conseguimos tomar un café de sabor indefinible con unos churros crudos y fríos; el café a precio de Kopi Luwak, o café de civeta, ese que cagan los monos después de hartarse de comer sus bayas, y los churros a precio de caviar.
Con un ardor de estómago “in crescendo”, presagio de regüeldos y ventosidades, incluso algún episodio diarreico, nos dirigimos hacia el andén donde se encontraba, presta a lanzarse al “camino de hierro”, la original composición de época que daba nombre a aquel tour.
—¿Te has traído las Rennie? –me preguntó mi mujer–. Es que me ha empezado un ardor de estómago que...
—Sí, ahora te doy una y yo me tomo otra –respondí–, que yo también tengo acidez. Me parece que nos las vamos a comer como gominolas. ¡Joder, si es que nos han envenenao! Lo malo es que no hemos traído orinal ni Fortasec, y me parece recordar que en estos trenes no hay váter. Verás cómo la vamos a liar como nos dé una diarrea... ¿podremos cagar en el palacio?
—Seguro que no –me respondió–, porque nuestros culos no son nobles. Oye, ¿y cómo haría la gente cuando estos eran los trenes que había? –añadió.
—Pues subiendo al tren “comidos, bebidos, cagaos y meaos” –respondí.
Y, de no ser así, aguantar entre parada y parada, porque estos trenes paraban en todas las estaciones y apeaderos y además eran muy lentos. Mi padre contaba que, cuando se vino de joven a Madrid, fue a caballo desde Piedralaves hasta Almorox y allí tomó el tren a Madrid. Decía que, en las cuestas, mientras cruzaban alguna zona de viñedos, algunos pasajeros saltaban del tren en marcha, afanaban algunos racimos de uvas y volvían a subirse, y hasta trincaban alguna sandía o algún melón, si el tren atravesaba algún cultivo de ellos. Lo que podían pillar.
Efectivamente, el tren era de época, con locomotora de vapor y vagones de madera con jardineras. Una joya de museo en la que iríamos “lanzaos a tumba abierta” a disfrutar de un idílico día en Aranjuez. Junto a él se apiñaba una mezcla de personas de todo tipo y pelaje, en la que predominaban los niños en esa edad en la que las visitas turístico-culturales les resultan un coñazo y se dedican a hacer todo lo posible para joder la pava a los adultos del entorno, incordiar, gritar, quejarse, pelearse, insultarse, llorar...
El tren evocó el recuerdo de mis jovencísimos comienzos cinegéticos, cuando me inicié en esta ciencia saliendo de caza con un primo siete años mayor que yo. Viajábamos en trenes similares, en vagones de tercera clase (se decían de tercerola), con los mismos asientos de listones de madera que dejaban su impronta en nuestros traseros, para acceder a algún pueblo donde perseguir a las perdices en su entorno, a tiro limpio, vuelo a vuelo, muchas veces con parco resultado.
—No las mataremos, no, pero las echamos del término municipal –decía mi primo, con los cañones de la escopeta más calientes que las pistolas del Coyote.
—O las dejamos sordas –añadí yo.
La atención a bordo del Tren de la Fresa corría a cargo de unos figurantes disfrazados de época, que ya desde temprano sudaban con profusión bajo sus pesados ropajes. El día se presentaba para ir, no en mangas de camisa o camiseta, no, sino en mangas de calzoncillos... o incluso en mangas de pelotas.
Como era natural, los vagones no contaban con aire acondicionado y el viaje resultó una tortura, aunque trataran de endulzarlo cuando unas jóvenes, vestidas también a la antigua usanza, con gruesos ropajes de bello colorido y hasta con pañoletas sobre los hombros (digo yo que serían para no coger frío en el costillar y el cogote), recorrieron los vagones ofreciendo a los pasajeros unos “dulces” fresones de “Aranjuez”, ácidos como limones y de invernaderos almerienses.
Sudando como en una sauna, con las ventanas cerradas para evitar que algún nene la liara asomando la cabecita por ellas, el culo dolorido y a rayas por los listones de madera de los asientos, hartos de antiácidos y con las Trompas de Eustaquio perjudicadas por la algarabía de los “querubines”, que no pararon de joder la pava durante todo el viaje con sus gritos, saltos, carreras y peleas (lo que demostraba el acierto del sabio que dijo que los niños eran como lo pedos, que tan sólo se soportaban los propios), recalamos en la estación de Aranjuez y desde allí, apeonando más de un kilómetro, arribamos en forma de rebaño de obedientes merinas al palacio cuya construcción, según nos contaron, había iniciado Felipe II (El Prudente), que debió elegir luego para su estancia un lugar más fresco como El Escorial. La continuó Fernando VI (El Justo o El Prudente, también) y luego Carlos III (El Mejor Alcalde de Madrid o El Político) y amplió la edificación con añadidos Carlos IV (El Relojero, El Cazador o El Cornudo), el que vendió España a Napoleón y casó con María Luisa de Borbón-Parma, que tras 24 embarazos parió 14 hijos de los que sólo 7 llegaron a la edad adulta uno de los cuales fue Fernando VII (El Deseado o El Rey Felón), que disfrutó de toda la construcción y ampliaciones. Se decía que, en su lecho de muerte, la reina confesó que ninguno de sus hijos lo era de su marido.
—MIRA, QUINITA –EXPUSE DELICADAMENTE MI OPINIÓN–, ESTO ES UNA PUTA MIERDA COMO EL SOMBRERO DE UN PICADOR, Y YO YA ESTOY HASTA LAS PELOTAS DEL CALORAZO, DE LAS «JARTÁS» A ANDAR, DE LA POMPA QUE RODEA TODO ESTO, DEL PALACIO, DE LOS RELOJES, DE LOS JARDINES Y DE LAS FALÚAS.
Continuó el periplo con otra caminata de otro kilómetro largo hasta el museo de las Falúas Reales, donde se exponían unas barcazas propulsadas por “motores a legumbres”, o sea, por galeotes de potentes brazos y encallecidas manos que remaban conteniendo las ventosidades que aquella ingesta les provocaba, para evitar duros castigos, mientras la realeza disfrutaba de algún piscolabis, acompañado de selectas bebidas, dedicados a amenas charlas y pícaros juegos.
—Mira, Quinita –expuse delicadamente mi opinión–, esto es una puta mierda como el sombrero de un picador, y yo ya estoy hasta las pelotas del calorazo, de las “jartás” a andar, de la pompa que rodea todo esto, del palacio, de los relojes, de los jardines y de las falúas. Solamente nos falta disfrutar de una comida de mierda (incluida en la excursión) y disfrutada en manada compartiendo mesa con unos desconocidos con nenes incluidos. Mejor nos damos un homenaje por libre en un restaurante con aire acondicionado, volvemos a la estación y caminito a casa. Y luego, a olvidar la pesadilla de este día.
—O damos un paseo por el río –dijo ella.
—Mira, el río Tajo casi me lo tengo “buceao” de las veces que me he caído en él cazando patos –respondí–. Mejor el restaurante y a Madrid.
Y así lo hicimos. En la estación se concentró de nuevo el rebaño. Todos con aspecto de derrotados por las caminatas y echando pestes de la comida.
A pesar de que, en esas circunstancias, la tranquilidad reinaba en los vagones, porque la mayor parte del personal se había dormido o al menos los nenes carecían de energía para meter más bulla, propuse a mi mujer que saliéramos a la jardinera del vagón, donde al menos nos refrescaría un poco el aire. Al llegar a la estación de Atocha teníamos la cara cubierta de carbonilla. Parecíamos picadores a la salida del relevo de una mina de carbón. Era la servidumbre por haber gozado de una experiencia “vintage”.
Recordé el cuento aquél del tipo que llegó al andén de la estación de Atocha, cuando su tren con destino a Barcelona acababa de arrancar. El hombre corrió por el andén para alcanzarlo y en el último momento saltó a la jardinera del último vagón, agarrándose a ella quedando colgando suspendido por el exterior. Un pasajero que se encontraba fumando en la plataforma se lanzó en su ayuda sosteniéndolo agarrado por los brazos, mientras el tren adquiría velocidad.
LA REALEZA Y SUS CORTESANOS GOZABAN DE TODOS LOS PRIVILEGIOS Y PLACERES IMAGINABLES MIENTRAS SUS SÚBDITOS SE MATABAN LOS PIOJOS A PEDRADAS Y EL HAMBRE CON GACHAS O MIGAS HUÉRFANAS. HOY, TODO HA CAMBIADO SIN CAMBIAR. LOS POLÍTICOS SON LOS NUEVOS CORTESANOS, EL MONARCA CUALQUIER PRESIDENTE DEL GOBIERNO Y LOS CIUDADANOS LOS PAGANOS.
—¡No me suelte, por Dios, no me suelte! –gritaba el “colgao”.
—Tranquilo, hombre, que no le suelto –respondía el pasajero de la jardinera.
—¡Pero, por lo que más quiera! –repetía el hombre mientras el tren alcanzaba velocidad–. ¡No me suelte!
—Que no, hombre, que no le suelto –respondía el de la plataforma mientras aferraba fuertemente los brazos del otro.
Y así, repitiendo una y otra vez el “no me suelte” de uno y el “no se preocupe que no le suelto” del otro, llegaron a la estación de Coslada, donde el tren se detuvo, momento en el que el pasajero de la jardinera comenzó a aflojar la presión para soltar al “colgao”.
—¡No, no, por Dios, no me suelte! –gritó de nuevo éste.
—Pero, hombre, si ya estamos parados –respondió el buen samaritano–, ya puede usted soltarse y entrar en el tren...
—¡No, no, por favor, no me suelte! –respondió el otro–, que es que al saltar a la jardinera se me han enganchao los tirantes en un farolillo de la estación de Atocha.
De aquella excursión deduje que las reinas también podrían ser mujeres de parrús insaciable, alegre y facilón y España podía ser gobernada por prudentes, justos, alcaldes, políticos, relojeros, cazadores, cornudos, deseados o felones... indistintamente. Aprendí que la realeza y sus cortesanos gozaban de todos los privilegios y placeres imaginables mientras sus súbditos se mataban los piojos a pedradas y el hambre con gachas o migas huérfanas. Hoy, todo ha cambiado sin cambiar. Los políticos son los nuevos cortesanos, el monarca cualquier presidente del Gobierno, los validos sus ministros, los politicastros, funcionarios y paniaguados sus servidores y los ciudadanos de a pie, los paganos, o sea, los de toda la vida.
—Esteban –me dijo mi mujer al llegar a casa–, tenemos que decirles a los chicos que la excursión nos ha gustado mucho.
—Sí, pero sin pasarnos –respondí–, no vayan a creer que nos ha sabido a poco y nos regalen otro viaje, como para el Tren de los Melones, que lo mismo se lo inventa alguno para promocionar Villaconejos y la jodemos, porque te vas tú sola.
—Hijo, desde luego... ¡cómo eres! –me respondió.
Esteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas










































