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En verano me gusta traerles alguna de esas noticias rarunas que asaltan a los españoles cuando el sol pega con fuerza en la mollera y el país, convenientemente cocido a fuego lento, comienza a comportarse como una sobremesa demasiado larga. En años anteriores tuvimos aquel toro descomunal que parecía escapado de una pesadilla mitológica y la piña colocada estratégicamente en el carro del Mercadona para encontrar pareja. Uno agradece estas cosas. Ayudan a sobrellevar agosto y demuestran que, incluso al borde del disparate, todavía conservamos cierta imaginación.
Son noticias ligeras, inofensivas y perfectamente veraniegas. Historias que permiten llenar unos minutos de televisión, provocan algunas bromas en las redes sociales y desaparecen sin dejar más rastro que un par de memes y alguna conversación de barra de bar. El verano español siempre ha necesitado sus monstruos y sus romances de supermercado.
Este año, sin embargo, cuando falta aproximadamente un mes para que ustedes lean estas líneas, apenas encuentro una extravagancia suficientemente desenfadada con la que apretar La Última. España alcanzó su segunda estrella en el Mundial de fútbol y durante unas horas volvimos a ser aquel pueblo ibero capaz de abrazarse a un desconocido, cantar sin saber la letra y creer que todos los problemas nacionales podían resolverse con un gol. Fue una catarsis colectiva, una de esas treguas que el fútbol concede de cuando en cuando a los países fatigados. Durante unas horas hubo banderas en los balcones, bocinas en las calles y una felicidad sencilla. No había bloques, trincheras ni argumentarios. Solo una pelota, once jugadores y la sensación de que todavía podíamos compartir algo sin preguntarnos antes a quién votaba el que tenía mos al lado. Pero la alegría duró poco. Después llegaron los incendios y, tras los incendios, la realidad decidió que ya habíamos disfrutado bastante.
Lo ocurrido en Ceuta es, probablemente, el episodio más grave y lamentable en lo que va de verano. Miles de personas atravesaron la frontera desde Marruecos en pocas horas, desbordando los controles, los servicios públicos y la capacidad de respuesta de una ciudad obligada a afrontar una situación extraordinaria. No fue una anécdota migratoria ni una concentración espontánea de jóvenes despistados que habían tomado el camino equivocado hacia la playa. Fue una crisis territorial –por no llamarla invasión– que sembró la inquietud entre quienes viven allí y quienes estamos aquí.
LA IMPREVISIÓN SE HA CONVERTIDO ENTRE NOSOTROS EN UNA ESPECIE DE FENÓMENO METEOROLÓGICO.
Ceuta no es una lejana avanzadilla que podamos contemplar desde la península con unos prismáticos y cierta displicencia. Ceuta es España. Sus vecinos son españoles, sus calles son españolas y su frontera es también la nuestra. Cuando esa frontera se tambalea, no queda únicamente en evidencia la ciudad situada detrás de la verja, sino el Estado entero: su previsión, su diplomacia y su capacidad para reaccionar cuando el vecino decide utilizar a sus propios ciudadanos como instrumento de presión.
Sobre el asunto se han escrito ya ríos de tinta. Se ha discutido sobre Marruecos, las mafias, los servicios de inteligencia, las devoluciones, Europa, la soberanía y hasta sobre las misteriosas virtudes diplomáticas de convertir a un vecino poco fiable en socio preferente. También se ha hablado de imprevisión, aunque la imprevisión se ha convertido entre nosotros en una especie de fenómeno meteorológico: aparece de pronto, nadie sabe de dónde viene y, al parecer, no puede exigirse responsabilidad alguna.
Pero el detalle más raruno de todos, el que verdaderamente merece incorporarse a esa antología estival de la España inexplicable, llegó después. Apenas habían transcurrido uno o dos días desde el comienzo de la crisis cuando el presidente del Gobierno inició sus vacaciones y el rey continuó con las suyas. Así, como si tal cosa. Como si lo ocurrido en Ceuta fuese una avería menor en una carretera comarcal y bastara con colocar unos conos hasta que regresara el personal competente. No sostengo que quienes gobiernan deban renunciar al descanso, dormir vestidos junto a un teléfono rojo o presentarse personalmente en cada incendio con una manguera. Tampoco espero que el monarca patrulle el Tarajal a caballo. Pero en política las formas no son un adorno: forman parte del fondo. Permanecer, comparecer y transmitir que se comprende la gravedad de lo sucedido constituye una obligación elemental.
Un gobernante no solo administra presupuestos, firma decretos o preside reuniones. También representa al Estado en los momentos difíciles. Su presencia no resuelve por sí sola una crisis, pero su ausencia puede transmitir distancia, despreocupación o la sospecha de que para quienes mandan ciertos problemas quedan demasiado lejos de sus residencias de verano. Quizá uno se toma estas cosas con demasiada seriedad. Tal vez no sean más que episodios que pasan: arde el monte, cede una frontera, se desbordan los servicios públicos y el país continúa girando mientras sus autoridades buscan una cala tranquila o preparan una regata.
Al final, nuestros gobernantes han convertido la indolencia en método de gobierno: si el problema no desaparece por sí solo, siempre queda marcharse de vacaciones y confiar en que, a la vuelta, otro lo haya resuelto o la actualidad termine enterrándolo bajo un nuevo incendio, otra imputación o el siguiente escándalo de turno.
Enrique Pampliega












































