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Actualidad

01 Septiembre 2026

Los Capitanes. Esteban Langa Fuentes

Esteban Langa

Bermúdez y Bernardo eran dos capitanes de Infantería destinados en el CIR de Casar de los Fierros, un Centro de Instrucción y Reclutamiento donde cursaban su periodo de formación inicial los “mozos”, llamados “quintos”, obligados a cumplir el Servicio Militar, cuando éste todavía no había sido abolido en España.

Bermúdez y Bernardo eran naturales de un pequeño pueblo castellano, donde nació su inquebrantable amistad en sus primeros años, en el tránsito por la escuela rural, apego que les acabó convirtiendo en inseparables.

Compañeros de pupitre, obligados por la contiguidad de sus apellidos, lo siguieron siendo en todo durante la carrera militar, a la que accedieron tras cursar, también juntos, lo que en aquella época se conocía como bachillerato, llegando a ser padrinos de boda, cada uno del otro.

Resultaba curiosa esa gran amistad entre aquellas dos personas de carácter totalmente opuesto, porque mientras Bermúdez era metódico, afable, serio, tranquilo, nada aficionado a la jarana ni al puterío, abstemio, firme en sus principios y de una fidelidad absoluta a Herminia, su primera y única novia, hoy su esposa, Bernardo representaba todo lo contrario.

Bernardo era en cambio jaranero, bebedor, aficionado a la juerga y sobre todo putero, hasta extremo de gozar de un rappel en el puticlub cercano, en función del número de prestaciones sexuales de cualquier índole que recibiera a lo largo del mes, ya fueran felaciones, coitos, enculamientos, sesenta y nueves... que el establecimiento le abonaba como en el Carrefour a sus clientes, mediante “cheques regalo” por nuevas prestaciones gratuitas. Se decía que visitaba las casas de lenocinio provisto de cuaderno rayado y lapicero para tomar apuntes, cual aplicado estudiante, de las posturas, sistemas, ejercicios, ardides... en fin, de todo aquello que podía mejorar e incluso sublimar el gozo de la coyunda.

Apoyó, que no sentó, la cabeza tras contraer matrimonio con su última novia, de nombre Virtudes, como si de una broma del destino se tratara. La ceremonia se celebró en la iglesia del pueblo natal de la chica, a la que Bernardo acudió encañonado por su futuro suegro con una vieja Sarasqueta paralela, del calibre doce, cargada con un par de cartuchos Orbea reforzados, de setenta milímetros con posta lobera de tres en piso, cuando la chica estaba de siete meses y de mellizos, aunque él porfiaba que solamente le había metido la puntita y que el resto lo había usado tan sólo para empujar.

CUANDO ESTÁBAMOS A PUNTO DE IRNOS, O COMO SE DICE EN SUDAMÉRICA, DE VENIRNOS, SIN QUE ELLA SE DIERA CUENTA, ECHÉ MANO A LA CARTUCHERA, SAQUÉ EL NUEVE LARGO Y PEGUÉ UN PAR DE TIROS AL TECHO... ¡PUM! ¡PUM!... ¡LA HOSTIA, CHICO! EL RUIDO DE LOS DOS CAÑONAZOS, EL HUMO, EL OLOR A PÓLVORA... LOS TROZOS DE YESO DEL TECHO CAYÉNDONOS ENCIMA... ¡IMPRESIONANTE. SALVAJE

Contaban que en esa tesitura, cuando el cura preguntó que si aceptaba a Virtudes como esposa, Bernardo, mirando al futuro suegro respondió:

—Nos ha jodío... ¿usted qué cree, don Tirso.

Tras el matrimonio, la buena de Virtudes, de la que se decía que su nombre era fiel reflejo de su personalidad, consiguió refrenar los ímpetus perdularios extramaritales de Bernardo, a los que se había hecho adicto durante su empedernida soltería.

Virtudes aceptó, al principio sufridamente, sus prácticas amatorias no convencionales, hasta que les pilló el tranquillo y el gusto, haciéndose entonces partícipe activa en aquellas que aquél había aprendido en los lupanares de su juventud gracias a su aplicación al estudio erótico, de los que ahora Virtudes se beneficiaba.

—Si me hubieran examinao de jodienda, hubiera sacao un “Summa cum Glande” –presumía Bernardo.

El matrimonio significó una merma en el dispendio económico que representaban los puteros vicios de Bernardo, aunque, por otro lado, perdió las bonificaciones de las casas de lenocinio que antes frecuentaba con asiduidad y a las que ahora hacía vistas esporádicas, habiéndole sido retirada la calificación VIP (Very Important Putero) de la que gozaba en ellas.

Cierto día, Bermúdez se encontraba en el bar de oficiales del cuartel, absorto, ido, con la vista perdida, mirando a la nada sin ver, con un café sobre la barra, que aún no había probado. El café estaba frío, cuando Bernardo apareció en la cantina, alegre, dicharachero, tarareando “la Macarena” y lanzando su pedido a Ricardito, el soldadito que, tras la barra, estaba secando unos vasos.

—Ricardito, mariconazo, ya me estás poniendo mi vinito –dijo Bernardo, dirigiéndose al soldado–, que ya estás tardando, coño. Si es que tiés que ponerte en marcha solamente con presentir mi llegada, que andas acarajotao, que tiés que darle al cuerpo más alegría que la Macarena, chaval.

—Pero, mi capitán, ¿a estas horas? –respondió el chaval—. Son las nueve de la mañana...

—Ni nueve ni nueva –respondió Bernardo–. ¿No ves que me he extraviao en el desierto del Gobi y vengo seco? Coño, Ricardito, ¿es que no tienes ya suficientemente constatao que ni el pirriaque ni la jodienda tienen horas para mí. Yo vivo siempre en estado de alerta, más atento al toque de corneta a bebercio o a follercio que a generala. Siempre con el gañote listo y el trabuco amartillao y en prevengan, por si cae algo.

Mientras Ricardito le servía el rioja, Bernardo se situó al lado de Bermúdez.

—Coño, Bermúdez, mala cara te veo hoy. Seguro que andas pensando, y mira que te tengo dicho que eso de pensar es muy malo pal cerebro y el riñón pero sobre todo pa las almorranas, cuando piensas con el culo –trataba de animar a su amigo–. Anda, ilústrame con tus profundas reflexiones aristotélicas.

—Mira, lo que ocurre... ¿cómo te diría?... es que estoy viendo cómo ha cambiado mi vida. La pasión que tenía cuando me casé con Herminia, que es que no parábamos de hacer el amor, y ahora se nos pasan los días y las noches sin tocarnos siquiera. Hemos entrado en una abulia total, ha cambiado todo...

—Nos ha jodío, amigo –respondió Bernardo–, eso es lo normal, porque tú, que fuiste virgen al matrimonio, pretendes seguir “haciendo el amor” con Herminia y eso ya no es normal. Con el tiempo transcurrido, ahora lo que necesitáis los dos es follar, no hacer el amor, y para eso hay que echarle variedad, y tú, o te vas a putas de vez en cuando o...

—Eso ni lo hice ni lo haré –le interrumpió Bermúdez–, porque para mí la fidelidad...

—¡Calla, cojones!, que no he terminao mi exposición magistral –le cortó Bernardo, para continuar–, y como tú no eres putero y para ti sólo existe tu Herminia, por lo menos tienes que ser imaginativo, y darle a la coyunda sexual matrimonial un escenario variado, un entorno diferente cada vez, incorporando también a la jodienda variedad, encanto y sorpresa, que una cosa es “hacer el amor” y otra “echar un polvo”, y me da a mí que la felación o toque de trompeta, el cunnilingus, el sesenta y nueve, el griego... en fin, esas virguerías tan ricas no existen para vosotros y son fundamentales para el mantenimiento del atractivo entre las parejas después de cierto tiempo, y especialmente si es mucho el transcurrido tras el matrimonio.

—Pero... esas cosas... ¿el sesenta y nueve con Herminia? Yo... no sé... no sé... –dudaba Bermúdez.

—Mira, Bermúdez, todas esas cosas mejoran el gustirrinín sexual y evitan el aburrimiento –le animó Bernardo–. Lo que pasa es que en este país hay mucho cinismo. Por ejemplo, las estadísticas sobre el sesenta y nueve dicen que el cuarenta y dos con veintitrés por ciento de los españoles lo practican, pero no se lo cuentan a nadie, el treinta y cinco con cincuenta y dos por ciento lo practican y lo comentan con los demás sin problema, porque no les da corte contarlo.

—¿Y el veintidós con veinticinco restante? –preguntó Bermúdez, que ya desde crío era un fenómeno con las cuentas.

—¡Coño, pues que no saben lo que se pierden –le espetó Bernardo, entre risas, acompañado en el jolgorio por Ricardito–, y tú, mi capitán, eres de ese veintidós con veinticinco por ciento.

—¿Y qué puedo hacer? –preguntó Bermúdez.

—Inventar, imaginar... Mira, te voy a poner un ejemplo –respondió Bernardo, que a continuación comenzó su discurso–. Ayer me puse a echar un polvo con Virtudes al llegar a casa. Llegué pronto porque habíamos quedado en salir a cenar fuera y me la encontré arreglándose en el baño. Se acababa de duchar, tenía puestas las bragas, nada más y estaba pintándose los labios, descalza y de puntillas apoyándose en el lavabo pare verse en el espejo. Tenía el culito en pompa, durito y respingón. Fue como escuchar la corneta tocando el “presenten armas”. Me vino un brusco trempamiento. Chico, la ocasión pintaba para atacar y ataqué. Mira, agarrados los dos a los grifos del lavabo, mis manos sobre las suyas... acojonante. Virtudes iba como loca y yo le veía la cara en el espejo. No veas cómo empujaba. Lo que se dice un polvo salvaje. Yo creía que arrancábamos el lavabo y toda la fontanería... hasta el bote sifónico.

BERNARDO ERA EN CAMBIO JARANERO, BEBEDOR, AFICIONADO A LA JUERGA Y SOBRE TODO PUTERO, HASTA EXTREMO DE GOZAR DE UN RAPPEL EN EL PUTICLUB CERCANO, EN FUNCIÓN DEL NÚMERO DE PRESTACIONES SEXUALES DE CUALQUIER ÍNDOLE QUE RECIBIERA A LO LARGO DEL MES, YA FUERAN FELACIONES, COITOS, ENCULAMIENTOS, SESENTA Y NUEVES... QUE EL ESTABLECIMIENTO LE ABONABA COMO EN EL CARREFOUR A SUS CLIENTES, MEDIANTE «CHEQUES REGALO».

Pero, por si era poco, cuando estábamos a punto de irnos, o como se dice en Sudamérica, de venirnos, sin que ella se diera cuenta, eché mano a la cartuchera, saqué el nueve largo y pegué un par de tiros al techo... ¡pum! ¡pum!... La hostia, chico. El ruido de los dos cañonazos, el humo, el olor a pólvora... los trozos de yeso del techo cayéndonos encima... ¡Impresionante. Salvaje! Pa entrar en coma. ¿Ves? Con todo ese decorao, y los tiros... la novedad... algo diferente, distinto. ¡Hazme caso, coño! Imagina y prueba sitios, posturas, efectos, formas... y verás que el aburrimiento desaparece.

—Pues, habrás jodido el techo del baño, ¿no? –respondió Bermúdez.

—¡Hay que joderse, Bermúdez! ¿Eso es todo lo que se te ocurre? –respondió Bernardo–. ¡No tienes remedio! Mira, al techo le pueden dar por culo, aunque no tenga culo. Como si lo demuelo a tiros... lo hundo... porque el polvo valía la pena. ¡Ricardito! Echa otro vinito, mariconazo –voceó Bernardo al soldadito de la cantina–, que es pa soportar las depresiones que me da aquí mi amigo. ¡Es que me va a matar la cirrosis por su culpa, coño!

Pasaron tres días en los que no coincidieron porque Bernardo tuvo que desplazase a la capital por una gestión, pero a su retorno coincidió con su amigo en la cantina, encontrándole en la misma postura y con peor aspecto y más triste que la última vez que coincidieron.

—¡Ricardito, cabronazo, ya estás tardando con el vinito! –apareció Bernardo, cascabelero, en la cantina–. Si es que tenías que presentirme, como hace mi perro, que antes de que llegue a casa ya está moviendo el rabo... como yo cuando presiento a Virtudes. ¡Pero, mira quien está aquí...!, si es mi buen amigo Bermúdez. ¡Pero, coño Bermúdez, si tienes peor cara que la última vez que nos vimos!

Bernardo se dirigió ahora a su amigo, que sentado en un taburete, con otro café ante él, miraba al infinito.

—Seguro que no has hecho ni puto caso de mis consejos. Con esa cara...

—Pues sí, Bernardo, sí. Sí que te he hecho caso y en maldita hora –respondió–. Si es que siempre me llevas al huerto.

—¡Coñó, no me jodas! Pero... ¿qué te ha ocurrido, camarada? –preguntó Bernardo, divertido–. No me digas que has liao alguna.

—Cojonuda se ha liao –respondió Bermúdez–. Como ayer se suspendió el tiro, volví a casa antes de la hora habitual. Y nada más entrar en casa se me echó al cuello Herminia, que venía corriendo por el pasillo. Venía en bragas y se me vino encima como loca, diciendo que quería hacer el amor allí mismo, en el suelo, en ese momento, encima de la alfombra. Empezó a desnudarme, como en las películas. La ayudé a quitarme la ropa y me acordé de ti, de lo del sesenta y nueve y los tiros así que me dejé la pistola a mano. Comenzamos la jarana allí mismo. Se dejaba llevar y empezamos con el sesenta y nueve, ella encima y yo debajo. Todo iba bien y cuando, como tú me dijiste, noté que nos íbamos a ir, agarré la pistola y pegué un par de tiros al aire.

—RICARDITO, MARICONAZO, YA ME ESTÁS PONIENDO MI VINITO –DIJO BERNARDO DIRIGIÉNDOSE AL CHAVAL–, QUE YA ESTÁS TARDANDO, COÑO. SI ES QUE TIÉS QUE PONERTE EN MARCHA SOLAMENTE CON PRESENTIR MI LLEGADA, QUE ANDAS ACARAJOTAO, QUE TIÉS QUE DARLE AL CUERPO MÁS ALEGRÍA QUE LA MACARENA. —PERO MI CAPITÁN ¿A ESTAS HORAS? –RESPONDIÓ EL CHAVAL–. SON LAS NUEVE DE LA MAÑANA...

—¿Y...? –preguntó Bernardo, impaciente por conocer la respuesta.

—Pues, que con la impresión –continuó Bermúdez–, Virtudes se me cagó y se me meó en la cara y me pegó un mordisco en la polla que me han tenido que dar doce puntos. Uno de los tiros debió pegarle a la cadena de la que colgaba la lámpara, la “araña” que tú conoces, la que tenía en el salón, que es enorme y pesa veinte kilos y que era un regalo de boda de los padres de mis suegros.

—¡¿Y qué pasó?, suéltalo ya! –insistió Bernardo, desesperado.

—Pues, que la puta lámpara se desprendió y cayó encima de la mesa, la que nos regalaron mis padres también por la boda. La lámpara se ha hecho trizas y la mesa astillas.

—¡Uy, la hostia, la que has liao! –exclamó Bernardo, impresionado.

—Espera, que no he terminao –continuó Bermúdez.

—¿Todavía hay más? –preguntó Bernardo.

—Después del follón, pasó como una flecha, saltando por encima de nosotros, el comandante Garrido. Iba en pelotas, corriendo como un corzo hacia la calle, con la ropa en brazos y gritando: ¡No tires, Bermúdez! ¡No dispares! ¡No me jodas, que soy tu superior! ¡No me tires!

Esteban Langa FuentesEsteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas


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