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Dos amigos que hacía mucho tiempo que no se veían, Ricardo y Germán, se cruzaron en la calle, cerca del domicilio del primero, y se liaron a charlar.
—¿Germán?... ¿Eres tú?... ¿Eres Germán?
—¿Y tú?... Tú eres Ricardo, ¿no?
—¡Claro! –respondió Ricardo.
—Pero... ¡Coño!... ¡No me lo puedo creer! ¡Cuánto años! –exclamó Germán lanzándose a abrazar a Ricardo, que respondió de igual manera.
Aquellos inseparables amigos de infancia y juventud se habían reencontrado al cabo de quince años y sus memorias convergieron, reproduciendo en sus mentes, como en una película a cámara rápida, aquellas vivencias, tanto disfrutadas como sufridas, que asomaban de vez en cuando en la lejanía de sus recuerdos, provocando esa dulce nostalgia con la que se sobrevaloran los buenos y se suavizan y hasta se blanquean los malos.
No podían dejar pasar de largo la oportunidad que les propiciaba ese encuentro fortuito para actualizar sus currículos, llenando el vacío de aquellos años en los que la vida les había llevado por distintos caminos.
Podría decirse que habían sido colegas desde nonatos. Habían venido al mundo con escasos días de diferencia, pero ya habían compartido su existencia cuando sus respectivas madres, vecinas de rellano de escalera, íntimas amigas, lucían orgullosas sus abultadas barrigas, muestra inequívoca de su preñez, mientras realizaban sus compras en el Carrefour próximo, manteniendo distendidas charlas en las que ponían a parir a sus respectivos maridos, a sus suegras y a sus mejores amigas comunes, y debatían sobre las notables aportaciones culturales al progresismo de los programas y tertulias de Telecinco, su tele favorita.
Su confianza era tal que, con harta frecuencia, cualquiera de ellas se hacía cargo de ambos chiquillos, como si de hermanos se tratara, mientras la otra le daba algún gusto extramarital al parrús, regalándose un satisfactorio orgasmo con algún amante ocasional (en sus hogares no se usaba butano).
Ricardo y Germán no podían dejar pasar la oportunidad de rellenar aquel vacío y conocer cómo les había ido la vida en esos años y, dispuestos a ponerse al día, se dirigieron a una cafetería cercana para charlar distendidamente.
 —¡HOSTIAS! ¡ESTARÁS DE COÑA, ¿NO?! –EXCLAMÓ RICARDO–. NO ME JODAS, QUE ERES UN ASESINO... NO ME LO PUEDO CREER. —SOY SICARIO PROFESIONAL –APOSTILLÓ GERMÁN– Y GANO MUCHO DINERO. MATO O DESGRACIO POR ENCARGO Y COBRO POR OBJETIVOS LOGRADOS.
Habían perdido el contacto tras finalizar la carrera de derecho que habían cursado juntos. Ricardo había comenzado a trabajar en una constructora y Germán se había trasladado a Barcelona.
Aunque la actividad de Ricardo comenzó en el departamento de personal, poco a poco fue abriéndose paso ascendiendo en el organigrama de la constructora.
Falto de empatía, carente de escrúpulos y más traicionero que Bellido Dolfos, Ricardo fue ascendiendo en puestos directivos hasta ocupar el de subdirector del departamento jurídico de la compañía, en el que ya urdía las trapisondas y felonías necesarias para apuñalar por la espalda (metafóricamente) a su actual jefe, dispuesto a ocupar el sillón de director. Lo normal en las empresas.
Había matrimoniado con una distinguida y bella fémina de familia de notable abolengo, afín al Opus y forrada de dinero. Una inocente y cándida palomita educada en un colegio de monjas, virgen y carente de malicia; una niña pija y rica, ciega para las veleidades de su marido. No habían tenido hijos, y Ricardo disfrutaba de una suntuosa existencia en la que no escaseaban las amantes de lujo, sin que su esposa sospechara de sus infidelidades.
—Es que no paro, tío –exclamaba entre risas–, creo que me voy a tener que recauchutar la banda de rodadura del glande, porque se me está desgastando el dibujo y tengo el prepucio más curtido que los zahones de un cowboy... Y mi mujer ni se cosca; es de una candidez absoluta.
Al terminar su perorata, Ricardo interpeló a su amigo:
—Bueno, ahora cuéntame sobre ti, Germán. ¿Qué ha sido de tu vida desde que desapareciste? ¿Te casaste?
—No, qué va, sigo soltero.
Germán recordó el lejano día en el que, sentado en la taza del retrete de la casa de Emilia, escuchó aquella aciaga conversación, mientras temía ser descubierto por la sonoridad de las brutales ventosidades que acompañaban, entre retortijones la expulsión de la abundante materia fecal generada por la brutal ingesta de chocolate con picatostes de la que ambos pequeños habían disfrutado, cuando Maruja lo había dejado aquella tarde con Ricardo, al cuidado de Emilia, argumentando que ella iba al centro de salud para someterse a unas pruebas analíticas.
—¡Coño, Maruja! –se quejaba Emilia–. Ya iba siendo hora de que volvieras, que te has pirao a las tres y son las nueve. Te has pasao. A ver qué le cuento yo a mi marido si aparece y me ve con los dos niños en casa. Además, figúrate si llega el tuyo. Vaya papelón. Un día te va a pillar y te va a cornear.
—Perdona. Emilia, pero es que se nos ha ido el santo al cielo. Es que el tipo estaba verraco... como loco. Venía de Zaragoza, y como hacía mucho que no había echao un quiqui, decía que había empezao ya a trempar a la altura de la Almunia de doña Godina, y ha llegao a Madrid más encandilao que Príapo. Como el mástil de la bandera la traía, y hasta que se le ha bajao la turgencia... Como un toro.
—Ya. Como toros los dos, el maño por el rabo y tu marido por los cuernos –respondió Maruja.
—Oye, oye, que hoy por ti y mañana por mí, que tú con el de Toledo...
Germán jamás mencionó a Ricardo aquella conversación entre sus progenitoras, esas dos pendones que coronaban a sus padres (si lo eran realmente aquellos con los que convivían) con las cornamentas de la infidelidad, pero inoculó en él la animadversión al matrimonio. No iba a mencionar aquello ahora. Prefirió justificarse con otro argumento.
—Mi trabajo es complicado, cambio continuamente de residencia, vivo en la clandestinidad y no me veo uniéndome a una mujer en un compromiso de por vida –continuó Germán–. Tengo eventuales amores en los diferentes puertos en los que recalo y no me complico la vida.
—Pero, hombre, haz lo que yo –le atajó Ricardo–. Te buscas una tontita, virgen, inocente, rica y a vivir. Ella va de iglesias y tú de putas; de lujo, claro.
—Ya, pero eso no es para mí. Pero bueno, como sabías, me fui a Barcelona –continuó Germán– y allí comencé a trabajar en un famoso despacho de abogados que, de forma jocosa, los propios empleados denominábamos “Drogados & Corrupciones”, en asuntos más que turbios, hasta que vi con total claridad que para delinquir para otros por un sueldo, sería más rentable delinquir para uno mismo. Y oye, por cierto, de todo esto ni media palabra a nadie. ¿Jurado? –añadió.
—Por supuesto –concedió Ricardo con gesto firme.
—En el bufete me tocó en suerte colaborar en la defensa de un ruso acusado de cometer asesinatos por encargo. Conseguí que lo declararan inocente y se librara del talego. Eso hizo que creciera una amistad entre ambos y lo conocí a fondo. El tipo estaba forrado. Me propuso entrar en el negocio y nos acabamos asociando para trabajar asesinando por encargo en todo el mundo.
—¡Hostias! ¡Estarás de coña, ¿no?! –exclamó Ricardo–. No me jodas, que eres un asesino. No me lo puedo creer. ¿De verdad? —Soy sicario profesional –apostilló Germán– y gano mucho dinero. Mato o desgracio por encargo y cobro por objetivos logrados.
—¡Coñó! ¿Y cómo te cepillas a la gente? –inquirió Ricardo.
—Mato o desgracio a veces simulando un accidente –respondió Germán–, un atropello, una caída por un barranco o por una ventana... Todo depende del objetivo y del interés del cliente o el mensaje que quiera enviar y a quien. Otras veces mato con veneno, estrangulando o apuñalando... Con un disparo, con una pistola, una 9 mm con silenciador si realizo la ejecución a media distancia, o a quemarropa con un 38 Chato, o a larga distancia con un rifle con mira telescópica... Tengo una colección de armas de todo tipo. Son mis herramientas, aunque a veces empleo elementos naturales, menos sofisticados, más ecológicos, como un canto rodado, un ladrillo macizo, una maceta... Para desgraciar, el quemado con ácido, el rajado de cara, el tiro en la rodilla... cualquier cosa. Hasta la manta de hostias convencional a mano, con puño americano o un repaso en la testa con cachiporra, o el culatazo en los dientes... todos producen resultados muy satisfactorios.
AQUELLOS INSEPARABLES AMIGOS DE INFANCIA Y JUVENTUD SE HABÍAN REENCONTRADO AL CABO DE QUINCE AÑOS Y SUS MEMORIAS CONVERGIERON, REPRODUCIENDO EN SUS MENTES, COMO EN UNA PELÍCULA A CÁMARA RÁPIDA, AQUELLAS VIVENCIAS, TANTO DISFRUTADAS COMO SUFRIDAS, QUE ASOMABAN DE VEZ EN CUANDO EN LA LEJANÍA DE SUS RECUERDOS.
—¿Y eso es muy caro? ¿Qué precios tienes? –preguntó Ricardo.
—Depende –respondió Germán–. El asesinato viene estando en veinticinco mil euros por pieza y el precio por desgraciar es muy variable, pero puede andar entre tres mil por un tiro en una zona del cuerpo que no sea mortal, como una pierna o un brazo, alrededor de dos mil por una tunda con bate de béisbol en las costillas o un repasito a base de cachiporra en la cabeza o mil por una manta de hostias con puño americano o la rotura de dientes con la culata del 38... El precio final se ajusta antes con el cliente al concretar el método y el alcance.
—¡Increíble! –exclamó Ricardo–. Tienes que dejarme tu teléfono por si me hace falta conectar contigo para apiolar a alguien. Oye, por cierto, a mí me gusta la caza y las armas y de vez en cuando voy a alguna montería, pero tiro con escopeta. Tengo una repetidora Franchi, una paralela Sarasqueta y una Winchester superpuesta, pero estoy pensando en comprarme un rifle de caza mayor. Tú de eso debes saber bastante, ¿no?
—Por supuesto, y en eso puedo aconsejarte –dijo Germán–, incluso, si quieres, puedo enseñarte el rifle mío, que lo tengo en el hotel, ahí enfrente.
—¿Estás hospedado ahí? –dijo Ricardo señalando con su dedo el lujoso hotel al otro lado de la acera–. ¡Pero qué casualidad!, si yo vivo allí encima; justo enfrente. Pero... ¿qué haces por aquí?
—Tengo un encargo cerca y estoy preparando la estrategia para apiolar a un tipo. Pero eso es confidencial y no puedo contarte más. Sólo dime si quieres que te enseñe mis armas y te recomiende el rifle que deberías comprarte.
—Pues claro. Ya estamos tardando –dijo Ricardo mientras se ponía en pie.
En la habitación del hotel, Germán comenzó a mostrar sus armas a Ricardo, que solamente tenía ojos para el rifle que observaba con arrobo.
—El rifle es un Merkel RH Helix calibre 30-06 –le explicaba Germán, tras haber puesto el arma en manos de Ricardo–, y el visor un Zeiss Conquest V4 6-24X50, para tiro a gran distancia. Tienes casi cinco mil euros en tus manos. Con esto puedo capar a una mosca macho a mil metros.
—¡Qué maravilla! –exclamó Ricardo.
Ricardo encaró el arma apuntando a la calle a través de la ventana de la habitación, barriéndola de un lado a otro en toda su amplitud.
—¡Qué maravilla! ¡Joder qué nitidez!... ¡Y qué aumento! ¡Si se distinguen las pestañas de la gente! –exclamaba, mientras movía el arma comenzando a elevar la línea de tiro observando la fachada del edificio de enfrente–. ¡Mira, mira! ¡Increíble! Pero... pero... ¡Anda la hostia!, pero si esa es mi casa. Coño, mi habitación... y... pero... pero... ¡si es mi mujer!... y con un tío.
¡Y besándose! ¡Ay, su puta madre! ¡Joder con la inocente! ¡Mosquita muerta! ¡Hija de la gran puta! ¡Pero si se están desnudando! ¡Y él! ¡Me cago en sus muertos! ¡Pero si el cabrón es el jefe de contabilidad de la empresa! ¡Hijo de la gran puta! ¡Y tan servicial conmigo! ¡Claro, follándose a mi mujer... para estar agradecido!
Ricardo se giró bruscamente hacia Germán entregándole el rifé.
—¡Mátalos! ¡Mata a los dos! –ordenó a su amigo–. ¡Mátamelos ya!
—¿Pero... estás seguro? –respondió Germán–. Piénsalo bien, que son cincuenta mil euros.
—El dinero no importa –respondió Ricardo–, estoy forrao de pasta y cuando mates a ese putón, heredo; que estamos en gananciales.
—Ya, pero luego vienen los remordimientos –le atajó Germán–. Creo que la estrategia podría ser sorprenderles follando mientras simulo un robo. Me pongo el pasamontañas, entro en tu casa cuando estén en plena faena y a ella le doy un concierto de percusión en el cráneo con una cachiporra mediana y la dejo para que tenga que mirar su DNI para saber quién es, y a tu jefe de contabilidad te lo dejo en silla de ruedas, con corsé y collarín, después de darle un masaje con el bate de béisbol. Lo dejo para que le concedan la incapacidad laboral permanente solamente con mandar la foto por correo a la Seguridad Social. Te saldría el paquete en cuatro mil. Y sin IVA, naturalmente, porque esto va en negro.
—No, no. Me los vas a desgraciar con un par de tiros. Dos balazos –respondió Ricardo–. A ella la disparas en la boca. ¡Amor mío, cariño, cielito, decía! ¡Hija de puta... embustera! ¡En toda la boca! ¡Y a él en la polla, en toda la tranca! Que si buenos días don Germán. Que ya sabe... que aquí me tiene para lo que necesite, don Germán. Y entre tanto tirándose a mi mujer. ¡En la polla, para que no le quede nada que meter!
FALTO DE EMPATÍA, CARENTE DE ESCRÚPULOS Y MÁS TRAICIONERO QUE BELLIDO DOLFOS, RICARDO FUE ASCENDIENDO EN PUESTOS DIRECTIVOS HASTA OCUPAR EL DE SUBDIRECTOR DEL DEPARTAMENTO JURÍDICO DE LA COMPAÑÍA, EN EL QUE YA URDÍA LAS TRAPISONDAS Y FELONÍAS NECESARIAS PARA APUÑALAR POR LA ESPALDA (METAFÓRICAMENTE) A SU JEFE Y ASÍ OCUPAR SU SILLÓN.
—Tú mandas y pagas. Ya sabes que esto te sale en seis mil euros, tres mil por balazo –dijo Germán, mientras insertaba el cargador y encaraba el rifle enfilando los objetivos.
Pero, pasaba el tiempo y Germán no disparaba. Mantenía el rifle inmóvil, el dedo sobre el gatillo y el ojo sobre el visor, pero el disparo no se producía. Ricardo comenzaba a impacientarse...
—¡Pero dispara ya, coño! –exclamó Ricardo, malhumorado–. ¡Tira ya de una puta vez!
—Tranquilízate –respondió Germán–. Cálmate, amigo. No tengas prisa, que me parece que te vas a ahorrar tres mil euros.
Esteban Langa Fuentes
Ingeniero de Minas











































