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Esta mañana, después de dejarme más de dos euros por litro para darle algo de vidilla a mi utilitario, me he quedado mirando el surtidor con esa expresión de contribuyente veterano que mezcla resignación, estupor y ganas de preguntar si también aceptan riñones como medio de pago. Y mientras veía correr los números del marcador con bastante más alegría que el combustible entrando en el depósito, me ha dado por pensar en las máquinas de las que hablamos en OP MACHINERY: excavadoras, buldózeres, cargadoras, dúmperes, perforadoras y demás criaturas de hierro de varias decenas de toneladas que no se alimentan precisamente de entusiasmo empresarial ni buenas intenciones. Esos bichos beben. Y beben mucho.
Hemos vuelto a uno de esos momentos en los que la geo política deja de ser algo que sucede lejos, entre uniformes, diplomáticos con cara de funeral y mapas llenos de flechas, para acabar instalada en el depósito. Oriente Medio vuelve a ser un avispero, Ormuz ha dejado de ser un nombre exótico para aficionados a los atlas, Rusia administra sus exportaciones con la simpatía habitual y los grandes productores del Golfo revisan contratos y cargamentos. Europa descubre, una vez más, que la autonomía energética queda estupenda en las cumbres, pero bastante peor cuando hay que llenar los depósitos.
No voy a adivinar dónde estará el Brent dentro de tres meses. Me basta una certeza más modesta: cuando buena parte de la energía mundial depende de estrechos vulnerables, guerras, sanciones, refinerías, barcos y decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros, lo extraño sería que el precio permaneciera tranquilo. España cuenta con algunas ventajas que pueden ayudarnos a evitar una crisis física de suministro. Otra cosa es evitar la factura.
Y ahí el asunto entra de lleno en nuestro mundo. En obra pública, construcción, minería, canteras y movimiento de tierras, el combustible no es una línea discreta enterrada al final de una hoja Excel. Es una de las cifras que decide si una máquina trabaja para uno o uno trabaja para la máquina. Una excavadora pesada, una cargadora o un dúmper articulado pueden pasar diez horas diarias consumiendo sin descanso. Multipliquemos ese gasto por jornadas, meses y una flota completa. Entonces esos céntimos que al conductor particular le hacen torcer el gesto, se convierten en miles de euros que salen por el escape.
LOS PRÓXIMOS MESES NOS DEVOLVERÁN A UNA VIEJA COSTUMBRE: HACER NÚMEROS. HABRÁ QUE SABER CUÁNTO DINERO SE VA POR EL TUBO DE ESCAPE DE UNA MÁQUINA.
Por eso creo que vamos a hablar menos de potencia espectacular y bastante más de consumo real. Durante años hemos vendido tecnología, prestaciones, comodidad, conectividad y telemática. Todo seguirá siendo importante, pero cuando el gasóleo se pone serio el comprador recupera una pregunta mucho más antigua: ¿cuánto bebe? Una máquina que consuma un ocho o un diez por ciento menos empieza a resultar bastante más atractiva cuando trabaja miles de horas al año. De pronto, reducir ralentí o gestionar mejor el motor deja de ser tecnología vistosa y se convierte en dinero que no se quema.
La telemática también ganará peso, no porque quede bonito hablar de digitalización en las ferias, sino porque permitirá saber qué máquina trabaja mal, cuál pasa demasiado tiempo al ralentí o qué operador consume más de la cuenta. Y algo parecido ocurrirá con las inversiones. Si una máquina cuesta cientos de miles de euros y operarla exige gasóleo a precio de perfume francés, muchos se lo pensarán dos veces. Algunos alargarán la vida del parque, otros recurrirán al alquiler y otros buscarán maquinaria usada. La incertidumbre siempre ha sido amiga del alquiler y enemiga de las inversiones alegres.
Eso puede beneficiar a talleres, recambios y mantenimiento. Cuando comprar duele, reparar adquiere una repentina nobleza. En minería, la ecuación es aún más salvaje: se mueven millones de toneladas y, con ellas, cantidades formidables de combustible. Algunas explotaciones podrán amortiguar el golpe, pero una cantera de áridos juega una partida menos agradecida. Extraer un producto relativamente barato, cargarlo y transportarlo con combustible caro es una combinación incómoda.
Naturalmente, volveremos a oír hablar de electrificación, aunque conviene no convertirla en religión. Habrá más equipos eléctricos donde tenga sentido, pero una cosa es electrificar una miniexcavadora y otra convencer a una máquina de doscientas toneladas de que el futuro consiste en enchufarse un rato mientras toma café. Durante bastante tiempo, en buena parte de la maquinaria pesada seguirá mandando el diésel.
Así que los próximos meses nos devolverán a una vieja costumbre empresarial: hacer números. No bastará con saber cuánto excava una máquina, cuánto carga o cuánta potencia tiene. Habrá que saber cuánto cuesta mantenerla trabajando cada hora y cuánto dinero se va por el tubo de escape. Y después de dejarme más de dos euros por litro para darle de beber a mi modesto utilitario, reconozco que empiezo a mirar con un respeto casi religioso a quien tiene que llenar el depósito de un dúmper.
Enrique Pampliega












































